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El edificio del Ayuntamiento 00 NA- VIGTOa iflM- G E N U DE fSPAHA Doña Victoria Eugenia. Aceptamos. El padre Alemán es un sacerdote ejemplar de vocación tardía. Creo que se ordenó pasados sus cincuenta años. Fue marino de guerra y aviador naval, y es ahora delegado de Caritas Diocesana en el obispado de Avila. Es hombre de una conversación cautivante, gran narrador de anécdotas, de fácil palabra, que maneja con donosura. Su fe, su convicción religiosa, profunda. No está muy lejos del casco urbano de Lausann su cementerio. Pronto llegamos. Como domingo nos encontramos cerrada la oficina de información. ¿Cómo hallar la regia sepultura? Confiamos tropezamos con algún visitante oue) os guiara. Penatrames en el camposants. ¿Era realmente aquello el cementerio? No se vislumbraba el menor indicio. Aquello era un jardín, un primoroso, limpísimo, cuidadísimo jardín. Avenidas orladas de frondosos árboles. Ni un solo ciprés. Grandes espacios ocupados por matas de flores que sobresalían por entre las hileras de arbustos tupidos. Sólo cuando nos adentramos en uno de estos espacios advertimos las tumbas, tan pulcras y atendidas como el jardín. Silencio. Soledad. Una soledad y un silencio como sí deambuláramos por un edén ultraterrestre. Caminábamos sin hablar, impresionados por lo augusto de aquel recinto bello, solitario, silente. Caminábamos al azar. Al doblar una de las avenidas nos dimos de boca con una señora y un señor. El padre Alemán los demanda por la tumba que buscábamos. Nos indicaron su situación. Estaba al final del camposanto, inmediata a ia carretera que va a Gine- Tumba de la Reina Victoria Eugenia, en Lausanne bra; apartada en un rincón, no oculto, sino a la vera de un camino estrecho. Una gran cruz formada por diminutas flores de delicado color carmesí cubría parte de la tierra tapizada de verdor. En el extremo superior de la cruz se alzaba otra muy sencilla, de madera, que tenía esta inscripción: S. M. la Reina Doña Victoria Eugenia de España. Y dos fechas. La dsl nacimiento y la de la muerte. Permanecimos unos momentos mudos contemplando la florida sepultura. ¡Qué raro! Como digo, la carretera estaba muy próxima. Una carretera de circulación abundante. Sin embargo, nuestros oídos no percibían ningún ruido. Se diría que allí, sobre aquella tumba humilde, lo augusto del recinto se concentraba; que la majestad de una Reina se elevaba por entre las flores que cubrían sus restos. El padre Alemán comenzó el responso. No sé cuáles son las ideas de mis dos amigos. Ignoro cuáles son las mías porque jamás me ocupé de encerrarlas en mi pobre caletre, apartado siempre de todo contacto con. la política. Rezaba con fervor por el alma de una Reina que reinó en España durante toda mi juventud, que conoció tos halagos de la fortuna y las amarguras de la adversidad; de una Reina a la que me encontraba por aquellos Madriles y deslumhraba con su hermosura mis ojos adolescentes. Me la encontraba sin aparato cortesano en un teatro, en los toros, en las carreras de caballos, en la Puerta del Sol, reclinada en un coche abierto que era como un trono ambulante. Rezaba por el alma de una Reina que lo fue por su sangre, por su matrimonio y por su auténtica majestad; de una Reina que vino a morir a Lausanne y que reposa al amparo de una cruz trazada con f loreciUas en el rincón de un cementerio que es augusto como su alcurnia. Antonio DIAZ- CANABATE