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LA CABALLERÍA r EL ARMA DEL SACRIFICIO en las marismas del Guadalete, y, con él, el imperio visigodo. La caballería cristiana de Don Pelayo inicia las cabalgadas de la Reconquista. Incursiones, correrías, algaradas, sorpresas. España es aún un mosaico de reinos: monarcas débiles, señores feudales que se unen en una empresa o guerrean entre sí y gentes humildes al amparo de todos ellos. Santiago el Apóstol carga el frente de los cristianos contra las huestes mahometanas. Entre otras Ordenes nace en Uclés la Orden de Caballería de Santiago, con Ramiro I (842- 850) La de Calatrava, en 1158, con Sancho III; la de Alcántara, con Alfonso IX de Castilla, en 1200; y luego Montesa, con Don Jaime II de Aragón. Se van aunando los esfuerzos. Desde las llanuras burgalesas cabalga el Cid con sus caballeros hacia las feraces huertas de Levante. Ante el empuje de sus lanzas se rinde la morería. Llegan los Reyes Católicos y en la unión de Castilla y Aragón se perfila la unidad. Se crean en 1443 las Guardas Viejas de Castilla, tropas de caballería escogidas y organizadas. Es el embrión que nace. Viene el Imperio, y con él se empiezan a encuadrar las gentes de armas; los grupos de jinetes ya se emplean en la exploración y cobertura de los despliegues. Con los Austrias se perfilan- -entre otros- -los lanceros, los dragones, los coraceros... Aparecen los tercios de Caballería y las brigadas del Arma. Llegan los Borbones y la Caballería se organiza al estilo francés. Llevan los jinetes mosquete y dos pistolas de arzón, así como una espada de gavilanes de dos filos. Se crea al regimiento Guardia de Italia, con escogidos y nobles componentes, y nacen en la Península nuevos Cuerpos Montados. Al finalizarse la Guerra de Sucesión son 48 los regimientos de Caballería, y ya en 1707 reciben nombre muchos de los cuales han llegado hasta nuestros días. Y llega el siglo XIX, que se inicia con la Guerra de las Naranjas y acaba en el 98 con el estampido del Maine origen de la guerra hispano- norteamericana. ¿Qué puedo decir en pocas líneas de este siglo tan Heno de acontecimientos castrenses? Los escuadrones hispánicos galopan por todas las tierras de España. Suenan y se repiten nombres geográficos que unas veces son de la Guerra de la Independencia y otros de nuestras luchas intestinas. UE difícil es resumir en unas breves líneas lo que íue, lo que es y lo que será el Arma de la abneción y el sacrificio! ¡Cuántos son los que noran si heroísmo y la grandeza del Ar 3. invicta; el arrojo y la lealtad de sus idaces escuadrones, que en la línea recta 1 deber- -recta como sus lanzas enhiess- -cumplieron con honor para con la Paía escribiendo nobles páginas heroicas le para muchos pasaron desapercibidos! ¡Qué difícil es, si no se ha vivido innsamente, transmitir a otros el escaloío de emoción que se sentía antaño cuan desfilaba un regimiento de Caballería! i primer lugar aparecían solemnes, mastuosos, llenos de viril marcialidad, reenando con sus tensas bridas los nervios corceles de iguales capas y análoga alida, los cinco batidores que abrían la marla. Sus armas, limpias y brillantes: lan, s, afilados sables, tercerolas; rutilantes anoplas y correajes de charol; trenzadas irrajeras, limpias riendas, plateados hieos y airosas mantillas con los emblemas stintivos de cada Cuerpo. Los uniformes, vistosos paños que prestaban a la tropa i sano orgullo y veteranía... Después, la inda de trompetas montando caballos torJS, batiendo marcha a todo pulmón m las agudas y alegres notas de sus clanes que se esparcían vibrantes, solemnes, montosas, sobre el silencio respetuoso s la multitud. Luego, los cerrados escuadrones; briosos tballos alineados por la firme mano de is jinetes; grupas redondas y brillantes en el asfalto o en la piedra ruidoso re- picar de las herraduras. Sobre los nerviosos corceles, firmemente afianzados en los estribos, los húsares, los lanceros, los cazadores o los dragones; sables relucientes o lanzas verticales ofreciendo al cielo el adorno de sus banderines. Entre los escuadrones, y en destacado lugar, sujeto por la firme mano de un bizarro oficial, el glorioso estandarte lleno de historia y de laureles, símbolo del honor y del elevado espíritu viril de aquellos memorables regimientos que se llamaban Villaviciosa, Parnesio, Pavía, Almansa, Alcántara, Montesa, Lusitania... Así desfilaban aquellos jinetes de España, herederos de los que cabalgaron por todos los caminos del mundo. No voy a buscar en Tito Livio o en Estrabón los orígenes de la conjunción caballo- caballero. Fácil es pensar que después del combate Caín- Abel, el hombre se esfuerce en mejorar sus armas y sus medios de lucha. Busca mayor potencia a sus mazas o puñales, lanzas, espadas o venablos. Quiere mayor velocidad para su acción y entonces monta a caballo para fortalecer su impulso. Primero serán jinetes sueltos, luego serán seis o siete por tribu. Las yeguas españolas- -al igual que las portuguesas- concebían por el viento A la par que las civilizaciones pasan se mejoran las armas y los equipos de aquellos primitivos guerreros. La caballería feudal se cubre de hierro al estilo de los catafractas helénicos. Se forman huestes ya algo organizadas, y un día, cuando corre el año 711, el caballo tordo de Don Rodrigo se hunde