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LOS AÑOS LOCOS ciros perdonan difícilmente, y hemos conocido al cabo del tiempo- -aunque sólo ssa sn las páginas de los periódicos- -a tantos supermillonarios desgraciadísimos que, incluso, ei hacernos ricos deja de interesarnos. Cuando hemos pasado la primera juventud dejamos de tener ilusión por las cosas, ya que siempre recordamos casos similares y estamos bien seguros de lo que va a pasar. Sabemos que vamos a cansarnos de asa persona que en un momento dado es! o único que nos importa en el mundo; que los hijos, al crecer, dejarán de ser amigos nuestros; que el viajar no enseña cosas nuevas; que no existe nada ni nadie perfecto y, sobre todo, que siempre estaremos solos por dentro, solos nacimos y solos tenemos que morir. Es imposible cambiar a un adulto: si es egoísta, egoísta morirá; no existe médico capaz de curar la estupidez o la terquedad, no hay psiquíatra de fama que convierta a un neurótico inestable en un ser equilibrado. Sólo el muy joven, sin recuerdos ni experiencia, es capaz de afirmar alegremente: -Queriéndola tanto, la haré cambiar... -Me adaptaré en seguida a las costumbres de esa ciudad nueva. ¿Mi receta ds felicidad? -contestó a los periodistas una célebre actriz ya madura- Tengo muy buena salud y muy mala memoria. También susrte, diría yo. Porque los años normalmente nos agudizan los recuerdes al mismo tiempo que atacan nuestro organismo. Siempre hubo un primer hombre, una primera mujer en nuestra vida que al desaparecer se queda como arropado en el subconsciente para burlarse de nosotros cuando nos creemos enamorados de otra persona. Las deslusiones enfrían nuestro entusiasmo hacia el trabajo, sabemos lo que da de sí la vida, lo que hav tras de la puerta. Y por eso, muy jóvenes todavía, en la plenitud de nuestro sar físico y mental, echamos de menos la inseguridad del primer año de carrera, del primer empleo y del primer amor: cuando no sabíamos lo que iba a pasar, cuando no teníamos todavía recuerdos en la mente y desánimo en si corazón. Begoña GABCIA- DIEGO