Volver

Resultados de la búsqueda

Resultados para
LOS ANOS LOCOS qué pena, la pregunta que tantas veces estamos esperando, que necesitamos, que nos haría tcan felices en muchas circunstancias de la vida: ¿Qué te pasa? Cuérttamelo. ¿Estás triste? Dímelo todo. ¿Puedo ayudarte? Cuentan que al final de la última guerra, cuando Europa era todavía un charco de sangre y toda una generación se curaba entre dolores sus tremendas heridas morales y físicas, algunos egoístas o prudentes llevaban un letrerito en la solapa con la siguiente inscripción: No me cuente usted su caso o sea, si se siente solo no me interesa, si está usted desesperado con su pan se lo coma, si necesita ayuda vaya a otra parte La soledad no es estar solo; es no tener nadie con quien comunicar. Que nadie te ayude. Que nadie te comprenda. Que nadie hable tu mismo idioma espiritual. Cuando estamos rodeados de gente no me cuente usted su caso o no me pregunte, por favor entonces sí que de verdad nos sentimos miserables y solitarios. No está solo el investigador que reside aislado en medio de la selva del Amazonas si en algún sitio de Europa, a miles de kilómetros hay una mujer que le quiere y piensa en él. Pero lo está el nombra casado, metido en la misma cama que su esposa legítima, si ésta no te comprende o no se interesa por sus problemas íntimos. Muchas- veces en medio de una fiesta, charlando entre un grupo de personas, nos sentimos tan solos como en un faro situado en pleno Océano Pacífico. Pero junto al fuego, con un buen libro y nuestro perro favorito, sabiendo que en algún sitio hay alguien que nos ama y piensa en nosotros, entonces estamos llenos de compañía, repletos de calor. Por favor, no quiero líos, eso es una tontería, déjame en paz, no entiendo tus problemas psicológicos, no me compliques, no me preguntes... Ahí está la verdadera soledad, el desierto, el aislamiento moral que es el peor de todos, el único que lleva a los seres humanos a tomar decisiones fatales e irrevocables, a planear barbaridades, a enfermar de les nervios. Los modernos hospitales psiquiátricos están llenos de grandes solitarios morales, nunca de personas equlibradas y queridas por muy solas que estén en sus casas o en sus ciudades. Julia, chica inglesa y monilla que te rompiste la pierna un día cualquiera dando lugar a la psqusfia anécdota de mi crónica de hoy, creo que yo, en tu lugar, hubiera obrado de otra manera. En la escayola que tapa tu joven y frágil hueso quebrado, mi letrero habría sido distinto teniendo en cuenta el mundo duro y amargo, solitario y triste de esos jóvenes de hoy que no saben lo que quieren, psro si lo que no quieren, que están insatisfechos en la sociedad actual, pero aún no están seguros de cuál sería la perfecta, que viven siempre rodeados de gente, en el trabajo, en la universidad, esi los domitorios colectivos- de los clubs de vacaciones, en las salas de bailes modernos que frecuentan los domingos, en esas casas pequeñas donde se juntan tantas personas; y, sin embargo, se sienten siempre tan solos, tan incomprendidos, tan incomunicados. ¿Sabes, Julia, chiquilla londinense, lo que yo hubiera puesto en el yeso? Esto: Me caí, tropecé, pero eso es lo de menos. Pregúntenme lo que pienso, lo que me pasa, por qué lloro algunas noches, por qué me da miedo la oscuridad, por qué me gusta tanto ese muchacho que no me conviene. Pregúntenme, por favor, tengo tanto que decir, tanto, tanto que contar... Eso me parecería más natural, pequeña Julia, tranquila Julia, Julia sin complejos. Julia feliz, Julia que no desea el diálogo. Begoña GARCÍA- DIEGO