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EL MAR IRREDUCTIBLE N ACÍ tierra adentro. Pero tenía muy pocos años cuando pude ver, por primera vez, el mar. No sucedía como ahora, que los niños lo saben o creen saberlo todo; igual que tos mayores. Nadie me advirtió que en el mundo existía esa cosa absolutamente increíble oue es el mar. Se presentó de p r o n t o ante mis ojos, anochecido, cuando todavía iba en el tren, como un maizal inmenso, con un verdor nuevo y extraño recorrido por ondulaciones. Después, el mar estuvo siempre a mi lado; toda mi infancia. Se oía su rumor en la ciudad por todas partes. No había en aquellos tiempos apenas ruido en la ciudad y todos dormíamos, los inviernos, escuchando romper las olar en el Orzan; el trueno incesante y rítmico del agua contra las rocas y la arena. El límite del mar, el horizonte, nos fascinaba. Pero ese mar violento, el de la tempestad, en otros momentos se nos brindaba pequeñito, como nosotros, metidos en pozas múltiples y accesibles, convertido en universos minúsculos repletos de maravillas. Conocíamos de memoria su situación, pero en ellas su mundo se renovaba siempre. Sus habitantes, de caparazón transparente y movimientos rapidísimos, se resistían a dejar capturar; las lapas se adherían de tal manera a las rocas que parecían prolongarlas. Había también el terciopelo verde pálido de las algas, como cabellos ondulados, que servían de abrigo a pececillos y cangrejos. Las anémonas de mar y unas protuberancias extrañas, parduzcas, que soltaban un chorro insolente cuando se las apretaba. Niño y mar, tos dos universos se entendían a las mil maravillas. El mar ritmaba nuestra infancia con sus cambios de humor, sus mareas, de amplitud increíble, que unas veces le permitían llegar hasta las casas próximas a la playa, otras dejaban al descubierto un mundo sumergido lleno de hallazgos maravillosos: conchas nunca vistas y que en los libros se nos decía sólo se daban en mares lejanos, en el océano Indico, y que quizá llegaron adheridas al casco de algún barco. Las estrellas de mar, picudas y rugosas. La voluptuosidad de las piedras limadas, pulidas, vueltas casi transparentes o traslúcidas, verdes, rojas, negras, como embrionarias gemas. Pero éste no era todavía el mar. Desde la costa, el hombre tiene del mar una visión incompleta. Hay mucha literatura sobre el mar. pero casi toda es de litoral, escrita desde tierra. A la vez que vivía, de niño, las tormentas en la vieja biblioteca del Consulado de La Coruña, encontraba el mar descrito en toda su inmensa furia, en tos primeros capítulos de Los trabajadores del mar Víctor Hugo, ¡helas! Nuestros vecinos, sus compatriotas, después de haberle desdeñado largo tiempo, han vuelto a admirarle. Uno de los más agudos escritores franceses le hoy, Miguel Butor, señala la importante; que tienen en la obra de Hugo la ola el huracán el viento Pero Butor no parece demasiado amigo del océano. Sin llegar a su compatriota Giono, que, para subrayar su amor a la montaña declara sin ambages su incomprensión y hasta su rencor frente al mar. Al hombre le desconcierta, le saca de su concierto, de esos pequeños mundos en los que se encierra y con los que viaja, ese espectáculo de lo ilimitado, de lo inconmensurable que da el mar. El mar inmenso, incomprensible para la mente del hombre, mente, en d fon Uh peqae a. que no puede vivir sin asirse a las cosas cerca- ñas, sin recortar mundos diminutos dentro de la inmensidad. La inmensidad, lo irreductible, lo que le sobrepasa: cielo, mar, Dics, le fatigan, le sobrecogen. Cuando hace largos viajes sobre el mar muchas veces procura no verlo; necesita tender cabos a lo próximo, a la amistad o al amor que acaba de nacer, al juego, a la lectura. O ponerse a soñar en sus anteriores sela- vitudes. O en su ambición. Es demasiada libertad la que hace sentir el mar. Y el hombre viaja con su mundo y su mundo es siempre pequeño; viaja con su pequenez a cuestas, como el caracol con su casa. Encuentra el mar monótono, siempre igual. Necesita en las largas travesías distraerse con sus viejos hábitos o, cuando se aburre de ellos, con el juego de los delfines o con esa vibrante espuma convertida en vida, esa transparente chispa de luz oue son los peces voladores, esos dos guiños levísimos en el rostro materno, tremendo e ignoto del mar. Más allá de todas las cosas está el mar dijo Séneca. Quizá para indicarnos que el mar remite siempre a lo más real y primigenio. Los poetas han apedreado el mar incesantemente con sus epítetos, pero la magnificencia del océano ha pasado a través del lenguaje con la indiferencia de una ola que cruza una vieja red de pescador. Entre ellos fueron Stevenson y Conrad, dos hombres de mar, quienes mejor supieron entenderle. En Tifón hay páginas en que se realiza el sueño de Víctor Hugo: convertir en verbo vivo la furia de las olas. Doy toda la obra de Camus por una frase suya: He crecido en el mar y la pobreza para mi fue fastuosa; después perdí el mar y todos tos lujos se me volvieron grises, la miseria intolerable. Desde entonces espero... Así vivimos todos los que amamos el mar, en la espera... Valéry, el poeta del Cementerio marino responsable de ese verso ya tópico: la mar, siempre renovada supo, en cambio, describir muy bien, en experiencia personal, esa otra misteriosa cualidad del mar que sólo conoce quien se sumerge, desnudo, en su ondas. Esa solidaridad del más viejo de los sentidos del hombre con le más viejo del mundo; algo muy escondido se despierta en el fondo de nuestro ser ante esa comunión de la piel y del agua. No es fácil llegar a esto. Podemos recorrer los más diversos mares, podemos bañarnos en las playas más diversas, desde Jutlandia a Bahía o Corrubedo. Sólo alguna rara vez, como con la ¡poesía o como con el amor, se llega a la sensación maravillosa, intraducibie. Parece entonces que hemos alcanzado la raíz más escondida de la existencia. Cuevas sembradas de arenas, frías y profundas, donde los vientos están dormidos del todo. En este verso de Mattew Arnold se apunta a la sociación del mar con el viento. Los pies del viento brillan a lo largo del mar cantó Swinburne. Un pceta inglés del siglo XVII, Traherne, exclama: Nunca seréis capaces de gozar de veras del mundo hasta que el propio mar fluya por vuestras venas, hasta que os sintáis vestidos por los cielos y coronados por las estrellas. Sólo a través de los ojos de los marineros, de los hombres que viven por el mar, en el mar y del mar; sólo a través de las pupilas azules o grises de estos hombres que llevan el mar en sus venas no de los poetas ni de los científicos, podemos acercarnos al inmenso misterio áéi mar. Del mar irreductible.