Volver

Resultados de la búsqueda

Resultados para
DISCUTIR UE el discutir es uno de los deporpreferidos del español es algo que nadie medianamente sensato se atreverá a negar. Que al español le gusta discutir se ha convertido ya en un axioma, refrendado todos los días en los mil detalles de la vida cotidiana. Quizá es consecuencia directa de ese- afán nuestro de no rectificar, de ese estar plenamente convencidos de tener siempre razón, de ese seguridad en nosotros mismos, que si a veces constituye una virtud, muchas más representa un salto atrás en el largo camino de la civilización. Siempre me llamó la atención un cártel que todavía figura en todos los vagones del Metro y que retrata con admirable economía de palabras la idiosincrasia del español medio. El cartel en cuestión reza así: Prohibido fumar o llevar el cigarro encendido. Pienso que al principio, como sucede en todos los países del mundo, el cartel diría sencillamente: Prohibido fumar sin más. Pero ya imagino el diálogo que se entablaría entre guardia y pasajero a las primeras de cambio: -Perdón, caballero. Está prohibido fumar en los coches. ¡Yo no estoy fumando! ¡Y no se meta en lo que no le importa! ¿Y eso qué es? -insistiría el guardia señalando el humeante pitillo del pasajero. ¡Un cigarro encendido! ¡Un cigarro encendido! ¡Nada más ni nada menos! ¿Y bien? ¿No ha visto el cartelito? -Naturalmente. ¿Se cree que soy tonto? ¡Pero ahí sólo dice que está prohibido fumar, pero no llevar el cigarro encendido! Una salida de tono superficialmente ingeniosa, pero que pone en evidencia, en el fondo, la absoluta penuria mental. del airado pasajero. Se afirma que de la discusión nace la! uz. Siempre y cuando, añado, que los que discutan quieran que se encienda. Alguien decía que es mejor no saber nada que tener sólo ideas fijas en la cabeza. En la discusión fructífera es necesario que las convicciones brillen por su ausencia. La vida es del color del cristal con que se mira; reconocer que él color de nuestro cristal pue de ser, y de hecho lo es, de diferente color que el de nuestro vecino es dar un paso de gigante para ponernos todos de acuerdo. Esto no significa la inconveniencia de tener convicciones; en realidad, la inmensa mayoría de las veces, cuando discutimos no defendemos convicciones, sino prejuicios. Por eso las discusiones son, generalmente, airadas y ruidosas; la diferencia entre una convicción y un prejuicio es que la primera la podemos explicar sin enfadarnos, ya que las injurias son las razones de los que no tienen ninguna. Así, un arma infalible es la tranquilidad. Lo malo de nuestros enemigos es que nos ataquen de buena manera. El enemigo empieza a ser peligroso sólo cuando, únicamente con su actitud, empieza a tener razón. Abundando en eso de las íntimas convicciones me comentaba un amigo que un hombre que se jacta de no cambiar nunca de opinión es un ingenuo que cree en la infalibilidad. Ni la contradicción es índice inequívoco de falsedad, ni el ser consecuente hasta el final es signo, por eso sólo, de verdad. ¡Aviada estaría la ciencia si por mantener el tipo siguiera insistiendo en que la Tierra es el centro del Universo! Reconozco que el discutir es un ejercicio muy sano por lo que tiene de intercambio de ideas, opiniones y conocimientos. No importa, en consecuencia, el ganar o el perder una discusión, sino sacar fruto de ella. Me acuerdo que nunca aprendí más al ajedrez que una temporada en que jugaba con un conocido, cien veces superior a mí, que no me dejó ganar en dos meses ni una sola partida. Pero hay veces, apuntará alguno, que nos vemos en la situación de discutir con un subdesarrollado mental. En tal no recomendable caso es conveniente librar la batalla en solitario. En muchas ocasiones, aburridos de la imposibilidad de hacer ver a nuestro antagonista lo evidente, buscamos una opinión imparcial. Grave error; cuando se discute con un necio no se deoe apelar jamás al juicio de un tercero, porque los necios abundan tanto, que lo más probable es que nos encontremos con dos a la vez. ¿Y cuando se discute con alguien con más talla que uno? Pues aguantarse, a menos que intente poner en práctica lo que recomendaba creo que Sacha GuUry: Fija tu mirada en sus uñas, en los puños de su camisa, en sus zapatos; si no son impecables, puedes llegar a ponerlo en una situación incómoda, convirtiendo su superioridad en un aplastante estado de inferioridad. Esto, claro, es poco caritativo, pero a veces funciona. Lo mejor es no discutir o discutir lo menos posible. Considerar lo poco que se gana saliendo al paso como un Júpiter tonante ante cualquier opinión que oigamos. Recordemos que para discutir hacen falta dos. Un viejo tribuno, ansioso de pelea, sabiendo que lo que decía ofendía a un contertulio rival que se hacía el sordo, exclamó en una ocasión, como rúbrica desafiante a sus palabras: ¡Estamos en un país libre! -Perdón- -contestó el aludido- Un país libre no es aquel en el que cada uno pijBfde decir lo que quiere, sino aquel donde nadie está obligado a escuchar lo que otro quiere decir. Y calándose el sombrero, abandonó, sonriente, la reunión. Rafael DE GONGORA