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de Occidente; el del mar Mediterráneo como tablero de la Historia; el de las comunicaciones entre Kurcpa, África y América. Esto nos lleva a la conclusión de que seria imposible imaginar una política- exterior española, digna de tal nombre, si faltara a lo largo de nuestro contorno marítimo una Fuerza Naval razonablemente eficaz para la conservación inviolada de nuestra independencia, es decir, de nuestra libertad de negociar y de decidir. La firme resolución española de no caer en tentación de aventura, ni siquiera chica, contra nadie, ha de ir acompañada del propósito, igualmente firme, de no hacer fáciles ni cómodas las aventuras que los demás traten de emprender en las inmediaciones, o en el ámbito miaño de nuestro hogar. Pero, por añadidura, hay otra razón de política exterior que nos exige Ja preparación d- s una adecuada Fuerza Naval- En los tiempos que estamos viviendo, y más aú. jn los que han de venir, ni siquiera las ¡sí oerpotencias gigantescas pueden hseer la t uerra como campeones solitarios. Todas, absolutamente todas, necesitan contar con aliados, o con amigos colaboradores. En el caso de las potencias menores, esta exigencia sube de punto hasta convertirse en un cardinal principio de conducta. Dios querrá evitarnos cualquier suerte de conflicto bélico; pero si alguno nos amenazara, andando el tiempo, no nos hallaría solos, en ningún caso, sino formando parte de un Moque al que incorporaríamos, con las calidades humanas de nuestro pueblo, las ventajas y el provecho de nuestra posición estratégica. Esa presencia en un bloque y esa incorporación al esfuerzo de una comunidad de naciones supone siempre negociaciones diplomáticas del orden más delirado, según sabemos por la historia de los conflictos políticos; y si a los negociadores les falta el punto de apoyo de una fuerza propia, nacional, directamente destinada a servir los supremos intereses del país, pronto se advierte la debilidad de su posición, con lo que acaban dispersándose en el viento los esfuerzos dialécticos más meritorios, igual que un puñada de arena seca. ¡Pueblo desventurado aquW que, puesto a ser fuerte en una alianza militar, no aporta más que su geografía, para que los demás la ocupen, la organicen y hasta la interpreten! to más nos tendrán miramiento los demás Venga, pues, en buena hora, la Fuerza cuanto más vigoroso sea el sentido nacio- Naval que el honor y el interés de España nal oon que nosotros vivamos resueltos a reclaman; que no aspiramos a vanaglorias la consideración y defensa de nuestros va- imposibles, sino a obligados servicios y nolores esenciales. Entre ellos figura él in- bles deberes que como españoles libres heterés militar de las costas y de los mares mos de cumplir. de España en el contexto de la vigencia Manuel Y FUERZA unidades- de nuestra Flota de Guerra hasta que no quedara ni una lancha cañonera, cerrar las fábricas de armas, abolir las bases navales, quedarnos militarmente in puritatibus y presentarnos ante la opinión pública del mundo diciendo: Ved, pueblos; ved, naciones; España se ha autodesarmado; no tenemos ni un fusil, ni una bayoneta, ni un hombre con gorro cuartelero; ni un mozo gallego, gaditano o cartagenero que sepa lo que es la santabárbara. Admirad nuestra buena fe y ajmparad nuestra idílica paz; porque bien se entiende que al suprimir la totalidad de nuestras Fuerzas Armadas ponemos la suerte y los derechos de nuestros país en manos de las demás potencias; y a su voluntad justiciera, o a su magnanimidad nos acogemos. Cosas de este jaez se dijeron en serio; y no faltaron quienes exclamasen: ¡Qué admirable este hombre ¡Cuánta nobleza en sus ideas! ¿Dónde estaríamos hoy? ¿De qué país colonizador dependería nuestro destino? Las cosas suceden de modo tal. c- n este orden de cosas, que apenas es concebible el respeto ajeno a los derechos y títulos de soberanía de un pueblo si éste no comienza por dar señal fuerte, inequívoca e irrevocable, de adhesión- usque ad mortem -a esos títulos y a esos derechos. Tan- NAVAL La fragata Marte y los dragaminas Tinto Júcar y Nalón anclados en el puerto de Málaga.