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-Yo no quiero ganar nada, sólo ver mi firma impresa... -Imposible. Cuando ahora le entrevistan por televisión, más guapo que entonces, igual de joven, triunfador, mil veces más interesante, quisiera volver a ser aquel m u c h a c h o Heno de cansancio y desilusión que se sentó tristemente en un café polvoriento a ahogar sus penas en cerveza tibia envidiando de todo corazón a Penelope de Lis Lo mismo le pasa al joven ministro o a la belleza en plenitud que desearía ser aún aquella adolescente de piernas como alambres y alarmante delgadez a quien nadie miraba todavía. El gran ingeniero dirigiendo su oficina de proyectos entre teléfonos, p l a n o s secretarias, subordinados, magnetófonos y llamadas a larga distancia quisiera volver atrás, convertirse por arte de magia en ese chico que fue, recién llegado del pueblo con poco dinero y mucha ambición, lleno de angustia por haber suspendido su primer examen de ingreso en la Escuela Espacial, a punto de renunciar a todo, inseguro, dudoso, desgraciado. Muchas veces he pensado a qué se deberá este extraño estado de cosas. La juventud física y mental dura tanto en nuestros días que es ya prácticamente al final de su vida cuando el hombre empieza a notar que le falla el cuerpo o el cerebro. Y la mujer es bella y esbelta un muy largc número de años; incluso más hermosa porque ha encontrado su línea y personalidad, sabe ponerse lo que la va, aprendió a peinarse, a moverse, a hablar, a sacar partido de sus facetas brillantes disimu- lando sabiamente lo menos bueno de su persona. Siempre tenemos un amigo de adolescencia que llegó a señor importante y al que no vemos hace siglos hasta que un día nos lo damos de cara en la pantalla de televisión, presidiendo un acto político, en el aeropuerto o dando una conferencia y nos quedamos impresionados de lo bien que se conserva: ¡Pero si está igual, igual que hace veinte años... Nunca falta algún buen observador para afirmar: -No. Está mucho mejor, fíjate bien; era un poco gordo y ha hecho régimen, va más derecho, está muy tostado. ¿A que nunca habías observado la muy buena facha que tiene? Es ahora cuando se le nota con el traje bien cortado y ese aire de triunfador, tan seguro de sí mismo cuando habla y cuando se mueve. Pero él, y nosotros, y todos, echamos de menos la primera juventud, cuando aún no éramos hombres del todo, ni adultos, ni responsables; cuando todavía no estábamos demasiado seguros de io que queríamos y el presente era un cuarto lleno de puertas, una de las cuales había que abrir sin equivocarse, con mucho miedo de lo que encontraríamos detrás. Creo que añoramos tanto aquella época tan llena de grandes inconvenientes- -falta de control, inseguridad, nebulosos e insatisfechos deseos físicos, carencia de dinero, horas de estudio sin saber si nos servirá para la vida, las angustias del primer amor- -porque entonces no teníamos todavía recuerdos. Los recuerdos, buenos o malos, llenando nuestra mente al correr de los días, son los que nos envenenan y nos hacen duros, los que nunca podemos borrar ni de la cabeza ni del corazón y nos convierten en viejos sin arrugas, maduros de alma joven, tristes aunque todo sea alegría a nuestro alrededor. Cuando uno es muy joven y se enamora por primera vez, jamás hubo otro hombre ni otra mujer, no es posible la comparación. Por mucho que se pierda la cabeza después por una persona del otro sexo nunca será igual, siempre se echará de menos aquello Y sabiendo que ni siquiera aquello duró demasiado, qué esperanzas se van a tener la segunda vez y las siguientes. Recién terminada la carrera universitaria estamos seguros de llegar muy alto sn nuestro primer trabajo; se tardan años en sabar que son muy pocos los que descuellan de verdad, los que triunfan de verdad. Y en seguida, cuando nos damos cuenta de que toda la vida seremos sólo una ruedecita, tal vez importante pero invisible, de una máquina grande y complicada, dejamos de soñar en porvenires brillantes. Lo recordamos al entrar en nuestro tercer empleo y el viaje de negocios deja de hacernos ilusión; saTjemcs a lo que vamos y lo que nos piden; io damos, nos lo pagan y en paz. Porque hay siempre un momento en la vida en jue se da mucha importancia al dinero. La gente rica es feliz -pensamos- también importante, adulada, bien segura sobre sus pies, siempre viajando, pablando con gente interesante, viviendo intensamente. Tardamos poco en saber que eso no es cierto porque el dinero, igual que la belleza y la inteligencia, son cosas qu? los