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LAS PAGAS INFANTILES O DE LA PERRA CHICA AL DURO L OS demingos para los más, para algunos ya el sábado inglés que implica descanso y cobranza se había inaugurado, sonaba después de comer en estos casos y en los otros la dominical madrugada de las nueve de la mañana, la hora de la paga semanal. A veces, y no faltaban éstas, si se había hecho un empréstito a media semana, había un momento de temblor al no saber si habría descuento y aquélla se vería reducida a la pura nada. Eran unas pagas que en los mejores casos no pasaban de un reluciente duro. Uno de esos peloncillos alfonsinos que ahora en los baratillos del Rastro o en algún joyero se venden a veinte o cuarenta durandartes para luego transformarlos en portabilletes o en llaveros. Sin embargo, un duro bien administrado daba de sí, y más si se tiene en cuenta que al colegio se iba a pie las más de las veces y cuando se usaba del tranvía éste valía su buena perra gorda. Una perra gorda que o bien se trataba de escamotear al cobrador y, además, que este gasto corría por cuenta del bolsillo paterno, con lo cual no entraba en la semanal paga Sí; un duro daba de largo, aunque, claro está, de él salía, la peseta de la butaca del Príncipe Alfonso- -otro cine que también se fue como los duros de las pagas como los años de éstas- los diecito del caramelo que salía de un dispositivo colocado en la butaca- -a veces había mala suerte y lo hacía un jabón- -y los treinta céntimos del bocadillo de jamón- -con bastante jamón y un ligero roce de mantequilla, nada, de sucedáneos- -del entreacto con música y todo de un pianista cuando menos, si no es que era un terceto. Por otra parte, el pantalón corto no imponía invitar a las chicas, aunque fueran compañeras o hermanas de amigos. Ellas todavía no habían llegado a las medias e igual se pagaban la butaca que el bocadillo, cuando más si nos tocaba una al lado, había que invitar, eso sí, a caramelo, lo que levantaba en ella el primer rubor. La Prensa estaba barata y el T B O de los cinco y los diez céntimos después no eran gasto grande como no lo iba a ser más tarde; ya Juanito Monjardín era fenómeno, los cincuenta del Aire Libre Por lo demás, los otros se dejaban de lado y si había algo grande se aprendía de oído en el comedor o en la cocina. La cartelera del cine bastaba con verla al entrar, y si había teatro por la Navidad o por la Pascua, ése tampoco entraba entre los gastos de uno. El cine, sí: el Príncipe o el Royalty; aquél con su terracita sobre una calle de Genova silenciosa y dormida eran gastos privativos de uno. La propina no entraba en los cálculos previsibles, y si se pedía una gaseosa de bolita- ¿dónde fueron sus botellas? los cuarenta céntimos, y no creo olvidarme del precio, eran todo el gasto. Entraba, sí, el hombre de los barquillos, profesión de mozos asturianos, como era la de los serenos. El hombre de los barquillos se llevaba muchas perras, y más aún si uno se metía en las profundidades dé jugar al clavo ese juego que hoy a algunos de los: poquitos que quedan- -casi se cuentan con los dedos de las manos- -por los jardines y los parques madrileños, hay que explicarles como si se tratase de algo relacionado con el señor Pitágoras, el del teorema. Ese que luego un día nos habría de proporcionar desde inquietudes hasta un cero. En esto se iba él dinero. En esto y en la calcomonías que ahora parece que tui ren volver y que en vez de los monu- mentos del mundo tienen figuras del mundo de los ovnis En esto y en las mujeres que establecían su tenderete ante la verja de hierro del colé en la esquina- -que cada cual recuerde la suya- -de Rafael Calvo con Miguel Ángel, un poco entonces el fin de la ciudad. Es un oficio el de estas buenas viejas que perdura. Ellas fueron en aquel tiempo, y supongo hoy lo siguen siendo, las precursoras del medio y el largo plazo para el crédito; ellas tuvieron nuestras primeras cuentas corrientes, si bien no se nos daba el disgusto a domicilio por medio de un papel de que teníamos la misma a cero, y cuando no endeudamiento. Este si iba creciendo en aquéllas, y así hasta que un día, al pedir un pirulí de La Habana, se nos negaba con una cierta firmeza. Entonces llegaba la ocasión de pedir el adelanto materno. Una pesetas y hasta dos o endeudarse una vez más ya en la pendiente, si con la vieja ama que termina- ba en muchas ocasiones haciendo Borró y cuenta nueva a la vieja cuenta. Del duro que a, veces se veía incremen tado por otro del abuelo salían las lectu ras serias, ya los Araluces de dura past con estampa, o los Salgarís, o los Mayn Reyd, el Corazón de Amicis, que en la lecturas colegiales hacia llorar hasta lo aprendices de duros Ellos eran los p i meros pilares de algunas bibliotecas, don de hoy, junto a ellos, duermen, sí no lo incunables, sí las raras primeras de Azo rín o Baroja, los versos de Juan Ramór Todo un mundo de pagas infantiles de pagas antiguas en donde los boéádi lias abundantes de jamón, las gaseosas d bolita, las entradas para ver al gordo ¿a ty y las aventuras de Sandokan Se conl funden entre las nieblas de la nostalgia un tintineante sonar de pesetas escás H en el bolsillo del pantalón corto. Juan SAMPELAYO