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EDITADO PRENSA SOCIED A D M A D R POR ESPAÑOLA, ANÓNIMA I D FUNDADO EN 1906 POR DON TORCUATO LUCA DE TENA E dijo que le gustar í a ver, gaspadín una clase de música? La guía, deliciosamente rubia y eslava, me habla en un español con seseante acento cubano, entreverado de palabras rusas. Me llamó gaspadín señor, y no továrich camarada. -Ya lo creo. Pero ¿no quedamos en que aquí no había clases? Y es que ese enorme edificio staliniano, el de la conocida silueta entre rascacielos neoyorquino y catedral gótica, al otro lado del río Moscova en la colina Lenin, aunque se titule en las tarjetas postales Universidad de Moscú no es tal Universidad, sino gigantesca residencia para universitarios. (La vieja Universidad Lomonósof del XVIII está en la plaza del Manege, frente al Kremlin. Yo les había dicho que quería ver tres clases: de bellas artes, de historia y de ciencia política, y la gentil rusita me insistía, con razón, que allí no podía verlas. Se le iluminó entonces el rostro al hacerme aquella consulta. ¡Pues claro que queríamos presenciar la lección de música! Levantó un cordón que cerraba el paso y nos invitó a subir por una breve escalera, mandándonos guardar silencio con el dedo en los l a b i o s Avanzamos de puntillas por un corredor; se oía tocar al piano música de baile algo anticuada. A través de una puerta de cristales vimos esta escena: una profesora de c i e r t a edad, marcando el compás con la mano, enseñaba a unos estudiantes de rústico aspecto y rubio pelo enmarañado cómo sacar a bailar a sus compañeras de Universidad. Ordenados chicos y chicas en dos filas fronteras. La que mejor sabía moverse- -a pesar de la gran tradición rusa en el ballet -era una negrita, probablemente becaria de alguna nueva República africana. Nos miramos sorprendidos. Aquello, en plena era proletaria, a cuarenta y ocho años de la Revolución de Octubre, era ni más ni menos que una clase de maintien como se hubiera dicho en las lejanas Cortes dé Alejandro I o Nicolás I. Buenas maneras, o, según la terminología de los manuales de mi juventud, urbanidad. Resultaba pues por lo menos curioso que la Universidad comunista sintiera como necesidad pedagógica el que la juventud pudiera volver a presentarse bien en sociedad Se lo conté, de regreso a España, a Andrés Se iovia y el gran guitarrista me comentó que él recordaba, hacia 1925, en uno de los restaurantes de las Perspectiva Nevski, de Leningrado. h a b e r visto entrar a personas cuyo porte, muy a su p e s a r denotaba distinción como pertenecientes a gentes educadas antes de 1 S 17, pero que a fin de no sobresalir sobre los demás, se esforzaban en comer con modales estudiadamente z a f i o s y groseros. La Revolución soviética actuó como la francesa de 1789 en que los sans- culotte perseguían a los que, por sus ademanes refinados, c r e í a n privilegies ABC Mas sobrevive un sector en el que es de buen tono comportarse con mesura: el alto clero de la renacida Iglesia Ortodoxa Rusa. Debe reconocer que me sorprendió gratamente la educación del obispo Filarete- -así era su nombre- -que nos invitó a almorzar en la Academia Teológica de Zagorsk. Visitaba, como todo turista en Rusia que se respete, esa deliciosa e impresionante Laura (Lavra dicen en ruso) especie de gran Monasterio piloto, encerrado dentro de un bello kremlincito o recinto amurallado. Su denominación oficial es Laura de la Santísima Trinidad y San Sergio, a unos 75 kilómetros al nordeste de Moscú, camino del Volga. Filarete, jerarquía inmediatamente inferior a Alejo, patriarca de Moscú y de todas las Rusias, nos recibió con exquisita cortesía, invitándonos a tomar caviar con vodka, el caldo ruso o y el esturión pescado en el Volga. Su agradable civilidad me pareció equidistante del recato spañol, respetuoso con el interlocutor y reservado, y de la sprezzatura la fácil espontaneidad que el tratadista por excelencia en esta materia, el nuncio Baldassare Castiglione (para Carlos V, uno de los mejores caballeros del mundo consideraba en 11 Cortigiano supremo signo de distinción. También es verdad que los Románof, en su intento de europeizar a la ruda Moscovia, introdujeron idiomas y cultura extranjeros entre las clases altas. Privó