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LOS MONOS DE LA ISLITA KANDAHAR I Qué mono! ¡Qué mona! ¡Qué monería! fTpiAMBIEN pasaremos un par de horas I en la isla Kandahar- -donde nos moveremos entre centenares de monos- nos dijo la guía del pequeño barco de turistas, en medio del gigantesco río Zambeze, por supuesto a una respetable distancia de las Victoria Falls, doble del Niágara, incluso antes de su desviación. Los demás excursionistas acogieron la noticia sin el menor comentario, pero nosotros encontramos extraño que en plena África negra- -y no musulmana- entre Rhodesia y Zambia, una isla se llamase lo mismo que la segunda capital de Afghanistán, más interesante de Kabul. Preguntamos por la razón, pero la guia no estaba obligada a explicar el porqué de las cosas; le bastaba conocer los hechos. Por ejemplo, que las cataratas de la Reina Victoria fueron descubiertas en 1855 por el famoso Livingstone, sin cuya actividad el llamado Continente Negro hubiera tardado bastante en revelarse a otros continentes. Los que se burlan de la credulidad de los indígenas, que advertían al explorador que no se acercara al lugar que sin cesar, día y noche, emitía un ruido inquietante y lanzaba una enorme nube húmeda. No es extraño, decimos, fuieJa gente rimitir va estuviera convencida de que en aquel lugar tan sonoro residía el diablo si nosotros, los excursionistas, también nos dejábamos impresionar por el fenómeno de la Naturaleza, a pesar de conocer sus causas: la enorme masa de agua que se precipita de lo alto de ciento veinticinco metros y una anchura de algo más de kilómetro y medio. A veces la ingenuidad resulta más veraz o, por lo menos, más poética que los conocimientos físicos. Acaso fuera una lástima qus conociese la existencia de Kandahar, con algo de su historia, en vez de aceptar el nombre sin curiosidad, sin preguntar nada, como fue el caso de los compa pi- os de viaje. En el fondo no resultaba aiíjcíl calcular y averiguar mentalmen razón de que en medio del Zambeze v repitiera la denominación geográfica de Kandahar. Efectivamente, en la é p o c a próspera del Imperio británico, un alto funcionario fue trasladado, al cabo de unos años, del Afghanistán a África central. Se había encariñado con la histórica ciudad de Kandahar y dio su nombre a la isla en que hubo de residir. Desaparece el misterio y la legítima curiosidad queda satisfecha. En cuanto a nosotros, Kandahar no sólo representaba la gloriosa ciudad musulmana, sino también un divertido episodio. Cuatro años antes del viaje por el Zambeze, si Rey Feysal n del Iraq nos había invitado al Palacio, en vísperas de su visita oficial a Teherán. Casualmente nos pusimos a charlar con otro invitado, que resultó ser el embajador del Af ghanistán. ¡Cuánto me alegro, pues usted es al primer diplomático afghano a quien conozca! -fe dije, sin exagerar. -Adivine de dónde soy- -me dijo. Y con ase afán que tenemos todos de causar agradable sorpresa y para demostrar que no sólo conocía el nombre de la capital, le contesté: -Usted es de Kandahar. No resulta fácil dar una idea de la sor- presa del diplomático. ¿Cómo lo sabe? ¿Quién se lo ha dicho? -Nadie. -Entonces lo ha adivinado por el color xie mi piel, my complexión -repitió tres P cuatro veces. -Nada de eso: simple tanteo acertado. TodaVía no nos explicamos tan aguda e insistente sorpresa. Como si Kandahar hubiera de ser necesariamente un lugar desconocido para un occidental. Pero toda explicación resultaba inútil; el diplomático seguía convencido de que alguno de los invitados nos había informado sobre su personalidad. La gente suele conocer las capitales y preguntar a cada húngaro. si es de Budapest; a cada rumano, si es de Bucarest; a cada yugoslavo, si es de Belgrado; a cada sueco, si es de Estocolmo. Ciertamente, hay países en que tres o cuatro ciudades son conocidas, pero, por lo visto, Afghanistán no figuraba entre ellos, pensando en el asombro del diplomático. Algo parecido nos había pasado en el Cañón del Colorado, en que todavía se hablaba con orgullo de que los ¡duques de Alba había pasado allí parte de su viaje de novios. En una fiesta folklórica de indios un amarillo me sonrió del modo más amable, porque se sentía solo y deseaba conversación. ¿Es usted chino? -le pregunté. -No, soy coreano del Sur- -me contestó. Y otra vez surgió la inocente tentación de demostrar que no sólo conocía la capital, Seúl (como todo el mundo) y el puerto de Fusan, le pregunté; ¿Sería usted de Taegu? Pero en seguida me arrepentí de la pregunta, por lo visto muy indiscreta, pues el hombre palideció de un modo extraño e inquietante y susurró, deshecho: ¿Cómo lo sabe? Intenté tranquilizarle en el sentido de que no sabía nada, que se trataba de una pura coincidencia. Todo fue inútil. El surcoreano se alejó de mí y no le volví a ver en toda la excursión. Todavía me pregunto qué pudo haberle pasado en Taegu: ¿deserción, e s p i o n a j e encarcelamiento? Nunca lo sabremos. Pero volvamos a los monos de la isla. Efectivamente, jamás habíamos visto tantos simios reunidos, en medio de los cuales casi resultaba difícil pasearse. Docenas de hembras con los cachorros agarrados a su pecho. Desgraciadamente, los monos, sin excepción, me producían una impresión de tristeza y angustia infinitas. Como no he olvidado mi pasado de filólogo, rogarla a los compañeros me comunicaran el origen del adjetivo mono, mona y del sustantivo monerías que no suelan coincidir con el concepto que tenemos de la palabra. Andrés REVESZ