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EDITADO SOCIEDAD M A D POR RE P A C CIO N ADMINISTRACIÓN Y T A L L E RE S SERRANO, 6 1- MADRID P R E N S A ESPAÑOLA, ANÓNIMA R I D FUNDADO EN 180 B POR DON TORCUATO LUCA DE TENA A fotografía llena completamente nuestro mundo con la magia de las imágenes. El ojo taumatúrgico de la cámara reproduce lo más inverosímil, desde el magnicida apretando el gatillo hasta las bellezas de las simas marinas o los cuadros abstractos que nos descubre el microscopio electrónico. Estos días acaba de realizar su máxima hazaña. Ha pasado inadvertida, entre los conflictos de Oriente Medio, el ensayo del módulo lunar y el viaje de Nixon. Mediante un artificio que su propio autor j un estudiante de veintiséis a ñ o s Griffith, reconoce que es más brujería que ciencia revistiéndolas con átomos de tungsteno, ha retratado las dos hélices que, entrelazadas, forman el ADN, el ácido deoxirribonucléico; como ya todos saben, la base de los genes, de la herencia y, por tanto, la base de la vida. Pensemos que el microscopio corriente llega, todo lo más, a los dos mil aumentos, que el electrónico alcanza los dostientos mil. Ahora ha sido p r e c i s o aumentar la imagen siete millones de veces. Lo sorprendente es que esta fotografía se corresponde con el modelo previsto en 1953, por los premios Nobel Watson y Crick, basándose en razonamientos teóricos. Una vez más se repite, en la ciencia la hazaña de Kepler. La cual tuvo, como la de Griffith, no poco de brujería. Y no sólo por la lucha que el propio Kepler hubo de sostener para salvar a su madre de ser quemada por bruja, sino porque algo que ha destacado Pauli, uno de los más importantes físicos de nuestro tiempo. Kepler, situado en el filo entre el pensamiento mágico- simbólico y la moderna ciencia de la naturaleza, de base matemática, descubrió tres l e y e s que son pilares básicos de la teoría de la gravitación. Desterrado de Graz, en cuya Universidad era profesor, fue acogido en Praga por Rodolfo II. Allí se encuentra con el danés Tycho Brahe, el mejor astrónomo de su época. Si hoy los astronautas llegan cerca de la Luna, y, probablemente, dentro de pocos días realizaran la brujería de posarse en ella, esto se habrá alcanzado, en principio, por las conversaciones que, durante unos meses de convivencia, tuvieron dos hombres, Tycho Brahe y Kepler por las callejas del Hadschrin, la vieja cindadela de Praga, frecuentada por astrólogos y llena de los fantasmas del Golem de a r c a nos y supersticiones. El intuitivo Kepler encuentra en el danés al hombre de la comprobación, de la exactitud y de la experiencia. Fascinado por la idea pitagórica de la música de las esferas piensa que la verdad está siempre en la proporción armoniosa y exacta, esto es, en la geometría. La geometría, para él, es la imagen primigenia de la belleza del cosmos, y por eso su libro capital se va a denominar Harmonices mundi De la armonía del universo. Como señala P a u l i Kepler pensaba que el alma humana reacciona de manera instintiva a ciertas proporciones armónicas, lo que explica la seducción que L BRUJERÍA FOTOGRÁFICA la música despliega sobre el hombre. La estructura del mundo sería geométrica, esto es, musical. Estamos en mil seiscientos nueve. El círculo como base del cosmos va a ser sustituido- -hecho capital- -por una elipse. Tres siglos más tarde, Einstein dirá: Lo más sorprendente del mundo en que podamos comprenderlo. Ahora se renueva la milagrosa coincidencia de teoría y realidad. La imagen a la que llegaron Watson y Crick sobre el helicoide base de la vida, la doble hélice enroscada como las dos sierpes del bastón de Esculapio y sobre la que Ochoa y tantos otros siguen trabajando para terminar de descifrar el código genético, se ha podido fotografiar como realidad tangible En el Tíber, junto a Roma, hay una isla, la isla Tiberina, en la que puede verse, junto a un viejo hospital, la iglesia de San Bartolomé. Los turistas cruzan todas las noches sus puentes para