primero el alemán bajo la zarina Ana Ivánova, y Pedro III, el estúpido marido de Catalina II que, lleno de admiración hacia el gran Federico de Prusia, puso las tropas rusas a su disposición, cuando eran enemigos en la guerra de Siete Años. Y privó luego el francés desde la g r a n Catalina, prácticamente sin interrupción, hasta Nicolás II. En estos días estamos viendo en Bogotá la película soviética Ana Karénina que revive las costumbres de la aristocracia zarista en San Petersburgo bajo Alejandro II; la mitad de la abundante conversación tolstoiana transcurre en francés, con rebuscadas expresiones de Corte superadas ya en la contemporánea Francia republicana de Monsieur Gambetta. Pedro el Grande, al remodelar su Estado de arriba abajo para darle perfil occidental, llegó a rapar barbas y cortar caftanes personalmente p a T a desmoscovizar a sus hirsutos subditos, y, además, creó la gran pirámide aristocrática del chin con catorce escalones, desde los grandes duques de la familia imperial al burócrata al servicio del Zar. En todo este ierárquico tinglado lo elegante era no hablar ruso, sino alemán v, más tarde, francés. Es apenas lógico y hasta legítimo que Lenin, quien a la par que sovietizaba el país pretendía rusificarlo de nuevo, retornando como ejemplo sin más demora la capital a Moscú, suprimiera esos signos externos de tajante separación entre pueblo y clases opresoras Adviér- REDACCI 0 N ADMI NIí 3 TRACI 0 N Y T AL LERE s S E R R AJO, 61 REVOLUCIÓN Y BUENOS MODALES tase por otra parte que el pueblo ruso suele ser respetuoso para con los demás. Y no sólo el público de Leningrado, en el que más de dos siglos de Corte han dejado, aun hoy, un sedimento de educación y abierta simpatía, en esa hermosa ciudad occidentalizada que pasó de gran capital cosmopolita a cabeza de región provinciana. Incluso en Moscú, tradicionalmente más distante y hoy hosco ñor haber quintuplicado su población con el aluvión de funcionarios y gente del Partido, venidos hasta de las más remotas Repúblicas soviéticas de A s i a La gente jamás empuja en la calle, ni siquiera en las apreturas del Metro durante las horas punta. Ni se disputa- ¡qué gran lección para cualquiera de nuestros países! -un taxi en la calle; a la salida del Bolchoi y del ballet o la ópera en el Kremlin, se forman espontáneamente unas colas cuyo orden de prelación todos respetan. Los dos únicos títulos de nobleza que hoy se reconocen en la Unión Soviética son los investigadores y los artistas: pero en estas dos tipologías, llenas por lo demás de tantos e indudables méritos, no tiene por qué florecer precisamente la compostura social; antes, al contrario, abundan los extravagantes y los ególatras. En resumen, bajo el régimen comunista en el que indudablemente los más viven bastante mejor que en la época de los zares, Rusia se resiente de una especial tosquedad y ordinariez que se refleja en la mala calidad del trato en hoteles, restaurantes, etc. Salvo- -cosa curiosa- -en la ópera y en ese remanso que es el Conservatorio de Música Chaicovski. Se descubren delicados rastros de buena educación en las conservadoras de Museo, profesión casi totalmente monopolizada por mujeres; el contacto diario con las maravillas exhibidas en el Ermitage de Leninrado, el Museo Puchkin y la Galería Tretiakof, de Moscú, sin duda constituye una excepcional escuela de refinamiento, tanto en la sensibilidad y el g u s t o como en la comunicación con nuestros prójimos. He meditado luego al azar de mis vaivenes por el mundo sobre las implicaciones sociológicas de aquel histórico gesto de Kruschef golpeando su pupitre, zarato en mano, para llamar la atención de los demás delegados en la Asamblea de la O. N. U. Disraeli, en el vértice de la era victoriana que llevó la excentricidad inglesa al paroxismo, definió a la aristocracia con frase lapidaria y, por supuesto, injusta: Band Manners Organised. Estoy seguro que el señor Kruschef, creyéndose con aquel chabacano y exhibicionista desplante, la sal de la tierra o el heraldo arcangélico de los proletarios del mundo, no se figuraba que se convertía, sin saberlo, en la quintaesencia de uno de esos falsos aristócratas del peor estilo: el de la falta dé educación erigida en sistema José Miguel RUIZ MORALES Bogotá, 1969.