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CRITICA INFORMACIÓN DE LAS ARTES ORTEGA MUÑOZ, HUO DE LATIERRA Por Salvador JIMÉNEZ ABC ENTREVISTAS ERUDICIÓN fo- l -v 4 L A puerta de la casa, al abrirse, da paso a la amistad que está ofrecida, siempre, al que llega, como obsequio natural y espontáneo. Antes que la mano, el pintor te ha dado ya su sonrisa y el rosal su saludo desde la terraza. Los cuadros llenan úe camvo y de emoción el cuarto. En el caballete hay un cuadro a medio hacer, con un virginal retal en blanco sobre el que no se ha puesto aún el sol franciscano de la pincelada sabia. Godofredo Ortega Muñoz, nieto de la encina, hijo de la tierra, hermano del silencio, tiene ojos claros, serenos, por los que alguien podría rastrear la gótica filiación de su onomástica, pero por los que no hace falta investigar poco ni mucho, ya que todo se transparentó de cuanto abunda en su varonil corazón. Es sedante, calmo: como su tierra y como su ¡pintura. Te lo dice todo al mirarte y es como si ya no creyera necesario añadir nada más. -Yo no valgo para esto de las entrevistas. No sé hablar. To no valgo nada... Pero todos los caminos que cruzan por sus cuadros explican lo que vale y lo que sabe. Salta a la vista, como Rafael Alberti lo viera en su paisano Zurbarán, lo que esta pintura tiene de pensativa sustancia Hay poca materia, sólo la necesaria. Campo meditador y cielo creyente. Se siente uno, desde el primer instante, muy a gusto y bien acompañado con Ortega Muñoz y sus paisajes. ¿Es dura la faena del pintor con el cuadro? -A veces resuelvo un cuadro en seguida pero es porque lo llevo mueh tiempo conmigo, atrás, encima, dándole vueltas. ¿Se pierde entusiasmo con los años? -Ah. no. Yo empleo el mismo tiempo añora que antes y pongo la misma ilusión. Si al terminar un cuadro hay algo que no me gusta, lo quito, lo hago de nuevo y lo echo a la pila del agua. No es tanto por honradez sino porque no me quedo satisfecho, y cuando no me gusta una cosa es como si me doliera el estómago. Callamos. Compruebo la mucha variedad que se esconde tras la aparente repetición de estas tierras extremeñas. Me olvido que quisiera preguntarte cosas, que tengo que hacerle hablar y hablar yo mismo. -Mira, voy a sacar otro cuadro y ponerlo en el caballete a ver si así se me ocurren más cosas. Es limpio de pensamiento, sencillo como su pintura. Se levanta y me va trayendo sus castaños pelados, sus viñas blancas, sus tierras labradas, sus caminos y su campo solemne y silencioso, rico, depurado en el recuerdo. ¿Te gusta mucho Antonio Machado? ¡Hombre! Muchísimo. Cómo no me iba a gustar. Qué poetazo y qué cerca del campo está. Me gusta que me lo preguntes y que comprendas que me tiene que gustar. Gustar es decir poco... ¿Qué has querido poner en estos caminos, en estos árboles, en estas tierras? -Pues, no sé. La verdad, no sé. Lo que ves. Quizá he querido dar la emoción que yo he sentido viviendo en estos paisajes. -Y, ¿no te cansa este darle siempre vueltas al paisaje? -No. Paisaje he hecho siempre. Si te das cuenta siempre es distinto. Selecciono mucho. Es una síntesis de recuerdos. En Extremadura es cuando empiezo esta serie de paisajes sin tener el natural delante. ¿Haces en pintura lo que Rilke aconseja a los poetas? -Pues, sí. Creo que sí. ¿Supone un duelo para el autor deshacerse dé sus cuadros? -En cierto modo. Pero, no creas, es también una satisfacción ir a una casa y encontrarte con que tu cuadro ocupa el sitio preferente, con que unos hombres disfrutan con su presencia. ¿Se acabará un día la pintura de caballete? -No creo. Es algo tan intimo. Creo que- va a durar mucho porque siempre habrá un hombre que se recree con la presencia de un cuadro, que guste de tenerlo delante. Van vasando los cuadros en silencio, por dentro y por fuera. Hay unos rosas que más que rosas son luz de rosa y, en los muñones de los árboles se descubre siempre un tímido verde que anuncia la esperanza del nuevo brote. ¿Te cansa a veces vivir en la ciudad? -A veces, sí, esa es la verdad. Echo de menos el campo. Si tuviera que elegir entre el campo y la ciudad no lo dudaría y viviría siempre en el campo. No sé que tiene para mí... Junto a ¡os cuadros de hoy, están ios cuadros de ayer y anteayer. Muchos. Algunos, sorprendentes. Hay un retrato cezanníano, mucha obra impresionista, un florero tan delicado y fragante como de Matisse, peces que se quedaron en las aguas del recuerdo del acuarium de Monaco, un cuadro con pajaritas de papel que podría provocar la ruina de Jaime Campmany, rostros del pueblo, cabezas de niño, bodegones y un increíble paisaje de cuando Godofredo era un niño con doce años que dice ya, sin prodigio, pero con rotundidad, que allí hay un pintor como una catedral. Abundan tos paisajes de Italia. Es un Ortega Muñoz vario y distinto pero con algo permanente que sorprendería a cuantos sólo le conocen desde un tardío y reciente descubrimiento unánime. Hay muchos paisajes de toda España. -Qué hermosa es España. Y qué variedad. Lo que me ocurre, a veces, es que siento que me gustan mucho sitios y tierras que el gusto general tiene por áridos. ¿Te gusta viajar por España? -Sí, muchísimo. Es locura. Siempre que puedo. Me gusta desmenuzar España. ¿Te s i e n t es emparentado con Van Gogh? -No. Van Gong es un grito. Crea que en mi pintura no hay grito. ¿Qué te impresionó más de tus años de Italia? -Los primitivos. Existe ahora una preocupación quizá excesiva por la sabiduría del oficio y, sin embargo, creo que casi todos los pintores contemporáneos estamos más cerca de Cimabue y del Giotto que ele