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totalidad de los términos municipales- con lo cual se da el caso de enormes extensiones de terreno pertenecientes a pueblos colindantes en los que no existe ni la más pequeña parcela de terreno libre para que puedan cazar los aficionados qus carecen de bienes de fortuna abundantes. Puedo señalar tramos de carretera de treinta kilómetros y más en que se ven las tablillas ilegales de Acotado de Caza a un lado y a otro, sin discontinuidad. Esta comercialización abusiva de la caza na- creado una situación difícil para el cazador medio, el hombre correcto que no dispone de las 10 a 20.000 pesetas anuales para tener una acción en un monte de caza acotado, y que no quiere lanzarse a cazar en terrenos dudosos por temer a la denuncia y a las subsiguientes molestias, aunque sepa firmemente que tal o cual acotado no es legal. En cambio, son muchos los cazadores muy modestos que se meten en terrenos indebidamente acotados, o van cazando pegados a las lindes de vedados, dando de vez en cuando lo que en términos cinegéticos se llama un arrimonciUo es decir, una entrada furtiva y rápida dentro del vedado para tirar alguna pieza y salirse en seguida del peligro. Esto suele hacerse con o sin la anuencia del guarda, pues desgraciadamente algunos de nuestros incultos y mal pagados guardas jurados se dejan sobornar fá- cilmente para redondear sus magros ingreses. Sepan los lectores que para ser guarda jurado sólo se precisa clarecer de antecedentes penales y saber leer impreso y manuscrito y escribir correctamente. Ya se puede figurar el lector los ejemplares de guardianes que se pueden encontrar por esos campos... Claro que los hay magníficos, pero no es porque la ley se haya preocupado de ello. No puedo menos de acordarme de las eficaces Escuelas de Guardería de Caza que existen en Canadá, en Francia, en Suiza, en Bélgica, en Hungría y en casi todos los países donde se preocupan por su riqueza cinegética. Los cada día más numerosos cazadores desaprensivos que van aumentando a medida que se dificulta la caza para los aficionados modestos, suelen no encontrarse tan mal con la actual legislación, pues conociendo bien el terreno pueden llevarse un par de liebres y tres o cuatro perdices en un día, que al precio actual de la caza supone cerca de 500 pesetas de jornal, y también pueden cobrar de noche, bien con linterna o a la luz de la luna, un jabalí o un venado, que representan alrededor de dos mil pesetas entre carne, ¡piel y trofeo. Y, además, son los que en los meses de media veda dejan los pocos terrenos libres sin una perdiz, ni liebres, ni conejos. Tenemos, pues, en España tres grupos de cazadores: 1. Los ricos, que son los altos cargos, los banqueros, grandes industriales, extranjeros, etc. que pueden pagar una o varias acciones en un buen coto de ojeo, bien en fincas particulares o bien en términos municipales. 2. Los cazadores más o menos furtivos los de los arrimoncillos bien conocidos de los guardas y sobre todo de la Guardia ¡Civil, que desgraciadamente no tiene hoy día tiempo sobrado para vigilarlos. 3. Los verdaderos cazadores deportivos de la clase media, los que ansian una ley de caza justa y moderna, y sobre todo sencilla y práctica, sin reglamento tortuoso, lleno de resquicios para uso de los vivos o de los atrevidos. Estos aficionados, que hoy ya no pueden disponer de una acción en un coto, y que repugnan los procedimientos de soborno de guardas o de arrimoncillos los que cuando se levanta la veda y van a tirar a terreno libre ya no encuentran ni una perdiz ni una liebre, y que al paso que vamos tendrán que guardar muy pronto su escopeta, bien engrasada, en un armario, o meterla en una vitrina comOgartefacto de tiempos pasados, son los quir debe amparar el Estado, en su obligación de velar por la distribución equitativa de los bienes comunes y sobre todo por la salvación de nuestro tesoro cinegético natural, en peligro de desaparición. José LION DEPETRE