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EDITADO PRENSA SOCIEDAD M A D POR ESPAÑOLA, ANÓNIMA R I D FUNDADO EN 1905 POR DON TORCUATO LUCA DE TENA ABC R E; Di A C C I 0 N ADMI NISTRACI 0 N Y T ALLERE s t SERRAN 0 61 este año de 1969 se entrecruzan, c o mo enredándose por la fatalidad del azar, los centenarios de dos famosos personajes. Los quinientos años del nacimiento de Maquiavelo y los dos siglos del de Napoleón. Nombres estremecedores. Banderas de una incansable dialéctica política, piedras de escándalo para unos, arquetipos de ejemplar doctrina para otros. Los fantasmas de estos dos fabulosos personajes parecen de pronto encontrarse en este ángulo del tiempo como quien llega por un impulso inexorable a una cita fatal. Extraño encuentro qué ya antes se había producido en las páginas de un libro- -espejo de la sabiduría florentina- -al comentar un ambicioso emperador los conceptos de un sutil b u r ó c r a t a italiano. E 1969: MAQUIAVELO Y NAPOLEÓN de hacerse con su creador es contemplarle lejos de su siglo, arrancado de los condicionamientos de su insalvable circunstancia histórica. Lo que resalta en la obra del secretario florentino es la separación entre conveniencia política y moralidad. Maquiavelo contaba- -para justificar la razón de Estado -con la perversa condición del hombre. Este es tan radicalmente malo- -decía- -que olvida más fácilmente el asesinato de su padre que la confiscación de sus bienes. El pesimismo maquiavélico se basa en que el Estado ha de construirse sobre una sociedad corrompida. Ello explica esa a c t i t u d de desprecio con que el gobernante- -como después postularía Spengler- -se s i t ú a Porque Maquiavelo había visto la exis- ante sus subditos. Pero a pesar de todo, la proyección tencia desde un alto ventanal del Palacio de la Señoría. El, que era todo pon- ideológica de Maquiavelo tenía otra verderación y mesura, admiraba las arro tiente positiva: la de estimar al pueblo gancias y violencias del insolente César libre que se sabe gobernar a sí mismo. Borgia. Desterrado por Lorenzo el Mag- Entre estas dos actitudes antagónicas, la nífico escribió El Príncipe para dedi- del déspota lleno de recursos p a r a el cárselo como oráculo de arte política. Vi- mando y la de la sociedad consciente, dé vió en una época bulliciosa y contradic- su libertad, se polarizaban paradójicatoria en la que había guerras, invasiones mente las admiraciones del escritor floy descubrimientos, y en la que los Pon- rentino. Y todo esto se contenia en las tífices, celosos de su autoridad temporal, páginas de ese libro- El Principe -que eran astutos y sensuales. un día cayó en las manos de Napoleón Entre los años 1494 y 1512, en que se Bonaparte en uno de los intervalos de eclipsa la estrella triunfal de los Médicis, sus fulgurantes acciones guerreras. triunfa la figura de Maquiavelo. Años Napoleón ve en aquella obra la radiodecisivos los de este instante de la His- grafía de su propia intimidad mental. Y toria. El infierno se traslucía en los mu- glosa su lectura con una serie de sugesros de la Sixtina a través de los pinceles tivas y apasionantes acotaciones. Allí se de Miguel Á n g e l mientras Leonardo descubre, con desnuda transparencia, el distraía los ocios de su genial paleta, in- alma recóndita del audaz 1 dominador de ventando las primeras máquinas voladoEuropa. La moral política, que inicia su ras. En ese clima Maquiavelo escribe. eclipse con el libro de Maquiavelo, suUn breve libro de Historia, un comentario a las décadas de Tito Livio, y una friría su crisis definitiva con la figura de comedia, La mandragora Pero todo Napoleón, su aventajado discípulo. Los el mundo le juzgará por El Príncipe consejos del florentino iban dirigidos a libro insólito de un secretario sin des- Lorenzo el Magnífico. Pero Napoleón se tino que da normas de gobierno a quien quisiera que fuese su señor. Todavía no se ha extinguido en la historia del pensamiento el eco de estas páginas. Pero, por la pasión de los juicios que ha suscitado, casi nadie recuerda que fueron escritas en una Italia dividida en pequeñas repúblicas sobre las que Maquiavelo soñaba en la fundación de un gran Estado. Se trata, pues, de TEMPORADA una serie de fórmulas pragmáticas, conDE cebidas con la visión puesta en la idea de una unidad italiana, que sólo se loPRIMAVERA graría siglos más tarde. Como tema lanzado a las disputas de los hombres, el maquiavelismo podrá ser defendido o atacado. Pero lo que no pue- sentía destinatario de ellos porque se soñaba personaje del Renacimiento. Así de uno a otro pasó la doctrina a la acción, del texto escrito al hecho violento. La pasión, la rabia, la vanidad o el rencor del sargento corso, tiemblan, como trozos palpitantes de vida, en las anotaciones marginales de El Príncipe Allí vuelca Napoleón el secreto de sus am- biciones, ecos de dolorosas experiencias, y también su ira, por las previsiones que no tuvo en cuenta, y que fueron causa de sus reveses. Dos almas separadas por el tiempo dialogaban así en un vehemente intercambio de peregrinas confidencias sobre los capítulos de un viejo libro nacido para alentar la pasión de mando de los cesares del futuro. A Napoleón le admiraban los hombres de letras próximos a su tiempo- -Sthendal, sobre todo- -y le combatieron otros- -Madame Stael, Chateaubriand, Benjamín Constant. Pero Maquiavelo, aunque ha tenido mala p r e n s a ha contado con m u c h o s seguidores. Las censuras que se le han dirigido- -si eran formuladas por un poderoso- -casi nunca resultaban sinceras. Así, Federico II de Prusia escribió en su famoso Antimaquiavelo la más implacable d i a t r i b a contra unos principios que cuando llegó el momento no dudó de poner en prác tica. En España, los representantes del pensamiento tradicional cristiano f u e r o n antimaquiavélicos. Quevedo, Saavedra Fajardo y Gradan, se erigen en moralistas del Estado. Pero sus obras merecieron a los gobernantes muy pocas adhesiones. P o r q u e siempre resulta más sugestivo aprender una metodología de la astucia política que le lleve a uno a triunfar sobre los demás, que no sentirse encarcelado entre las fronteras de una ética implacable. Así, cuando esas fórmulas se recogen en un haz de páginas, los tímidos, los resentidos y los ambiciosos se convierten en sus lectores más apasionados. Hoy el maquiavelismo está de moda, aunque no confiese su nombre. Y Napoleón con su valentía, con su aptitud para el amor, con su descaro ante los reyes de Europa- -él, que era un sóidat parvenú -seduce todavía a las gentes ingenuas dispuestas s i e m p r e al aplauso ante las gallardías retadoras de los audaces. El primero ha dejado tras de sí una; estela de admiración; el segundo de una extraña simpatía. Sentimientos que sólo inspiran, cada dos o tres siglos, los artistas refinados o los cínicos geniales. Pedro ROCAMORA ZAPATOS BOLSOS GELTRA