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LOS HÉROES DE tes españoles se hicieron a la mar, sabiendo que ni Villeneuve estaba capacitado para mandar, ni las flotas reunidas por Napoleón en Cádiz estaban en condiciones de enfrentarse con la escuadra británica. Quiso la desgracia que el almirante nombrado por Napoleón para reemplazar a Villeneuve llegase cuando ya se habían alejado de la costa los buques en busca de la flota británica. En realidad, parece probado en la Historia que Villeneuve sale precipitadamente de Cádiz porque conocía su relevo. Y en estas condiciones, sabiéndose no ya por los almirantes, sino por todo el pueblo de Cádiz, que se llenó de presentimientos y de ansiedad, el riesgo enorme que se corría yendo a la lucha, los comandantes de las unidades españolas se dispusieron a enfrentarse en desigual batalla. Aquellos comandantes habrían hecho retirarse hacía poco a los británicos, sin ayuda de la escuadra francesa, en Pinisterre. Aquellos jefes tenían talla más que sobrada para que, sólo por una burla del destino, tuviese mando sobre ellos alguien tan inepto como Villeneuve. Pero esos jefes tenían un sentido tal de la disciplina militar, de la obediencia, que los llevaba a acatar las órdenes más disparatadas y cumplirlas con el máximo celo. Trafalgar tenía que ser una derrota. Villeneuve cerraba los oídos a consejos de hombres como Gravina, Álava, Churruca, Valdés. Pero lo que no podía evitar Villeneuve era el heroísmo español. Trafalgar se convirtió en una enorme victoria moral para un pueblo que veía a sus jefes de- rrotados por el peso de la adversidad, pero vencedores por la superioridad de su conducta. En Trafalgar es difícil decir quién iba delante en materia de abnegación y de patriotismo. Todos fueron titanes. Pero, de entre ellos, creo realizar un acto de justicia al comenzar por Churruca, una evocación que sólo quiere mostrar a la generación actual española unas glorias del carácter, de la dignidad, del sentimiento del honor, que identifican a España ante el mundo, representada en esos momentos por hombres que llevaban el hábito castrense de nuestra Armada. Como si fuera una premonición, Churruca, nacido en Motrico en el año 1761, recibió en el bautismo los nombres de dos mártires de la fe cristiana que fueron, además, dos héroes: Cosme y Damián. Era un nombre en la plenitud de este término desde su adolescencia. Correcto y sensible, amigo del patriota Jovellanos, conquistó muy joven los mayores honores. Para Gravina, Churruca era, como, decimos corrientemente, la mano derecha Tenía una fe absoluta en él. Y cuando llegó la gran hora del destino, la hora de Trafalgar, Churruca se superó a sí mismo, rebasó toda su historia anterior y se condujo como un héroe de leyenda, como un personaje de Hornero. Pérez Galdós, en el volumen de sus Episodios Nacionales dedicado a Trafalgar, nos pinta maravillosamente el carácter de Churruca. Le muestra explicando serenamente, antes de partir, que van a la muerte segura. Al frente del San Juan Nepomuceno se hace a la mar, y seguidamente ordena a toda la dotación que se arrodille. Dice entonces al capellán: Cumpla usted, padre, con su ministerio y absuelva a estos valientes, que ignoran lo que les espera. Concluido el acto religioso, pronunció esta arenga: Hijos míos, en nombre de Dios prometo la bienaventuranza al que muera cumpliendo con su deber. Si alguno faltase a él le haré fusilar inmediatamente, y si se escapase a mis miradas o a las de los valientes oficiales que tengo el honor de mandar, sus remordimientos le seguirán mientras arrastre el resto de los días, miserable y desgraciado. Entró pronto en combate. A la vanguardia iban los españoles, y a poco de iniciada la batalla comenzaron a alejarse cua- Churruca N la celebración del bicentenario del nacimiento de Napoleón Bonaparte es oportuno recordar aquellas páginas de su historia que quedaron para siempre ligadas a nuestra Patria. España fue el obstáculo mayor surgido al paso de quien parecía no tener obstáculo posible. Merejskowski ha enseñado que la derrota de Napoleón comienza en el momento sn que el pueblo español enseñó w f Rundo que el Corso no era inverici ¿IK. El DOS de Mayo cuenta mucho en la historia de Bonaparte, pero se olvida demasiado cuan ligada estuvo España a otras páginas culminantes de su historia. Una de esas páginas terribles, que dejan ver irónicamente cómo a veces no son suficientes ni el valor, ni la sabiduría, ni la superior experiencia para salir vencedor de una prueba es la batalla de Trafalgar. Hans Roger Madol afirma, en su biografía de Godoy, que el 21 de octubre de 1805 selló el destino de España En cambio, de esa fecha trágica para nosotros, salió el ímpetu, realmente genial, que llevó a Bonaparte a vencer en Austerlitz. El Emperador había concentrado su potencia de estratega preparando planes navales para vencer a Gran Bretaña. Sabía que, en tanto no pudiese desembarcar en las Islas, su- poder era incompleto en Europa. Contaba principalmente con la justificada tradición española de guerra en la mar contra los británicos, quienes, desde el siglo XVI, no hacían sino hostigar a los navios españoles. De esa tradición y del patriotismo español, que no apartaba los ojos de Gibraltar y que, aun teniendo a Napoleón por enemigo, sabía que la destrucción del poder nava británico era el único medio de frenar las depredaciones y las amenazas contra las costas españolas y territorios del Nuevo Mundo obtenía Bonaparte el convencimiento de que una gran batalla, dada con oportunidad y contando con los almirantes españoles, habría de ser, por fusrza, una batalla decisiva. Pero una serie de circunstancias, harto conocidas, determinan que se salga de Cádiz en ese mes de octubre de 1805, bajo el mando supremo de un marino francés, Villeneuve, que no ü precisamente el hombre idóneo para conducir un combate de semejante trascendencia, frente a Nelson. Los almiran-