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E D I T A E 0 P O R V R EN: 5 A ESP. áL OLA. S (K: IED Al) ANÓNIMA M A D R 1 D FUNDADO ABC EN 1906 POR DON TORCUATO L. UCA R E P A COTO N ADMINISTRACIÓN Y TALLERES SERRANO, 61- MADRID TENA DE poco antes estallar la guerra de Cuba hubo un médico en el pueblo guipuzcoano de Cestona que ejerció allí su profesión durante año y medio y fue en realidad la única vez que la ejerció. Ahora el Ayuntamiento ha puesto una placa conmemorativa en la casa que vivió, y que sigue por lo visto en pie; y ha dado su nombre a una píaza. Aquella etapa el médico rural la re- 4 flejó más Urde en un libro titulado Intermedios y en un largo relato publicado en inglés en la Fornightly Review El médico había hecho su carrera un poco a trompicones, no por incapacidad para el estudio, sino por diferencias de carácter y algún qus otro mal entendido con alguno de los catedráticos. Su familia era una familia de soñadores, dirigida por un padre inteligente y bohemio, a menudo inadaptado a los puestos para los cuales le designaban en su carrera de ingeniero, y que le empujaban a instalarse de una ciudad en otra. Hay que decir que el padre y los demás de la casa, salvo algún hijo nacido circunstancial mente fuera de la región, procedían de Guipúzcoa. Cuando el joven médico se decidió a solicitar el cargo de galeno en Cestona, su vocación le empujaba ya, de fijo, por otros derroteros. Pero aún su destino estaba indeciso, o él lo creía así, acaso por el aplanamiento que padecían todos los de la casa por la muerte súbita, imprevisible, de un hermano mayor. De las impresiones de entonces de aquel joven médico también hubimos de escribir nosotros fen su día, más de cuarenta años después, con las confidencias que tuvo a bien hacernos. El joven médico era a la sazón tímido y reconcentrado, con una visión pesimista de la vida agudizada por la desgra- ia que acababa de padecer la familia, y acento, como un alivio, la existencia dura de galeno rural que se le ofrecía, montando día y noche, cada vez que se terciaba, un jamelgo para recorrer distancias considerables a los caseríos, soportando las inclemencias del tiempo, noches heladas y lluvias contumaces. Regresaba, pese a la montura, con las piernas empapadas, y, frecuentemente, con la luna en el cielo y los campos nevados, lo que tenia delante, y lo que le rodeaba, se le antojaba un paisaje de sueño De ese médico escribió el doctor Gregorio Marañón en una ocasión que, pese al corto ejercicio de su carrera, había sido un gran médico, discreto en sus diag- T N UN MEDICO DE PUEBLO nósticos y decisiones, con tos saberes de su ciencia bien aprendidos y aplicados siempre con tino. El, por su parte, un tanto burlonamente, haciendo humorismo consigo mismo, solía decirnos de aquella época que, durante ella, habia procurado actuar con mucha cautela, y que una de las medicinas que más recetaba era la tila. Fue el momento aquel del médico en cuestión el de su primer enfrentamiento auténtico con la vida; el de sentirse cara a cara, y a solas, con su personalidad que no pretendía estudiar con narcisismo; el de la intuición, en su timidez, de que podía suscitar el interés de una mujer sencilla y ser correspondido desde lo más hondo de un sencillo corazón Fue aquella una muy fugaz aventura, aventura romántica del viaje hacia Cestona en un renqueante vagón de tercera del ferrocarril. Y en él dejó tal huella que ya en su última vuelta del camino el médico conservaba vivo el recuerdo y le placía, un tanto melancólicamente, traerlo a la evocación. ¿Cómo era la vivienda que ocupó el médico cuando llegó a ejercer en Cestona? ¿Con quiénes habitó en esa casa que, según parece, sigue en pie? La vivienda- ¿hemos de disculparnos por acudir a nuestros propios textos? -era pequeña y estaba situada en una vuelta que hacía la Calle Oquerra (Calle Torcida) al entrar en la plaza. A ella le había llevado el vicario, y era la casa del sacristán Vishente, casado con la cerora Las ceroras existían- -y no sabemos si aún siguen existiendo- -en el país vasco, y cumplían funciones de sacristanes femeninos. El Papa las suprimió, pero el COLECTIVA RELEVES I MA 0 HI 0. 2657802- BARCELONA. 2305838 VALENCIA. 272826 Fábrica. Santiago de Composteia. nombre quedó para las que lo habían sido. Esa cerora se llamaba Dolores y, además de con su marido, vivía con una hermana: Josepha Iñasi (Josefa Ignacia) Al pupilo médico le dieron un cuarto un poco húmedo, el mejor de la casa, lleno de libros de Derecho y de Religión, que antes había tenido alquilado un notario. El precio de la pensión completa, coti ahora se dice, con cuatro comidas, era de nueve reales diarios. Y así empezó aquel médico joven a ejercer su cargo de galeno de pueblo siguiendo la norma que a si propio se había impuesto, y de la que no se apartó: En la duda abstente lo cual quería decir: No tomar decisiones audaces que pudieran hacer peligrar la salud, agravar el mal o causar el peor mal del paciente la muerte. Sobre las gentes de aquel tiempo en Cestona nos contó abundantemente muchos años después el médico, y luego se complació él mismo en escribir sobre ellas. Lo cierto es que en casa de la cerora se reunían gentes muy distinguidas, y entre ellas la condesa de Alacha y su hermana, que poseían en el pueblo un palacio gótico no poco deteriorado, pero muy hermoso. Otras mansiones importantes quedaban en el lugar: la de i ministro de María Cristina e Isabel II. y algunas más. No faltaban tampoco en Cestona los tipos pintorescos, a los que el médico observaba y trataba; a los que asistía cuando venía el caso, y que le narraban cosas curiosas del pasado, por las que el galeno sentía gran curiosidad. Durante aquel año y medio que el médico ejerció en Cestona trató de adaptarse al ritmo de la vida del lugar, pero era lógico que, dada su juventud y otra vocación, su verdadera vocación que le arrastraba cada día con más fuerza, le ganase el aburrimiento. Por otra parte no le era difícil comprender, con la experiencia que le iba dando el tiempo que transcurría, la desproporción que había entre los beneficios que obtenía y lo penoso de su existencia profesional. Y un día abandonó el cargo. Pero el corto tiempo que el médico permaneció en él no haría que Cestona le olvidase. El joven médico dejó Cestona para emprender otros destinos. Se llamaba Pío Baroja. Miguel PÉREZ FERRERO