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T r A coincidencia de la victoria naval de 1 Lepante con la hora suprema de la- -f grandeza política de España no fue pura casualidad por supuesto. Ni el poderío de Grecia hubiera subido al punto soñado por Temístocles sin el embargo decretado sobre las minas de plata de Maronea para costear la construcción de una flota de guerra. Y así cabria ir citando ejemplos, desde los fenicios o los egipcios hasta los portaviones de hoy. En el ápice del panorama histórico aparece el imperio británico dominando las olas. Hasta que le llegó, como a todos, su declinación. Si alguna vez hubiera podido yo influir sobre los gustos y preferencias de quienes seleccionan libros de especial lectura para las escuelas primarias, me habría esforzado para que incluyeran la Odisea Es la más apasionante novela- -permítaseme emplear esta palabra- -de aventuras marineras. Dulcemente- -y con una gracia literaria jamás igualada- -nos va metiendo en el alma el enamoramiento de las bellezas del mar. Cuando trato de explicarme la renuncia oficial de España a los dos tercios del imperio marroquí que Francia nos ofreció el año 1902, pienso que nuestros gobernantes de entonces, personalidades, por otra JParte, de primer orden por su inteligencia y per su patriotismo, debían sentirse íntimamente abrumados y heridos por la emoción, todavía reciente, de Cavite y de Santiago de Cuba, a donde los marinos españoles fueron enviados como víctimas para un holocausto. Y es natural, aunque lamentable, que aquellos ministros vivieran recelosos, con miedo de dar un paso al frente en la política africana, o en cualquier otra política. A parecidas reacciones de pesimismo obedecía, acaso, el espectáculo que se daba en Barcelona y que, gracias a Dios, ya no se da, del horizonte marítimo oculto por una verdadera muralla de tinglados y tingladillos al término de las Ramblas. Los habitantes de la ciudad más bella- -sin disputa la más bella- -del Mediterráneo occidental tenían que subir a Montjuich o al Tibídabo si les entraban deseos de ver el miar. Den Cristóbal Colón debía de reírse, retrepado en su estatua. El olvido esp l unas veces, la desilusión otras, en punto a la mar, nos ha traído muchas desventuras. Si no promovemos y mantenemos u n a muy activa actualización de nuestra presencia en los problemas marineros- -llamémosle aggiornamento como Juan XXIII dijo de la actividad de la Iglesia- temo que la política exterior de los Gobiernos de España- -de éste y de les que le suce- L j t í ¡V K Í- C cff: r W- POLÍTICA dan- -no pueda remontar mucho el vuelo. Nosotros, como la casi totalidad de los Estados del mundo, no queremos, ni aunque lo quisiéramos podríamos, pensar en la proyección del espíritu, del interés o de la ambición del pueblo español con un espíritu de ofensiva. Los planes de organi- EXTERIOR zación y modernización de las Fuerzas Armadas han de obedecer a los criterios 1 a las necesidades de una gran estrategia defensiva. Y dentro de ese grave y delicado empeño común a todas las Armas, las naves de guerra deberán cumplir, ineludiblemente, una misión esencial. En apoyo de esta afirmación no vale la pena de alegar complicados razonamientos ni de montar imperiosas dialécticas; basta la contemplación de un mapa de España. Desde Fuenterrabía hasta Rosas, ¡cuánta hermosura, cuántos horizontes para nuestra vida nacional, y cuánto deber de amor, de cuidado, de ilusión española, de sagrada defensa, de dignidad! Ahora mismo, ¿no trabaja nuestra diplomacia con los mejores dones de su ingenio y con las nobles artes y sabiduría de su experiencia, para asegurar un permanents destino, rigurosamente nacional, a cierto refugio de la costa suroccidental de España, baza muy importante en la estrategia de Occidente, digan lo que quieran por ahí o por aquí? Hubo en los primeros días de nuestra segunda República un aprendiz de demagogo que, creyendo conquistar con ello un oHo título de originalidad internacional, Iai. 26 a los vientos la inmensa botaratada de! desarme total y unilateral de España. Debiéramos, según aquel pobre hombre, licenciar a todos los soldados, dar de baja a nuestros jefes y oficiales, desguazar las La Semana Naval de Santander, a euyas celebraciones corresponde la fotografía, es un gran testimonio de la vocación marinera de España. J