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LA COMPAÑÍA DE LAS COSAS L novelista Joan Sales crea un personaje femenino que, en su soledad amarga, se consuela contemplando unas cajas, unos botes, en tanto sueña regresos y esperanzas. Las cosas acompañan a esta mujer dolorida que no acaba de saber lo que es la guerra que le separa del hombre; como tampoco sabe lo que ssrá el retorno a la normalidad o el amor recobrado, pues ya en su soledad, dice la mujer, no es aplastada por los silencios de antaño, por los del compañero ausente. Casi todas las personas encuentran de cuando en cuando en las cosas una especial compañía de amor que, en ocasiones, es nada más que el recuerdo herido de un tiempo pasado o la compensación de las horas muertas del tiempo. Pero, sin embargo, las cosas en sí también tienen su valor nada más que como tales cosas que, incluso, llegan a elevar los pensamientos de los seres humanos. Ramón Gómez de la Serna se hacía rodear de los objetos más variados y extraños para con ellos al lado escribir sobre la vida, los amaneceres que tanto le inquietaban, el amor y la muerte. Y Carlos V, con sus relojes, parece que nos quiere indicar que la medida del tiempo no se apartaba de él. Relojes: cosas, al fin y al cabo. El banco de madera o de piedra del parque puede acompañar al hombre o a la mujer en cualquier momento de la vida, bien porque el banco es buena y desinteresada compañía o porque el banco constituye el recuerdo iluminado de unas horas compartidas. Las paredes místicas de las habitaciones de San Juan de la Cruz nos hablarán de la soledad en compañía del santo, junto a las que se incendiaron no pocas emociones de amor divino. A veces despreciamos las cosas porque no hablan con palabras y, en cambio, buscamos a la persona en un afán de dialogar, en un afán de dar y recibir, para más tarde convencernos de que el silencio o la tristeza de algunas cosas vale mucho más que la conversación de aquella persona que no nos ha dicho casi nada en una tarde de muchas frases. La historia concede un extraordinario valor a las cosas. No solamente a las que se conservan en los museos, en los monasterios, en las viejas iglesias, sino también a aquellas otras, pobres o ricas, que tocaron nuestros antepasados y que tocaremos nosotros y que mañana tocarán nuestros hijos. Es el valor del tiempo que, a veces, despreciamos sin percatarnos de que somos herederos de un tiempo, de unas ideas, de unas emociones o; a se nos entregan dentro del corazón de las cosas para que a su vez nosotros sepamos proyectar todo ello sobre el futuro. La mujer que vive sola, qué no tiene a nadie, adquiere flores el sábado para tener así asegurada la compañía del domingo. Fundamentalmente en esas horas estremecidas del atardecer, cuando parece qus el alma quiere huir en busca de nuevas sensaciones más o menos purificadas o a la caza de aquellas perdidas esperanzas de amor que, casi siempre, se mantienen nada más que en la inquietud de las mentes románticas. Y en este anhelo de hallar la compañía que sustituya a la persona, al- E guna mujer extravagante no sólo se conforma con rodearse de cosas diversas, sino que, a la hora del té, recibe la visita de un caballo con el que merienda. ¿Qué se dirán esta mujer y el animal? ¿De qué hablaran sin palabras? No lo sabemos. Pero la realidad es que la anciana, con el caballo en la habitación, se encuentra a gusto, tal vez soñando hipódromos verdes, cielos despejados y épocas brillantes con compañías humanas que ya se fueron a otros lugares o a las tierras de los cementerios, en tanto la mística del tiempo permanece inalterable. Pero las cosas no dejan nunca de decir en la soledad lo que no supieron expresar con palabras quienes se fueron. Porque la ausencia, además, es imaginativa y Joca. Es, en definitiva, el encanto doloroso de las cosas que, a veces, se convierte en dramático cuando la viuda tiene necesidad de deshacerse una tarde cualquiera, llorando o sonriendo, de la biblioteca del marido para poder vivir; es decir, para que la vida no se detenga. Y en la biblioteca vacía, otras cosas más humildes o prácticas s jstituirán a los libros acariciados durante años por unas manos ya muertas. José Luis MARTIN ABRIL