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EDITADO PRENSA SOCIED A D M A D POR ESPAÑOLA, ANÓNIMA R T D FUNDADO EN 1905 POR DON TORCUATO LUCA DE TENA ABC to funeral fueron etitonces sus gritos. Los vuelos, cada vez más altos en duelo que se aleja. Los graznidos, más lúgubres y desvanecidos. Y allá quedó otra vez el mar con sus altas soberbias desoladas. José CAMÓN AZNAR R E Ei A C C 1 0 N ADMI N IST R A i 0 N Y T A L I. E R E s S E R R AN 0 61 MUERE UNA GAVIOTA E aquí un drama de la aurora del mundo. Como protagonistas, el mar rabioso y las gaviotas. Y ello, en los acantilados, escarpes y rompientes del asturiano cabo Vidío. En un paisaje preadámico. Y, sin embargo, humanizado por el vuelo de esos pájaros. Porque la gaviota es la más humana de las aves. Ama la libertad, pero no tanto que muera por ella. Se precipita, feliz, hacia los grandes espacios abre sus alas a la inmensidad, se le ve anhelante de los anchos horizontes. Es tan dichosa, es tal su éxtasis ante la magna infinitud de mar y cielo, que ni siquiera bate las alas. Las ensancha, las atiranta, y allá se lanza, flecha blanca, en el total espacio. Y cuando sus fuerzas flaquean, entonces un solo golpe y en vuelo sesgado, en un descenso que parece dibujado por Rafael, se acerca a la orilla. No hay curva más amplia ni más dulce, ur. corte más gentil del aire. Nunca ha caído un manto de Madonna con más gracia. También se siente a la gaviota feliz en ese juego, rindiendo a la tierra el homenaje de un regalado descenso, de un caer en el seno de su propio contento. Y cuando nuevamente se levanta, ¿otra, otro? la sigue. Porque en ese deleite de los vuelos entrecruzados, en ese blando planear en que los cuerpos apenas se rozan, en esa simulación de alejarse para de súbito volver a la caricia del vuelo cercano, no es posible distinguir al macho de la hembra. No hay persecución varonil ni remilgo femineo. Los dos animales se persiguen, rectos, para dejarse luego acunar blandamente en el vuelo de amor. Y también con decisión instantánea se separan. Y vuelven a la gloriosa soledad de todo el mar bajo las alas. Ahora la caída es vertical y feroz. No hay impresión de más veloz frenesí que el de la gaviota sobre su presa. Hunde su pico con tan aguda voracidad, que sus ojos abiertos se lastiman. Después, cuando la gaviota envejece, esos golpes de agua ía ciegan. Y entonces muere gloriosamente, como las olas, como las estirpes trágicas, chocando con las rocas. Hay ahora otra muerte lamentable. La gaviota, engañada por el reflejo plateado y sólido de las manchas de petróleo, se posa sobre ella, se embadurnan sus alas y allí queda prisionera del asqueroso líquido. Porque de la muerte se trata. Y de ese espectáculo que contemplamos sobrecogidos. Una ola gigantesca, al estrellarse, había envuelto en sus espumas a una gaviota. Ya no podía escapar. Ya su vuelo era bajo y a merced de nuevas oleadas. Se la veía impotente para remontarse, llena de p a v o r Y entonces empezaron a llegar otras gaviotas. Era un dédalo de vuelos bajos, corales, compasivos. Y lo más patético eran los graznidos. La rodeaban, ia entrecruzaban en una corona de vuelos y de ayes. No hemos oído gritos más lastimeros que los de estos pájaros. Humanos, sollozantes, desesperados. Y los vuelos seguían, obsesivos, acompañando, compartiendo la agonía. En humana compasión y amor. Otra ola más alta la hundió definitivamente. Y entonces, con solemne lentitud, esa corona de vuelo se fue levantando. No se desparramaron, no. Un can- H LA CLARIDAD Y LAS LEYES ESDE la creación de los Parlamentos democráticos, aun siendo discutible la legalidad representativa que tenían sus componentes, en muchos casos conseguida por las impurezas del medio, lo cierto es que, ya constituido el Parlamento, los dos enemigos mayores que advertíamos en el curso de la función parlamentaria eran la Retórica y la obstrucción. Hoy la retórica está en baja, ya que ha sido sustituida por el lugar común. Pasaron los tiempos de Ríos Rosas, de Castelar, de Vázquez de Mella... y de tantos otros oradores elocuentes que intervinieron en las Cortes en la sucesión de los distintos partidos. Con la elocuencia se llenó el recinto parlamentario de tropos y metáforas, que robaban tiempo y sentido a lo justo de la expresión que deben tener las leyes. Sin embargo, en aquellos tiempos, antes de promulgarse la discutida ley, pasaba por el tamiz de los correctores de estilo, que habían de penetrar en el significado estricto de la palabra en la que pudiera haber duda, equívoco o confusión. El latín del Derecho Romano es para la claridad de los