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RESPONSO EN LAÜSANNE A estación de Ginebra es como una parada urbana de autobuses sn la que coinciden varias líneas servidas por frecuentes coches. Los trenes entran y salen ds ella a intervalos no muy espaciados y con una regularidad perfecta. Es un demingo de junio. Las diez y media de la mañana. El dia es soleado y templado. Entramos en la estación ginsbrina. La gente circula per los amplios vestíbulos, por los andenes, sin apresuramiento. No hay bulla de ruidos. A las diez y cuarenta tiens su llegada el tren que nos conducirá a Lauíanne. A las diez y cuarenta en punto aparece como un clavo. Uno no lo puede remediar. Uno es un paleto madrileño que se queda con la beca abierta por menos de nada. Después de todo njo es para asombrarse que un tren llegue a su hora, pero siempre es de agradecer. De los muchís, imos plantones que me han dado en esta vida, los ferroviarios han sido los más molestos. Son plantones sin explicación, que es lo bueno que tienen los retrasos femeninos: las deliciosas mentiras de las mujeres, i2 vela doras de su poca imaginación para justificarlos. Montamos en el tren en un vagón de segunda. Mucha gente baja en Ginebra. Otros tantos viajeros los reemplazaron. Encontramos asiento. ¡Vaya. panorama el que se divisaba desde el mío! No me refiero al paisaje suizo, que como se sabe no es manco de bellezas. Es bonito, desde luego, pero mis ojos no se perdían por el L verde horizonte, tan risueño en el dia primaveral; mis ojos se aposentaron en una suiza tan primaveral como el día e infinitamente más trayente. No podía decirse que llevaba falda o, por lo menos, no reparé en ella, tan cortita era. Su blusa, tan sumaria como la falda. ¿Existe alguna Venus griega que aparezca sentada en un vagón de segunda? No es probable. Bueno, pues allí había una. ¿Por qué corren tanto los trenes suizos? ¿Para llegar a la hora en punto? Abominé de su puntualidad. Maldije su velocidad. En un voleo nos plantamos en Lausanne. ¡Qué demonio de vida esta! ¡Pensar que jamás me volveré a encontrar frente a frente con una Venus de segunda que estaba de primera! Los taxis de Lausanne son suntuosos. 1 que tomamos a la salida de la estación era un coche de esos que en España sólo se compran los toreros que cortan orejas y rabosea los borregos. Entramos en él y ordenamos a su conductor. Vamos al cementerio. Quizá mis lectores se queden perplejos. ¿De la estación al cementerio? Lo comprenderéis al instante. El motivo de encontrarnos en Suiza era una invitación para efectuar el primer viaje del Talgo de Barcelona a Ginebra. Entre los expedicionarios se encontraba el sacerdote den Manuel Alemán de la Sota, el cual nos propuso a Ramón Sierra, periodista de pro y a mí acompañarlo a Lausanne para rezar un responso en la tumba de la Reina La catedral II I i.