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EL ULTIMO ROMANCERO O hay probablemente madrileño que no pase a menudo por la Gran Vía. No sé si la aventura producirá a quienes la intenten las mismas urgencias de fuga que experimenta el que suscribe cuando se ve en idéntico trance. Ni sé tampoco si, entre fulgores comerciales y estridencias mecánicas, les ocurrirá que la atención se les escape y se prenda en esos carteles abigarrados que anuncian a todo color el asalto a la diligencia o al Banco, la. persecución del indio o del salteador... Pero si les ocurre, de seguro se preguntarán cuáles son las razones de la innegable, seducción ejercida por el cine y la literatura llamados violentos. Un caso conocido de afición a las novelas policíacas- -por citar un ejemplo de literatura violenta- -fue el de Anstides Briand, político francés de la primera posguerra, un tiempo famoso y hoy casi olvidado. Briand, sin embargo, era tenido, por sus adversarios al menos, por hombre no muy ilustrado. Pero veamos otro caso aún más significativo. Revolviendo entre los libros de viejo expuestos en París, en los muelles del Sena, he aquí un mamotreto polvoriento: un ejemplar del primero de los incontables volúmenes de las hazañas del volátil e inaprehensible Fantomas, el aventurero funambulesco y saltarín. ¿Y prologado por quién? Nada menos que por personalidad tan quintaesenciada y de tan alto copete intelectual como Jean Coctéau, y Simenon, el creador del Comisario Maigret, c u e n t a con una cohorte de admiradores prestigiosos: Kaysering, Gide, ya muertos, o Francpis Mauriac y otros. Entre los entusiastas de las novelas policíacas hay quien prefiere las analíticas, deductivas; esas en que se desentrañan enrevesados enigmas gracias a una especie de escolástica con ergos, própter y silogismos de un impecable rigor. Pero también hay quien gusta de esas otras que podemos llamar de acción directa. Típico el citado Fantomas; típicas también las producciones de los americanos Hammet y Chandler. El protagonista de las de este último, un tal Marlowe, anda siempre a cintarazos, siempre sin un dólar- -sin un maravedí, estaba por decir- una especie de Amadís extraviado en Los Angeles, en resumidas cuentas. En cuanto a las películas, no cabe duda. La palma de la popularidad se la llevan las del Oeste americano. Acaso sea por la fascinación de los espacios abiertos. Esto es lo que ocurre con las de colores, verbigracia, cuando la pantalla nos muestra aquellas grandes extensiones del FarWest, ocres, grises o rojas profundas y misteriosas como un continente recién descubierto, o como otras veces cuando el lienzo refleja paisajes lunares, montañas, barrancos o quebradas, por los que cabalgan centauros justicieros y valientes que ya manejan el lazo, ya esgrimen pistola... No todo es negativo en ellas. Hay crueldad y rapiña, ciertamente, pero también generosidad, fe y sacrificio. Y el Bien siempre termina por triunfar. Unas y otras dan una sensación de libertad, de liberación sería mejor decir. Y es tan intensa esa sensación que casi apetece hacer una profunda inspiración de aire, como si de veras pudiese inspirarse el de aquellos riscos en donde viven seres elementales, de gestos y actos tan precisos como sus rifles, seres que saben siempre- ¡tan diferentes a nosotros! -tomar en el momento justo la decisión ne- N cesaria; más aún, ponerla en práctica sin vacilaciones ni temores. Pero todo esto, que bien podemos llamar el romancero de nuestra época, toda esa caballería andante del Oeste americano, toda esa gesta de policías y ladrones, regalo de adolescentes, debilidad de sedentarios, está bajo el fuego cruzado de cuantos piensan que la violencia en letra de molde y en celuloide, es incentivo y estímulo a la violencia criminal, patológica, que padece nuestro tiempo. Es muy posible que tengan razón. Sin duda hay que vigilar atentamente las lecturas y espectáculos que la juventud apetece. ¿Sólo la juventud? Porque no hay nada que tanto sugestione al hombre tranquilo, al moro de paz, como el contemplar en acción, sin participación ni riesgo, las cualidades que él ni tiene ni tal vez desea. Se va al eme en la literatura o en el arte, son coetáneos y conexos, pero si hay relación causal entre ellos, ¿no será la violencia de fuera la que reflejan la grande y la pequeña pantalla y no al revés? De todos modos, y por si acaso, los folletines televisados han sido relegados a horas en que los violentos de zapatillas no los ven ya. Son comodones y se retiran pronto a descansar. Esto, naturalmente, es lo de menos. Lo importante es que la proscripción de la violencia filmada sea eficaz, pero... Mucho me temo que en todo cuanto se dice y se escribe sobre el problema de la violencia haya una infravaloración de sus dimensiones. El problema es vastísimo y no es de los que se remedian con bienintencionadas cataplasmas. Vivimos en un mundo esencialmente violento y es imposible que el hecho no tenga intrincadas ramificaciones. Fundamentalmente- -todos lo sabemos- -la causa de todo está en la crisis de la sociedad familiar, especialmente de la autoridad paterna. Hacer frente a este pr blema requiere una campaña perseverante y prolongada en que Iglesia, familia y escuela ocupen los primeros lugares. Ha- y se lee la novela policíaca por huir de lo cotidiano o también por desdoblarse, por disfrutar de todas las existencias que nunca serán nuestras, que sólo podrían serlo a lo largo de prodigiosas reencarnaciones. ¿Escapismo? Sí, y ¿por qué no? ¿Por qué negarnos esa válvula de escape para frustraciones y malos humores? Parece, sin embargo, que en Londres se ha descubierto recientemente una banda de delincuentes juveniles que para sus fechorías se inspiraba en la televisión y el cine; se llamaba la banda Bonnie and Clyde. Sí, este y otros casos dan que pensar, pero no estará demás recordar que desde siempre han jugado los muchachos a piratas o a la guerra y que antes que el espía cosmopolita, con sus aventuras galantes y sus artefactos increíbles, existieron Dick Turpin, Diego Corrientes y su trabuco, y otros héroes por el estilo. Las raíces de la violencia llegan al Paraíso Terrenal, se ha dicho. En el comienzo fue la acción escribió ya Goethe. Vida y ficción se entremezclan. ¿No hubo celosos antes de Ótelo? Ni mujeres ambiciosas antes de Lady Macbeth? Los dos fenómenos: violencia ambiente, violencia cen falta, sobre todo, serenidad, moderación y paciencia; las virtudes, en suma, reverso y antídoto de la violencia. Sea lo que quiera es mi convicción que eso que hemos llamado último romancero, el romancero de la aventura, el riesgo y la intrepidez, está viviendo sus últimas horas. Podemos rezarle un responso, pero no necesitamos poner mano al sepelio. Morirá de agotamiento, del tedio de la reiteración. Sucumbirá a la marcha de unos tiempos que brindan a la imaginación alimento mucho más rico gracias a la magia de los nuevos y fabulosos azares espaciales, gracias también a las especulaciones- -seculares- -y r e d i vivas- -sobre la pluralidad de los mundos habitados. Y, paradójicamente, también padecerá de la prosa de esta nueva nigromancia de hoy que exige laboratorios, cálculos y guarismos. Y esto último quizá sea lástima si al acabamiento de ese romancero último, al subsumirsevu espíritu en el ímpetu impulsor de la nueva ciencia con metas ultraterrenas, se pierde también algo del afán poético que alentaba en su fondo. Ramón MARTIN HERRERO