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IGNACIO DE LOYOLA, ESPAÑOL San Ignacio, obra del escultor Coullanl Valera. P AUL Dudon ha escrito de Ignacio de grandes sacrificios y, a la vez, ha reportaLo yola: No olvidó nunca que era do grandes éxitos a Ignacio y a sus seespañol y todos los días el recuerdo guidores, a lo largo de los cuatro siglos de de Carlos V y de Felipe n estaba presen- su historia. te en su corazón durante la oración. En el ocaso mismo de la vida de IgnaEste sentido español, espontáneo y cons- cio sorprendemos un hecho cumbre y símtante de Loyola, es nota integrante de su bolo en esta materia. Fue motivado por personalidad humana e histórica, que sin la elevación al Pontificado Romano del foalardes y exageraciones, pero también sin goso napolitano Juan Pedro Carafa. que timideces ni reticencias, aflora a lo largo tomó el nombre de Paulo IV. Tres eran de toda su vida. Su inmenso epistolario. de los candidatos favoritos a ocupar la silla más de- tres mil cartas y cualquiera de sus pontificia: Reginaldo Pole, inglés; Juan biografías son prueba inequívoca que abun- Morone, milanés, y el napolitano Juan Pedosamente lo testimonian. dro Carafa. Los dos primeros se contaban Este patriotismo sobrio y equilibrado en- entre los grandes amigos de Ignacio de tra en su concepción socio- cosmológica co- Loyola y se consideraba adverso al napomo un don recibido del Creador. Pero la litano. calidad de medio e instrumento del patrioEl portugués Luis González de Cámara tismo respecto de los fines del hombre- -glo- nos narra así la primera impresión cauria de Dios y salvación humana- -condicio- sada en el espíritu de Ignacio por esta nará su uso a la regla íilosófico- ascética elección: Estando yo un día de la Ascenignaciana del tanto cuanto ayude a. la sión, que fue él 23 de mayo, en una cágloria o a la mayor gloria de Dios mara con el Padre, él sentado en un asienEn las Constituciones que escribió y le- to de la ventana y yo en una silla, oímos gó a su Compañía, Ignacio da normas prác- tocar la campana en señal de elección del ticas y concretas para que el amor a la nuevo Papa, y después vino el recado, que propia patria, en armónico equilibrio con el elegido era el mismo Cardenal teatino, si universal y ecuménico, no turbe la vida que se llamó Paulo IV; con la cual nueva interior de la Orden ni obstaculice el bien hizo el Padre una notable mudanza y alteración de rostro; y según supe después, general y primario de la Iglesia. Para lo primero, entre otras normas, es- o de él mismo o de los padres antiguos a cribe: En la Compañía no haya ni se quienes él lo contara, todos los huesos se sienta parcialidad a una parte ni a otra le revolvieron en el cuerpo. entre católicos; antes un amor universal, Pero la reacción de Ignacio fue la de que abrace todas partes en el Señor nues- un hombre que tiene un perfecto dominio tro, aunque entre sí sean contrarias. En de sí mismo: Levantóse sin decir palabra consecuencia ordena: Guárdense todos de ninguna, y entró a hacer oración en la aquel afecto con que unas naciones suelen capilla y de allí a poco salió alegre y consentir o hablar mal de otras; antes todos tento, como si la elección fuera muy consientan bien y amén en el Señor con par- forme a su deseo. Nos será favorable ticular afecto a los extranjeros; y por eso repetía, y cualquier conversación contraria ninguno traiga a pláticas guerreras o di- la cortaba diciendo hablemos del P a p a sensiones entre naciones con mengua de la Marcelo refiriéndose a su entrañable amicaridad. go el Papa Marcelo II. Por otra parte, la disponibilidad uniLas diferencias ideológicas y afectivas versal exigida por esas mismas Constitu- entre Ignacio de Loyola y Juan Pedro Caciones a los miembros de la Compañía los rafa eran muy antiguas y extensas. Dapone a disposición del Romano Pontífice taban de la estancia de Ignacio en Venepara ser enviados a fructificar apostólica- cia y abarcaban al campo pastoral y el mente en todas las partes y regiones del humano y patriótico. Limitándose a este mundo, especialmente a esas que llaman último, Carafa se consideró heredero del Indias belicoso Papa Rovere y se apropió su griEsta armonización práctica de lo par- to Fuori ir barbari dirigido especialticular y patrio con lo internacional y ca- mente a los españoles, a quienes denostatólico, regulada por el principio ignaciano ba con calificativos impropios de su digde la mayor gloria de Dios, ha impuesto nidad. En efecto, la política pontificia viró pronto eri este sentido. Felipe II acusó inmediatamente el golpe, mandando a Ñapóles al Duque de Alba, don Fernando Alvarez de Toledo, gran amigo de Ignacio de Loyola. Este quedó así preso entre dos fuegos: Felipe n su Rey y señor, y Paulo IV, su jefe espiritual, a quien había hecho un voto de especial obediencia. Ignacio de Loyola supo salir airoso de esta situación tan comprometida: Por una parte mantuvo la más sincera y auténtica neutralidad, y, por otra, trabajó cuanto estuvo en sus manos por aminorar y aun conjurar el conflicto. Esto no impidió que le rozasen las salpicaduras. En la primavera de 1555, su domicilio de Santa María de la Estrada fue allanado por orden del gobernador de Roma en busca de armas. Ante el desencanto de los pesquisidores al no encontrar ni un arcabuz Ignacio hizo proseguir el registro hasta el último rincón de la casa a fin de que resplandeciese su total inocencia. Pero estos sufrimientos morales agravaron sus achaques físicos. Al romper del alba del 31 de julio de 1556, el secretario de la Compañía, Juan Polanco, acudía al Vaticano y pedía la bendición para el padre Ignacio, que agonizaba. Una hora después moría el fundador de la Compañía confortado con la bendición de su Santidad. Veintiún días después- -el 21 de agosto de 1556- el Duque de Alba, en nombre de Felipe II y Carlos V, anunciaba a Paulo IV la declaración de guerra con estas palabras: No queda al Rey y al Emperador otro remedio, que el que es lícito a cualquier hijo obediente, a quien su pa dre trata de sorprender agrediendo con arma blanca, a saber, quitarle el arma de la mano. Los huesos de Ignacio debieron estremecerse en su sepulcro cuando su amigo el Duque de Alba, por respeto a la ciudad santa, después de asomarse a sus muros, torció las riendas al caballo y dio a sus tropas impacientes y ávidas de botín la orden de retirada y más cuando vencedor, después de firmada la paz, entró en Roma y se presento ante el anciano Pontífice, en la sala de Constantino, para pedirle humildemente perdón David MESEGUER Y MURCIA, S. J.