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Esta era la feraz vega de Cástrelo de Mino. Ahora, en vez de vino y frutos se cosecharán kilovatios. PAISAJES SIN ALMA E N el camino entre Orense y Vigo, el viajero podía contemplar desde el tren o la carretera una feraz y extensa vega, en la que los viñedos alineados saludaban al padre Miño como escuadrón ordenado en batalla, ut castrorum acies ordinata que loa el Cantar de los Cantares. En la otoñada, sobre todo en noviembre, los pámpanos eran espléndido regalo cromático para la pupila- -ocres, sienas, azules, rojindigos... como si hubiesen robado su secreto a los lejanos pinceles del Veronés. o a Claudio de Lorena, aquel gran sensitivo que por primera vez trasladó la plenitud del otoño a la pintura. Ahora ya no, porque cuando estas líneas se publiquen un embalse habrá anegado las 590 largas hectáreas: viñas, colores, tierras, viviendas, bodegas. En vez de uvas y frutos, se cosecharán, de ahora en adelante, kilovatios. Hace un año daba un alerta en estas mismas páginas de A B C- -un alerta, que, desde luego, no serviría para nada- -sobre otras tierras amenazadas; esta vez con pueblo y todo. En aquel Réquiem hablaba de Veigas de Camba, un pueblo perfecto, ceñido por un hermoso río truchero, condecorado por álamos y abedules y protegido del frío invernal por los contrafuertes de la sierra del Invernadeiro, como entre las tibias ancas de un potro. Colocado por la abierta mano de Dios en el regazo de la alta montaña orensana, Veigas de Camba, con sus trescientos habitantes, sus cien vacas, sus quinientas ovejas, su miel incomparable, sus castañas, sus perdices y sus truchas, era un pueblo dichoso, todo lo feliz que un pueblo puede ser en este mundo. Veigas de Camba no tenia, es cierto, televisión ni carretera, ni falta que le hacia para su dicha, pero tenía alma, y el alma a veces duele. -Mire, señor, dicen que nos llevarán a una población para que pongamos algún negocio. ¿Qué sabemos nosotros de eso, señor? ¿Qué vamos a hacer en la población... En los ojos de la mujer que me hablaba, parecía contemplarse el fin del mundo, y unos rapaces, rubios como suevos, me contemplaban desde la puerta de la cocina aldeana, con los labios mudos y los ojos profundos, abiertos como pozos. Posiblemente también cuando aparezcan estas líneas, Veigas de Camba habrá pasado a la historia por obra y arte de otro embalse. Es cuestión ya de muy poco tiempo. Hace unos días Luis Bolín denunciaba aquí, emocionadamente, la amenaza latente sobre bellas tierras y aldeas, insustituibles miradores del Norte de España, a las que ronda ya la sorda amenaza del kilovatio. Mucho me temo, ojalá no acierte, que no haya nada que nacer. Cuantos pusimos amor y entusiasmo en la defensa de lo que no podrá ser nunca reemplazado a lo largo y a lo ancho de la geografía carpetovetónica, tenemos que ser aíhora mudos espectadores de tanto desastre, realizado en nombre de un progreso que a lo mejor se queda efectivamente cojo, cuando las centrales atómicas, hoy ya en marcha, sean una realidad que supla au ténticamente a los embalses. Y no son sólo las aguas. En villas y ciudades proliíera a más y mejor lo escatológico en arquitectura. Horrendos edificios desangelados erigidos por pura codicia substitu yen a bellezas heredadas, incitando a la huida de cualquier elemental sensibilidad aunque atraigan momentáneamente amor fos rebaños de turistas. Véase por, ejempío, la antes hermosa y ordenada Costí Brava, de la que desaparece todo buei seny a medida que pasan los días; veas el resto del litoral mediterráneo; véase... ¿pero a qué seguir? En una entrevista celebrada en Vig con Miguel Fisac, respondió, con su autorizada voz, a la periodista que le inte rrogaba: -Es una verdadera pena que no se respete mas, como se hace en tantas parte ¡de Europa, la arquitectura típica, porqu ha nacido para servir a embellecer cad región. Vigo, por ejemplo, tiene una paité preciosa: El Berbés. Si el ilustre arquitecto volviese hoy contemplar el viejo barrio de pescadores vería proliferar, entre los nobles soporta les o peiraos unas casas pintarrajeadas, horras de toda estética y cuya solí contemplación hace daño. Menos mal que bay gentes que se satisfacen, diciendo que, con todo esto, es tamos realizando una auténtica revolución José María CASTROVIEJO