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EDITADO PRENSA SOCIEDAD M D POR ANÓNIMA R I D ESPAÑOLA, FUNDADO EN 1905 POR DON TORCUATO LUGA DE TENA ABC pedía ella. Eso exigía. Eso reclamaba. El poema, la novela, el cuento, salidos de la entraña del indio, del mestizo, del emigrante que echa raíces y se vuelve nuestro. Y veía nuestros problemas. Claramente. Y nuestros peligros tremendos. Les nuevos peligros para- nuestra- cultura de raíces hispánicas e indígenas. Ella también se sentía sitiada. Y por eso, ya fuera del ámbito literario, buscaba, inquiría los caminos del mañana, en soluciones sociales insospechadas por aquellos que de Gabriela Mistral pretenden mantener, para consuelo de muchos, la imagen de la mujer de letras de la poetisa de la Santa Teresa sin garras. La primera vez que la vi fue en Guatemala. Surcábamos juntos el m á s maravilloso lago del mundo, a dos mil metros, el lago de Atitlan, y cuando la conversación, poco a poco, fue cediendo al imponente espectáculo de los volcanes bañándose en el mar dulce de los mayas, su silencio me causó una profunda impresión. Lo rompió, al fin, después de un breve movimiento de sus párpados, como si saliera de más hondas profundidades, y dijo: Estoy pensando en los indios, a los que deben ustedes devolver sus tierras. Eso se tendrá que hacer en Chile... y en todos nuestros países... No le inquietó la belleza del panorama; la inquietaban los indios, el hombre, la vida humana. Y lo mismo, después de muchos años, la oí repetir en thile, en la última visita que hizo a su país. En medio del coro de los que festejaban en ella lo intrascendente, la figura, la concepción corpórea de la gloria nacional, con su voz magistral, se levantó y preguntó como hacía tanto, dijo, que faltaba de Chile, si ya les habían devuelto las tierras a los campesinos. Esta era Gabriela Mistral, aunque muchos sólo se empeñen en ver a la que se esfumará en el tiempo, entre el ditirambo y la tembladera sentimental de una literatura disfrazada de responso fúnebre. La auténtica quedará en pie, en su aula de maestra rural, en su canto de amor en retoño, y en su pregunta siempre válida, de si ya devolvimos las tierras a los que las trabajan. Miguel Ángel ASTURIAS Premio Nobel R E UI A C C I O iN ADMI N I S T R A C I 0 N Y TALLEREs SER RANO, 61 GABRIELA MISTRAL A riqueza poética de Gabriela Mistral, baja la cascara de sus versos, es por entero americana. ¿Dónde nació esta voz? ¿Dónde se forjó este coloquio? En el aula sencilla de ia escuela rural, junto al niño campesino, en el paisaje silencioso de Chile, frente al inmenso mar desierto, como algunos llaman al Océano Pacífico. Allí, allí se hizo migajón creyente, creyente en Dios y en el hombre, el sentimiento de esta poesía. Y Gabriela no dejó de estar en eso que los otros no sabían que estaba. Los cosmopolitas, los europeizantes, los orientalistas. No dejó de estar en su América. Maestra rural fue siempre. América no ha pasado del campo. Seguimos siendo campesinos. A veces los americanos jugamos a hombres de ciudad. Es nuestra aventura y desventura. Y como maestra rural, simple, pesada, contagiosa por su simpatía, su santidad y su voluntad de servir, la vemos y la oímos ahora, porque nos ha quedado el oído lleno de su canto y el corazón de su mensaje americano de bondad y esperanza. Pero esta maestra del aula olorosa a neblinas tempraneras se arrancará sollozando de los niños de barro, pequeños sueños de hombres hechos ya carne de pueblo. Ese primer desgarrón comunica a su poesía la queja de lo cortado en retoño, y no se recuperará de esta herida, bien que el polvo de los caminos la haya cubierto por ecos, hasta formarle costras de olvido, a cada poco vendrá el reencuentro de Gabriela, mujer continental, con la maestra campesina. Sus manos de mujer fuerte conservaron el movimiento de aquella que formó las primeras letras