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PLAZA NAVONA: NUEVA VISION C ADA vez que voy a Roma- -lo que no sucede con la frecuencia que sería de mi agrado- -reservo una noche para pasear por la Plaza Navona. Tiene para mí un atractivo especial; ejerce en mí una sugestión grande, cuyos motivos ni yo mismo soy capaz de explicarlos. Acabo de enterarme de que hace unos días Piazza Navona ha aparecido abarrotada de carros de combate norteamericanos. No son auténticos, sino simulados. Están construidos con madera y plástico y su destino es servir de vivo decorado para el rodaje de una película. A muchos romanos, que han acudido a la plaza movidos por la curiosidad, el escenario les recordará sin duda episodios vividos precisamente hace ahora un cuarto de siglo, cuando los aliados entraron en Roma y desalojaron de la capital a las tropa aslemanas. Por fortuna, la presencia de los Sherman ha sido pasajera; los días necesarios para aproximar la ficción a la realidad. Esto, desde luego, no lo he visto; me ló han contado. Pero sí he tenido oportunidad de contemplar hace unos días, desde un nuevo y original ángulo, la noche de la Plaza Navona. Al menos para mí constituyó una pintoresca novedad la presencia en este recinto urbano rectangular, considerado unánimemente como uno de los más bellos del mundo, de una amplia y variada gama de sujetos- -muchachos y muchachas- -melenudos, equívocos, de disparatado vestir. Hippies de diferentes nacionalidades han convertido a Piazza Navona en una especie de reducto o cuartel general. Allí viven su vida y allí ofrecen al visitante habitual u ocasional sus mercancías: sortijas, collares, adornos, pinturas (conviven los trazos clásicos con las más complicadas técnicas artísticas modernas) alfombras, pañuelos, etcétera, etcétera. Los etcétera s sustituyen a una relación larga y muy prolija, en gracia al lector. No puedo decir que la contemplación del pintoresco espectáculo me produjera alegría. Pienso, además, que los carros de combate de que antes hablábamos desaparecieron en unos días, pero que esta multitud abigarrada y exótica se ha instalado allí, en Plaza Navona, de modo casi permanente. Al crecer la madrugada y- disminuir sensiblemente el número de paseantes y de curiosos iba desapareciendo la quincalla, y las mismas mantas que habían servido de inopinado mostrador eran devueltas a su natural destino y acogían los cuerpos de chicos y chicas de esta extravagante ralea para defenderlos durante el sueño del relente de la amanecida primaveral. Cuando el sol sube, vuelven, por lo visto, los cuerpos a su pasiva actividad. Dudo mucho que con tan singular exorno pueda pensarse que Piazza Navona es una de las más hermosas creaciones del hombre. Y el caso es que sí lo es. La rivalidad entre Bernini y Borromini- -los dos grandes recreadores arquitectónicos de Roma- convirtió el antiguo Estadio de Domiciano en una notabilísima muestra del arte barroco. Bernini derrotó en el primer encuentro a su antiguo discípulo y ayudante. 1 Papa Inocencio X encontró muy de su agra- do el proyecto de Bernini de la Fuente de los Ríos, en cuyo centro sé alza el obelisco, procedente del Circo de Majencio. Las gigantescas estatuas, que representan al Nilo, al Ganges, aL Danubio y al Río de la Plata, simbolizan la universalidad de la Iglesia. Cuenta una leyenda que la estatua que mira al templo dedicado a Santa Inés, obra de Borromini, lo hace espantada, mostrando así su desagrado por el gusto artístico de su rival. Los partidarios de Borromini se vengaron diciendo que Santa Inés, que remata su iglesia, observa al Nilo desdeñosamente, dando a entender que no hay motivo para asustarse porque la fachada no ss le va a caer encima. El casóles que la abierta hostilidad entre los dos artistas hizo que uno y otro aguzaran su ingenio, y el resultado fue un conjunto armónico de edificios y fuentes de aguas cantarínas, gratamente melódicas, en el que ponen una nota discordante los barbados f melenudos jóvenes y las astrosas muchachas hippies que pueblan con su desenfado y su pintoresquismo la bella Piazza Navona Esperemos que, como los Sherman de pacotilla, resucitados por y para el cine, desaparezcan pronto tan singulares pobladores. A no ser que. con su presencia se quiera añadir un nuevo elemento al barroquismo de la plaza. Porque no hay que olvidar que la palabra barócco nació, en el lenguaje corriente, como sinónimo de complicado, difícil de apreciar o entender, o también para significar lo extravagante. Andrés TRAVKSI