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y poesía, cada día FEDERICO MUELAS Nace en Cuenca en 1910. Su nombre, durante muchos años, aparece y reaparece en revistas, antologías, recitales, pero sólo muv tardé- por Intimas razones autocríticas -publica un libro. Obtiene en 1964 el Premio Nacional de Poesía con Rodando en tu silencio titulo al Que hay Que añadir Apenas esto Tesorülo de pobre El niño aue tenía un vidrio verde Cuenca en volandas y los recientes y deliciosos Villancicos de mi catedral Sü poesía juega- -y bien- -todas las barajas: el trasparente poemilla ingenuo, el hondo soneto religioso. J cálido poema humano. ARROYO Clara voz que se desata del cristal que la ceñía. Sendero de fuga fría para leve pie de plata. Espejo que el cielo acata a sus límites sumiso. Dilatado y bello friso venido hasta el bajo suelo para hacer posible al cielo su vocación de Narciso. Quiero que me santigüe tu mano mientras miro con el silencio claro de quien lo ha dicho todo, de quien habló a tu oído, deshojando palabras, casi mirándolas caer. Recuéntame de nuevo en el halda las guijas jue a lo largo del tiempo recogimos; murmurara otra vez lo sabido y lo rezado; repíteme los nombres, -seis, de nuestro tesoro lanzado hacia delante; déjame que me asome al brocal de tus ojos para verme en su entraña y ser la flor, el juego de colores de las bolas de vidrio y el milenario insecto en la lágrima de ámbar. Espacíame el instante, dame fuera del tiempo la dimensión eterna que sin saber confieres tú, mujer, que sonríes, que lloras o que callas y represas el agua incontenible como en un infinito diapasón. Hay sólo una campana que tú y yo conocemos. Hay sólo un cráter tibio, como un nido olvidado. Hay sólo un apagarse de nuestras vidas juntas con tersura de párpado caído; hay sólo una manera, tuya y mía, de dejar los adioses en el aire. Hay sólo una mujer, tú, mujer mía, venida a mis umbrales como la luz. la nieve o el cervatillo ciego; llorada por la nube más dorada y engarzada en mi páramo... ¡Gracias, Señor! A UN CRISTO CRUCIFICADO EN UNA CRUZ DE ESPEJOS Cristo, crucificado en luna fría sobre frío cristal crucificado, entre garras de hielo atenazado, sin sombra, en implacable mediodía. Cristo, sin la terrena compañía del madero a tus miembros abrazado. Cristo, sin desclavar, desenclavado. Sin regazo de leño en tu agonía ¡Oh, cruz de hielo! ¡Oh fría llama viva donde me veo si le miro, a solas! Cristo y mi soledad, como un presagio. ¡Oh Cristo en cruz, sin cruz, a la deriva! Pienso que el mismo Dios, como las olas, nos arroja a la cara tu naufragio. SALMO A LA ESPOSA ¡Oh, mujer mía, inmensamente amanecida! Me sentaré a tu lado p- ara sentirme protegido de los fríos, del odio; como veo a mis hijos cuando tú los acoges y remansan la frente en tu regazo,