Volver

Resultados de la búsqueda

Resultados para
VISTO POR MARAÑOW de Catania, dedicado a la pesca de ostras contenido en las secundinas y nadando en y coral. Domesticado con aquel feroz ele- aquel licor que está dentro de ellas. mento, igualmente se recreaba en sus seBajo el título de Examen filosófico de renidades que despreciaba sus furores bu- un peregrino suceso de estos tiempos Feiceaba largos espacios y recorría el mar co- joo- -que intentó asegurarse de la verosimo nosotros la tierra, y el día que no militud de la historia con varios testimoentraba en el agua sentía tal angustia, tal nios de gentes de respeto que habían cofatiga en el pecho, que no podía sosegar nocido al nadador o nadante- -cuenta que Así vivía este racional anfibio, hasta que su hombre- pez era hijo de un matrimonio su desdicha le hizo víctima de Neptxmo, de labradores pobres de Liérganes y mosa quien adoraba gracias al rey Federico tró desde niño singular afición a bañarse de Ñapóles, que le mandó sumergirse en el terrible remolino de Caribdis para recoger una copa de oro lanzada de antemano eomo incentivo de la inmersión. Tres cuartos de hora después de arrojado a la profundidad salió con la copa, pero el rey hizo zambullirse de nuevo al pobre Nicolás, que se ahogó. EL ULTIMO HOMBRE- PEZ Estaba dispuesto, según lo relata Marañón, el buen benedictino, creyente en nereidas y tritones, ignorante en las artes natatorias, y lego en las cuestiones marinas, hasta el punto que pensaba nue el agua del mar era fétida más que salada, para acoger y prohijar la noticia del hombre- pez de Liérganes. buscando, incluso, argumentos para formular una posible teoría científica. Así dice: Aunque la respiración se considera necesaria para la conservación de la vida, mirando la Naturaleza hacia todas partes se encuentra algún suplemento de ella, pues el feto vive sin respirar mientras está en el claustro materno, y aun después que se extrae de él conserva la vida sin respiración, como este en el rio, adquiriendo gran hubuiriad y resistencia para sumergirse en el agua. Aprendiz de cerrajero en Bilbao, donde k envió su madre, ya viuda, fue a bañarse uua tarde a la ría con sus compañeros de taller, pero no regresó a la orilla, donde había dejado la ropa, dándosele por ahogado. Cinco años después, en 1669, unos pescadores del mar de Cádiz- -triste destino de los hombres- peces, que acaban siempre en las redes- -lograron sujetarlo y traerlo a tierra. Mudo y sin asomo de humanidad, lleváronle al convento de San Francisco para conjurarle contra el demonio, logrando tan sólo que pronunciase una palabra: Liérganes Consultado el caso al secretario de la Suprema Inquisición, don Domingo de la Cantclla, que era lierganés, relacionó al instante el hallazgo con la desaparición, de su convecino Francisco Vega e hizo que le trasladaran a aquella ciudad. Llegado a ella, el aparente anfibio reconoció el lugar y fue identificado por su madre y sus dos hermanos, con los que vivió nueve años, hasta que al cabo de este tiempo desapareció y nadie supo más de él. Marañen explica después todos y cada uno de los detalles que condujeron a tal confusión al sabio benedictino. Francisco Vega existió realmente. Sin duda, el joven nadador, afectado de cretinismo, afección que, como el bocio, fue abundante en la Montaña, en otros tiempos, tenia disminuidas sus facultades mentales y por ende sufría mudez. Y su piel, objeto de controversias porque parecía la de un pez sería, en efecto, rugosa, áspera y con aspecto escamoso, ya que debía de padecer ictiosis, enfermedad frecuente en los hombres con lesiones de la glándula tiroides- -el hipotiroidlsmo, además, conduce a que el organismo necesite menor aporte de oxígeno, con lo que se explica la circunstancia de que fuera buen buceador- como son los cretinos. Con este examen historlo- biológico de Marañón, el peregrino suceso de los tiempos de Peijoo queda reducido a sus verdaderas dimensiones. Hoy el mar ha producido, merced a la técnica e inventiva humanas, unos hombres- peces que maravillarían a las gentes de aquella época. Pero ni siquiera se denominan así. Han tomado su nombre de los modestos batracios, y, en cambio, han podido relatar las maravillas que el padre Feijoo adivinaba cuando se sentaba en una playa, estremecido en su imaginación ante los seeretos que entonces guardaba el mar.