llegar al Trastevere y en este barrio a los locales donde el tipismo ha sido organizado para dar una idea de lo que pudo ser la vieja Roma. Han desaparecido aquellas viejas y auténticas trattorias que todavía pude ver en mi juventud y en las que uno podía imaginarse a Goethe, junto a una romana garbosa, en cuyas bellas espaldas- -él mismo lo confiesa en cadenciosos alejandrinos- -trataba, midiendo hexámetros, de descansar de sus andanzas arqueológicas. ¿Qué hubiera pensado Goethe de la fotografía de este moderno bastón de Hermes, del viejísimo símbolo de la doble sierpe entrelazada que parece conocían los sumerios hace cuatro mil años y que se encuentra en las más viejas vasijas etruscas, en los mitos más primitivos? También en el mundo azteca, sobre la medra que hacía de calendario solar, donde agonizaban los corazones aún palpitantes destinados al sacrificio, en forma de las dos sierpes: Tezcatlipoca y Quetzalcoualt, la de la vida y de la muerte. En la isla Tiberina, lo mismo que en el parabrisas de los coches de los médicos, está grabado, sobre el mármol travertino, el signo famoso: el bastón de Esculapio, como recuerdo del viaje que hizo el dios de la Medicina, Asclepio, d e s d e Epidauro a Grecia, para poner remedio a una peste mortífera que los dioses de la ciudad eran incapaces de combatir. En recuerdo del viaje, la isla fue construida como un barco; ornada la proa con la imagen de las dos serpientes que, vivitas y coleando, acompañaron a su dios, y como castillo de popa, un templo, hoy desaparecido. Intuitivamen- J 1: te, las representaciones de Esculapio, el dios de la Medicina, vienen acompañándose de las dos espiras que son la estructura fundamento dé la vida. Hoy hay quien la encuentra hasta en el sistema periódico de los elementos que es la base de la química moderna. Uno de los trabajos de Goethe se titula: Sobre la tendencia espiral y en él habla, con motivo de la inserción, en espiral, de las hojas sobre el tallo, de una ley general de la naturaleza. ¿Se hubiera entusiasmado Goethe con la fotografía del estudiante norteamericano? Probablemente su agudo mirar hubiera descubierto que la vida es algo más que geometría. Hay también la imperfección. Si las espiras genéticas fuesen perfectas es probable que la vida no hubiera llegado tan lejos, y que el hombre se hubiese quedado sin nacer. La genética más moderna comienza estos días a dar importancia no sólo al código genético al alfabeto exacto que determina la producción de proteínas, sino a las irregularidades de este c ó d i g o No a sus erratas las enfermedades hereditarias sino a defectos de información de sentido hasta ahora misterioso para nosotros. Esto nos recuerda lo que ocurre con las obras de arte. Hace tiempo que sabemos que la belleza de los versos de Shakespeare o de los cuadros de Velázquez se debe, en gran p a r t e no a su perfección sino a sus mínimas y escondidas imperfecciones. Si quitásemos del Quijote sus minúsculos defectos lo estropearíamos. Por estío fracasan el copista y el imitador; ignoran cuáles son los detalles anómalos que convierten una abra en genial. Nada más aburrido que la belleza perfecta, por ejemplo, la de una estrella de cine cuando la tenemos de frente. A los cinco minutos de conversación se nos vuelve difícil soportarla. A menos que descubramos en ella un pequeño defecto algo que, de pronto, le da la gracia necesaria para suscitar nuestro interés. Amamos a las cosas y a las personas no por su perfección, sino por su pequeño adarme de imperfección. Imitamos en esto a la vida que, al parecer, necesita la imperfección para elevarse a formas cada vez más complejas. Detrás de la geometría de Kepler, de su armonía de las esferas hay este misterio. La na- i riz de la bella romana, la que le tornaba si bien medio sabio, doblemente feliz y sobre cuyas espaldas Goethe medía sus hexámetros, probablemente era respingona y mucho menos perfecta que la de Cleopatra. Pero fue lo que le sirvió para crear versos inmortales. Juan ROF CARBALLO