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MIRADOR NUESTRA PRINCIPAL RIQUEZA mm- m E STAMOS acostumbrados desde niños a ver el nombre de España encabezando sólo una de las listas mundiales de producción: la del mercuIÍO. En la de vinos y agrios ocupaba también lugares preferentes, pero en las demás, especialmente en las industrias manufactureras y de exportación, o su nombre no aparecía o3 si figuraba, era con coeficientes mínimos, perdido entre los últimos del escalafón. Por consiguiente, sólo éramos número uno en la obtención del azogue, ese misterioso metal tan próximo al oro, según los alquimistas medievales. Por eso el mercurio de Almadén constituía uno de los habituales recursos dialécticos del orgullo nacional, como, en otro sentido, lo era el recuerdo de las batallas de Lepanto y San Quintín. Y es posible que hoy, a pesar de nuestro desarrollo, las cosas sigan igual, pues si es cierto que las circunstancias han evolucionado favorablemente aquí, no lo es menos que han mejorado en la misma groporción, o en proporción mayor, en los demás países, con lo que las distancias entre el nuestro y los otros seguirán siendo, poco más o menos, las mismas, si bien situados todos a un nivel superior. Sin embargo, sólo en muy contadas rasiones, y siempre como a media voz, ¡an a media voz que la mayoría de los españoles no ha logrado enterarse, se nos ha hablado de una riqueza que sitúa a España sólidamente entre los más importantes países del mundo. Se trata de la riqueza de más alto rango, no sujeta, como las demás, a las competencias improvisadas, a los vaivenes de la bolsa y al deterioro del tiempo. Es una riqueza, por otra parte, cuyas posibilidades de crecimiento y expansión son prácticamente ilimitadas. Me estoy refiriendo a la riqueza que representa nuestro idioma a través del libro. Aparte de que nuestro idioma es el segundo entre los occidentales por el número de personas que lo hablan- -después del inglés y por delante del alemán, del francés y del italiano- y el quinto entre todos los del mundo- -detrás del inglés, chino, ruso e hindú- en cuanto a producción de libros, nuestro bloque lingüístico- -integrado por España y los países americanos hispanoparlantes- -ocupa el tercer lugar entre los occidentales, por debajo del inglés y del alemán y por encima del francés y del italiano. Es más, la industria estrictamente española de edición figura como la séptima en la producción de títulos de todo género- -después de Rusia, China, Gran Bretaña, Alemania Federal, Japón y Estados Unidos- -y ese mismo lugar como editora de libros literarios, a continuación de Rusia, Gran Bretaña, Estados Unidos, Japón y Francia. Tan destacada colocación en esas listas mundiales es de por sí impresionante y resulta casi increíble si se tienen en cuenta la demografía y el potencial económico de los países con quienes España compite en los primeros puestos. Gran Bretaña, Alemania y Francia nos doblan en número de habitantes, y en relación con China, Rusia y Estados Unidos, apenas si pasames de ser una pequeña provincia, tanto A tól Sil IMMif en extensión geográfica como en densidad humana. En cuanto a productividad y riquezas materiales- -materias primas e industrias transformadoras- España es, en comparación de esas naciones, como uno de sus ríos de fluencia intermitente al lado del Volga y del Mississipi. Así, pues, creo que baste con lo dicho para comprender la importancia que tiene la industria editora española en el concierto mundial y, sobre todo, lo que puede significar para nosotros, advirtiendo que no me he basado en estadísticas nuestras, sino en las elaboradas por la U. N. E. S. C. O. y recogidas por Robert Escarpit en su interesantísima obra La revolución del libro (Alianza Editorial) al que habremos de referirnos seguramente en otros comentarios. El libro no es una mercancía cualquiera, sino la más noble, porque más que un valor económico es un valor cultural. Tampoco es materia fungible, sino imperecedera, ya que sirve de cauce a un proceso cieador que no tiene fin. El libro, por úl- timo, no es un gasto o inversión de otros valores que amenace agotar sus reservas, ya que se nutre directamente del caudal del espíritu humano, inextinguible, inagotable, que cuanto más consume, tanto más se enriquece y, simultáneamente, promueve nuevas y más pródigas fuentes por un sistema de progresión geométrica. Dadas las características del libro y teniendo en cuenta además que entre los ocho idiomas que bastan para comunicarse con las tres cuartas partes de la población del mundo, el nuestro ocupa el cuarto lugar con un porcentaje igual a unos 71 millones de personas en condiciones para ser lectoras, ¿cuáles son o pueden ser las posibilidades de nuestra industria editorial? No hace falta ser muy imaginativo para suponer que son incalculables, superiores a las del mercurio, aunque lográramos trasmutarlo en oro, porque agotaríamos pronto los filones de Almadén ¿de qué nos sirvió el oro de América? y a las de los agrios y vinos, porque no están libres de sequías y epidemias y, por supuesto, mucho mayores que las de nuestras industrias manufactureras, porque han llegado con mucho retraso a la competencia. Quizá sólo puedan compararse a las de la industria del sol, que está pagando las deficiencias de las demás, su carrera y puesta a punto, como si dijéramos, pero que adolecen de una gran fragilidad y dependen de muchos factores imprevisibles. Todo ello sin olvidar que los libros constituyen la vanguardia o. si se quiere, el caballo de Troya o la quinta columna más eficaces para abrir caminos de penetración a todas las demás mercancías exportables. Pero, pese a ser tan obvias estas razones, parece, no obstante, que nos resistimos a admitirlas como si nos complaciera más enorgullecemos de nuestros logros en otros campos de producción en los que, por desgracia, somos feudatarios de otras potencias. Y así, en vez de proteger y estimular en la mayor medida posible la industria y el comercio de nuestro libro, andamos con regateos y cicaterías que dan como resultado por ejemplo, que nuestra producción llegue a Sudamérica con tres o más meses de retraso, que el papel de impresión se supedite a los beneficios de fabricación más que a los que puedan derivarse de la edición, que sean tan primarias y débiles todavía sus técnicas de promoción del libro dentro y fuera del país. Y es porque no nos hemos enterado aún los españoles de que es el, libro, con todo lo que él simboliza y comprende, el único de nuestros productos elaboradas capaz de. competir ventajosamente con sus rivales del mundo entero, ni de que es la editorial la primera de nuestras industrias de choque ni de que es el idioma, nías aún que el sol, nuestra principal riqueza todavía. Ángel María DE LERA