del yerbo hecho espíritu, ante los ojos atónitos del que adivina que detrás de las letras están las constelaciones del poder humano. Y su habla, el hablar enseñando, mostrando, catalogando, tan alejado del odioso idioma de la conferencia. Y su mirada al inquirir con los ojos un poco saltones, colgados como lámparas negras detrás de los párpados, en la faz del oyente, si está comprendiendo la que dice, si lo está aprendiendo, si su explicación le convence. No tuvo tiempo para tanto tema, y otras cosas la tomaron, sin desviarla, sin embargo, de su fidelidad americana. Pero entre todas sus enseñanzas, cómo no recordar aquella de su Decálogo que dice: No te será la beileza opio adormecedor, sino vino generoso que te encienda para la acción, pue. s si dejas da ser hombre o mujer, dejarás de ser artista. Qué lección para los que piden una literatura americana deshumanizada, para los que emplean el verso y la prosa, como opio para adormecerse ellos y adormecer a los demás, como si no hubiera pasado la época de la literatura de evasión que por años, por décadas, nos envolvió en sus naderías. Ella veía venir esa otra literatura, el verso y la prosa invadidas por la realidad americana, el dolor del pueblo en el canto, la protesta del oprimido en la estrofa, el grito del que ve perdida su patria, en la novela. Eso PERIODISMO L E S periodismo unas cuantas o, quizá, muchas cosas diversas, pero entre ellas una esencial: dejar constancia de lo que se está viendo, observando, viviendo... Personajes, Tiechos, problemas, a través de la mirada, el entendimiento y, en suma, la interpretación individual. El periodismo- -se ha dicho muchas veces- -es el origen y sustentáculo de la Historia. Periodismo son las noti- cías que nos llegaron transmitidas oralmente, y las crónicas. Antes que el historiador nace, pues, el cronista, el periodista. Y aquí las citas corroboradoras huelgan; serian tan abrumadoras como innecesarias. El periodismo moderno, el de nuestros días, que ha aumentado espectacularmente su rango en el mundo y se premia en sus empresas cimeras como las ciencias, las artes y las obras de invención literaria, ha tenido sus precursores, como han tenido sus adivinos los viajes del hombre fuera de la Tierra. Y uno de los más caracterizados precursores- -alguna o t r a v e z lo habíamos apuntado- -fue Víctor Hugo, al extremo de que siempre nos causó extrañeza que Francia, que discierne un número impresionante de galardones al año, no otorgue uno, periodístico naturalmente, con el nombre del autor de Cosas vistas ese libro compuesto de impresiones, bocetos, crónicas, reportajes, y que bastaría para mantener el recuerdo de quien lo escribió, porquí su huella es imborrable. Todo, en efecto, alienta y se conserva vivo en esas páginas y, prodigiosamente, lo que se dice en ellas de Tallcyrand. Pero no sólo es eso, con ser tanto, lo que acredita como precursor del gran periodismo moderno a Víctor Hugo: en sus magnos relatos dramáticos y melodramáticos introduce y maneia certeramente, apasionadamente, inteligentemente, un periodismo de influencia En Nuestra Señora de París se patentiza. El templo se hallaba virtualmente abandonado, después de haber sufrido y seguir padeciendo los peores pillajes y contrafueros. El libro de Hugo fijó las miradas de los parisienses en su templo y éstos clamaron por la inmediata restauración. En Jean Valjean Hugo se hace paladín de la humanización de la Justicia. ¿Es todo ello, quizá, otra cosa que periodismo? Víctor Hugo, el de la ingente obra, el Olyrnpio contado por Maurois en una de sus postreras y más nutridas biografías, el poeta, novelista y dramaturgo elevado al pináculo del genio, el que inspiró a Cocteau la frase Víctor Hugo era un loco que se creía Víctor Hugo era un periodista de excepción... ¡y de nuestros días! Miguel PÉREZ FERRERO París, enero 1969. Consulte a su Médico.