conceptos de una perfección técnica superior al latín literario. No faltaban, sin embargo, y no siguen faltando, rábulas diestros en tergiversar el significado de ciertas palabras de la ley y, a veces, les bastaba al aplicarla con cambiar los signos de puntuación para que un artículo de la ley pudiera expresar lo contrarío de lo que el legislador había propuesto. Una vez que le preguntaron a Sthendal que cómo había conseguido un francés tan perfecto, dijo que su mejor maestro para su estilo fue el Código de Napoleón. Nuestras leyes, sin contar las Partidas de don Alfonso el Sabio, y las de la Novísima Recopilación fueron para nosotros las que encauzaron nuestro estilo literario tan justo y preciso en el neoclasicismo, y que llega en su literatura emparejado con la claridad y la precisión hasta que surge el Romanticismo y, con él, los tropos y las metáforas, es decir, los resortes más brillantes de la elocuencia y podríamos decir que también los más confusos. El adjetivo brillante se empleó para elogiar a poetas y oradores. La palabra, sin embargo, como instrumento preciso para expresar las ideas y los sentimientos, debe de ser, más que brillante, clara. En este tiempo el mundo va tan de prisa que las leyes, al margen del inmovilismo, si no queremos perder el ritmo de nuestros días, por fuerza han de ser cambiantes, pero aun así debieran ser claras. Cuanto más claras y contundentes, más seguras para quien tiene que cumplirlas y, asimismo, para quien tiene que aplicarlas. En las antiguas Preceptivas litera- D rías había un tratado de literatura jurídica, aunque se refería más directamente a los que discuten la ley que a quienes la redactan. No obstante, Las Partidas han pasado a las antologías literarias no ya para que nos enteremos de las leyes de aquella época, sino para aprender, en lo que es literatura directa, la claridad, la exactitud y la perfección de un estilo. En nuestros días, el llamado estilo directo tiende a lo vulgar. A relatar, poco más o menos, como se habla. Es decir, a suprimir toda forma retórica, todo vocabulario culto, todo escape a la fantasía y, desde luego, una inclinación a la palabrota para dar más veracidad al lenguaje real de los mal educados. Quizá estos novelistas están en lo cierto, dada su afición realista, pues conceden un sentido reverencial a lo bajo, a lo violento y a k grosero. Estos miles de escritores, más o menos anónimos, que acuden a los múltiples premios que ahora se anuncian, piensan que si no escriben así no hay premio posible. Pero estas deformaciones del estilo literario tienen, relativamente, poca importancia. Las leyes son las que no pueden escribirse en este estilo, y no lo digo por las frases mal sonantes que no aparecen en las leyes, sino por la poca precisión para designar en ellas lo que se puede hacer y lo que está prohibido, lo que es delito y lo que no lo es, quien tiene razón y quien no la tiene. En cuanto a la elocuencia se puede decir, y quizá sea bueno que ello haya sido así, que no hay apenas oradores. No me refiero sólo a los llamados oradores floridos que, éstos, aunque recibiesen grandes ovaciones de sus oyentes, al final, en sustancia, no habían dicho apenas nada. Estos oradores proliferaban mucho en los Juegos Florales pero actuaban también en el Parlamento. La claridad y la medida, como armas dialécticas, son las más eficaces para el orador, y las más peligrosas para quien había de contestarle, ya que, en todo ejercicio de esgrima el mejor tirador es el que gana. Quizá sea bueno que hayan desaparecido entre nosotros los oradores y, muy especialmente los políticos, pero sí podemos decir que ya que hablan muy pocas veces, lo que escriben debe de ser claro y en buen castellano, libres del tópico y de palabras, giros y conceptos que, de tanto repetirlos, podría, el que escucha, anticiparse al que habla, porque aquello mismo lo ha oído repetidas veces, y muchas más si lo que ha prometido no se ha hecho. Ademas, no puede haber dialéctica posible sin interlocutor. Las metáforas y los tropos han desaparecido por fortuna, pero, en cambio, han proliferado los tópicos. En cuanto surge una palabra que cae en gracia, aparece inmediatamente el neologismo. Cuantas estructuras y estructuraciones cuantas coyunturas cuantos impactos Mas el propósito inicial de esta divagación era el considerar que las leyes por las que hemos de regirnos, como el más noble género literario, son las más obligadas a ser concisas, claras y terminantes. Somos muchos los que escribimos mal, pero si hay alguien que está obligado a escribir bien, es el legislador. Francisco DE COSSIO