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UNA VIEJA, UNA CESTA la salida del Retiro, cerca de la Puerta de Alcalá, donde el Ayuntamiento ha trasplantado varios robustos plátanos de sombra, una mujer pone a diario su tenderete de chucherías. Abre unas pinzas de madera y deposito encima, un cesto grande con asas en el centro. Esta mecánica repetida equivale cada día al ritual de abrir la tienda a I su peculiar público. Alguna vez he pasado por allí, camino del despacho, en el momento justo. Tal vez los pájaros se bañan en la sombra vegetal: o un municipal se refresca en él aguaducho, el casca blanco, descendiente de salakof de safaris, depositado en el mostrador: o hay nieblas primerizas de invierno, que patinan el dorado de la fronda... Un cliente madrugador mira hacer a la vieja: con asombrada delsctación, como si al destapar el cesto se desplegase ante él un paraíso de sorpresas. Es un niño que mira. Si usted se- adentra en sus ojos ávidos, alegres, maravillados y codiciosos, muchos valores entendidos se le relativizan. Pocos comercios tan ricos como este comercio; pocas am. biciones tan sentidas como la de este niño. La escena se produce en la Puerta de Alcalá, encrucijada que tejen y destejen los automóviles, a diez pasos del Club 1, a cinco minutos del Banco de España, oliendo a una Naturaleza que tiene nombre con marchamo real: los jardines del Buen Retiro Por eso he escrito que su escala de valores sufre un vuelco. Porque todo lo que hay en esta cesta son unas lágrimas de anís, de fresa o de menta, quizá veinte pelotas de plástico, de diámetro tan jequeño aue caben en el hueco de la mano, bolsas de pepita? de girasol, una medida de chufas... ¿Desde dónde viene a diario- -cada mañana de invierno, cada dia perfumado de primavera, cada jomada de fuego de agosto, mientras el sol se baña en espumas de mar- -esta mujer? Es seguro que no vive en el barrio. En este barrio vive el orden, y el automóvil color guinda que abrillanta un chófer, y las gentes con ojos vajles, y las canas vagamente azuladas, y el músculo subrayado por un elástico de colores... Esta mujer, seguro, vive lejos, en otro ángulo, en otro aire, sin racimos de flor de acacias. Toma temprano el Metro ese tren rojo y cuadrado hecho a la medida de las baratijeras. La ligera carga de chucherías, prendida del brazo que se apoya en lo que fue cadera, le cuesta tal vez muchos suspiros, cientos de jadeos, en cada travesía de la ciudad. Luego el sol le calienta la chepa, y la nuca bajo el pañuelo que le cubre la cabeza. Marcha despacio, a lo suyo, por entre gentes que van y vienen a lo suyo y de lo suyo. Hasta llegar bajo el cobijo de los plátanos mochos, donde abre la pinza de madera de pino y hay siempre un cliente que la contempla hasta con pasión. Es un prodigio, un sin sentido cada mañana, algo que suele pasar desapercibido hasta que un día acierta a pasar usted por allí llevando de la mano a un niño. El niño tira hacia la baratijera como el hierro hacia el imán, como la hoja suelta hacia la tierra, como las yuntas se apozan entre sí. sobre la vertical del guión, mando vuelven con el carro vacío hacia a casa. Compráis lo que el niño quiere A -los niños no tienen fronteras- palomitas, y un puñado de caramelos, y una caravana de plástico con ruedas desmontables. ¿Qué le debo? -sin atreverse a añadir buena mujer ¿Cuál es el precio de las mercancías en este bazar de asombros? Cuatro, o cinco, o- -en casos xtremos de derroche- -ocho pesetas. No, no es. mi deseo Sacar moralejas, no me siento con ganas de aleccionar. Es demasiado dulce la lección para hacer críticas, para inventar diatribas, para lanzar soflamas. ¿Contra quién? Es solamente un cierto pudor interno. ¿Cuánto vale cada una de mis horas de trabajo? ¿Cuánto vale el sudor, y el desmayo en los tobillos, y las manos bajo las axilas, y las lágrimas que forma en las conjuntivas el viento seco de enero, y la respiración de car- burantes quemados, y la soledad, y el diálogo, con el pequeño consumidor, y el ordenar las mercancías en el casto de esta mujer? ¿Cómo se cotiza cada hora de fracaso de la vida, de despego de los hijos, tal vez. de viudedad? Está cayendo el sol tras el Retiro. Sale la última bandada de muchachos con churretes de sudor, con manchas de tierra en el traje. Los guardas, en cadencia solemne, con sus originales uniformes marronas y rojos, con bastoncillo de hierro, trompa de caza y polainas de cuero, cierran las cancelas. Empieza a despertar el silencio. Mañana será otro dia. Mañana volverá la vieja a abrir la pinza en la acera regada. O tal vez mañana ya no. Santiago ARAUZ