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NUEVAS HISTORIAS DE VIEJOS TIEMPOS EL TRUCO DE LA VALENTÍA LA MALTA Y EL CAFE Todas las frases que escribió ese maestro de saberes taurinos que era Gregorio Corrochano merecían sar bien tenidas en cuenta por todos los que, de un nodo u otro, intervienen o participan en la fiesta nacional. Veamos una de ellas. Cuando oigo decir a los mistificadores del t o r e o para disculparse, esto es lo que le gusta al público, replico, ski poderme contener: Sí, ya sé que el público toma malta cuando no le dan caíé; pero cuando le dan café, lo saborea. La frase la s e g u i m o s oyendo, y cada día con mayor insistencia. Forma parte de un mundo en el que ya muy pocas cosas reales y naturales van quedando. Al público le dan malta y no le queda otro remedio que tomarla, pero bien que le gustaría beber café espeso y aromático. P e n s e m o s también q u e buena parte del público no conoce más que el sucedáneo y no sien- te necesidad de lo autánti co. Pero el buen aficionado se resiste a aceptar la mistificación y une sus menguadas fuerzas para combatir el engaño, la trampa en la que tantos y tantos caen una y otra vez. LA HUMANIZACIÓN DE LA FIESTA En un libro de recuerdos de un viejo aficionado a los toros, José Alfonso, encuentro un acertado juicio que transcribo a continuación. Los petos son como las playas de las olas bravias. La fiereza de muchos toros- -o de pocos- -remata allí. Hemos perdido el tercio de quites, el más hermoso de la fiesta. Los bovinos se estrellan en los patos y no resisten más que un puyazo (cuando lo resisten) Pero se han humanizado las corridas. Para que sa humanicen más, yo propongo que los picadores salgan montados en jeeps Y que los toreros lleven armaduras medievales. Si a ello añadimos un afeitado bovino hasta la cepa de las astas... el completo. Ya podrán asistir a las corridas los niños, los cardíacos, las monjas mercsdarias y los poetas postistas. Tiene razón en su ironía el escritor alicantino. Uno de los ingredientes del cóctel taurino es el riesgo y en la misma medida en que se atenúa é ta, con premeditación y alevosía, se diluye también su sabor hasta casi desaparecer. Toros blandengues; picadores que se escudan y que, en seguida buscan el seguro apoyo de las tablas; toreros que andan pasivamente por el ruedo, como si la cosa no fuera con ellos; reses cuidadosamente adoctrinadas antes de pisar la arena... Así no vamos a ningún sitio. O sí. Vamos a uno solo: a matar la fiesta a fuerza de humanizarla Vamos a recordar, creo que con oportunidad, una definición del toreo, debida a Juan ÍSelmonte. Es ésta: qa único duelo de un hombre con una fiera temible, en que el hombre, transformado en poeta, vence a la fiera y a la muerte, no con violencias esforzadas, sino con caricias suaves. Juan Belmonte opinaba, y tenía buenas razones para justificar su juicio, que se trata del duelo entre un hombre y una fiera temible. Si el hombre sa inhibe y la fiera deja de ser temible, se acaba el toreo. Otro testimonio tan poco sospechoso como el d 3 don Marcelino Menéndaz y Pelayo. Es criterio, como todos los suyos, ponderado. Escribía el polígrafo santanderino: Él toreo es el menos bárbaro y el más artístico de todos los espectáculos cruentos dsntro y fuera de España. Con la humanización se tiende, a largo plazo, a la desaparición. Y a corto plazo se consigue la mistificación. Gregorio Corrochano