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¿QUIEN SE HA CREÍDO USTED QUE ES? las gentes nacidas en España les preocupa una barbaridad no solamente la opinión de los otros, sino algo verdaderamente ridiculo y trágico al tiempo: la opinión que los otros tienen de sí mismos. Decía Unamuno que España no era el país del yo creo sino el país del ¿qué creerá éste? El juego resulta tedioso y, hasta cierto punto, incongruente. Cada mochuelo a su olivo. Pues hasta en los olivos nos viene alguien a gritar: ¿Pero quién se cree usted que es? Estamos de acuerdo con los que afirman que lo más difícil que un hombre puede hacer en esta vida es conocerse a sí mismo. Conociéndose a sí mismo llega uno a la sublimación gde la razón y el sentimiento, que viene a ser ese estado de gracia que consiste en conformarse con uno mismo, en estar conforme con lo que uno hace, dice y siente; la conducta como resultado del sentimiento y de la razón. Pero no significa de ninguna manera esta dificultad que los demás nos conozcan mejor que nosotros mismos. La tan gritada objetividad del que está fuera del asunto no deja de ser un valor muy relativo; el que está al margen de las cuestiones o al menos extramuros de ellas, puede equivocarse con tanta facilidad como el que está en plena urbe de los conflictos. Al español, sin embargo, le preocupa una barbaridad la opinión que cada cual A tiene de sí mismo. No le basta con preocuparse por lo que pensarán de él, sino por lo aue cada compatriota está pensando de si. -Usted cree que tiene talento, experiencia. Usted cree que se las sabe todas. Usted cree que yo soy... Usted cree que mi primo es... Usted se cree en el secreto de... Esa especie de bochornoso canto del grillo nos persigue con una crueldad sideral. Si pudiéramos refugiarnos en el espacio, fuera de la cápsula que gira las órbitas alrededor del planeta, al pasar por Madrid, Barcelona o Valencia, oiríamos: ¿Quién se ha creído usted que es? Al tiempo que esta pregunta se efectúa, el inquisidor nos juzga implacablemente, saca sus propias consecuencias y se empeña en una feroz lucha para demostrarnos que estamos equivocados, vieja práctica a la eme nos entregamos los hispanos en vez de trabajar de firme en muchas ocasiones. Hace poco recibí una carta de un amable comunicante que había leído una generosa entrevista que se me había hecho en un semanario madrileño. El reportero se extrañaba de que yo le recibiera en pijama, sin pedir excusas por ello, y mi comunicante sacó sus propias deducciones. ¿Pero quién se ha creído usted que es? Lo del pijama no es más que un truco barato para parecer un bohemio y ocultar el burgués que lleva dentro. ¡Menos mal! Ya me l o aclararon. Yo creí que lo del pijama era simplemente porque en casa hacia un calor terrible que no hay quien soporte con ropa de calle. Mal me conoce mi comunicante si me llama burgués sólo porque tengo las siete virtudes fundamentales que el burgués tiene- -una de ellas el amor al trabajo- Mal me conoce si quiere hacerme bohemio del todo aunque en parte lo sea. Pero ya está lanzada la pregunta trágica: ¿quién se ha creído que es usted? Y uno piensa... ¿no sería posible, antes de llevar la contraria a todo, antes de pensar en cosas que nadie ha visto y uno ve... No sería posible, antes de exhibir la autosuficiencia del juicio inapelable o de la crítica mordiente, interesarnos más por los seres humanos? Es decir, estudiarlos más a fondo, penetrar poco a poco en sus corazones, ir descubriéndolos con cuí nüo y con humildad para sorprenderlos y sorprendernos nosotros mismos, para llegar por fin a la conclusión de que si en algo se equivocaba el que así se creía, más nos equivocábamos nosotros cuando le creíamos así. Alfonso PASO