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ALAPY VUELVE PARALE Lü 03 73 E N abril de 1965 apareció un libro- -cuya tirada presumo parva y, desde luego, tuvo muchísima menor resonancia de la merecida- -que con el transcurrir de los años, aseguro llegará a convertirse en un raro fuente buscada con avidez por futuros eruditos, ganosos de ahondar pormenores en mujeres, hombres y costumbres escénicas (y hasta sociales) de seis décadas y pico del presente siglo. Escrito en catalán bajo el título Kialles. lagrimes i vedettes tipo mayor de letra destaca la circunstancia que le concede carácter de valioso documento: Memories de AJady T gran retrato en color muestra, encima, al formidable caricato valenciano con el habitual atuendo: smoking grana, clavel y guantes blancos, ancha sonrisa, mirada irónica, coronada la figura por el definidor hongo negro, digno de prestigiar un Museo del Teatro junto al canotier de Maurice y el flexible borsalino a que prestó apellido Frégoli. Bisas, lágrimas y vedettes -traduzco al castellano las palabras vernáculas- -es amena y desparpajada autobiografía, donde la vida de Carlos Saldaña Beut sirve de hilo para ensartar semblanzas, anecdotario, de las incontables figuras, figurillas y figurones con quienes alternó por escenarios, tertulias, caminos y ciudades. Los cafetines pintorescos del Barrio Chino barcelonés, los salones primitivos de varietés una del género ínfimo cuyo auge en los felices veinte nadie era capaz de prever; poetas bohemios, cupletistas descocadas, músicos vendedores de improvisadas melodías por un café coa media empresarios insolventes... toda una fauna variopinta, inconcebible hoy, va cediendo plaza a auténticas estrellas de canción y danza, compositores inspirados, letristas cultos, promotores de grandes espectáculos con categoría internacional. Las Memorias de Alady valen la pena de ser leídas por quienes conozcan el idioma de Mosén Cinto, y es duelo que Carlos muriera sin tiempo a verterlas al de Cervantes, corregidas y ampliadas, según me prometió en la carta que acompañaba al enviarme ejemplar dedicado ...en recuerdo de inolvidables años de juventud, de alegría y de risas Pero no me he puesto a la máquina para ocuparme de mí; narrar cómo le conocí, apenas recalado en los Madriles, y la manera que le sostuve con mi juvenil pluma, en aquellos duros comienzos, cuando Pepe Campúa- -generoso dignificador de las variedades- -le contrató para sos grandes programas de Maravillas, prorrogándole mes tras mes, pese a la repulsa inicial de auditorios poco preparados para modernidades humorísticas y que no concebían un gracioso a cara limpia, habituados a los colorines con que embadurnaban las suyas aquellos geniales Luis Esteso y Ramper directos herederos del malogrado Don Jenaro, el Feo gozoso de efímeros triunfos en las noches estivales de los Jardines del Retiro. Si escribo ahora sobre el extraordinario Alady Ti n T do vacíos, pues a p e n a s tuvo la merecida repercusión periodística su cercano fallecimiento- -es porque rédente disposición municipal insólita vuelve, duplicada, la eterna actualidad del fraternal amigo: el Ayuntamiento de Barcelona, recogiendo iniciativa del redactor gráfico don José Postáis, tomó el acuerdo de dar el nombre de Alady á una calle de la ca- pital mediterránea. Bastaría esto para marcar con alba piedra la fecha y voltear campanas, pero cabe añadir todavía que la fina sensibilidad edilicia se acrecienta al decidir que la rúa confirmada sea, precisamente, aquella que daba acceso al escenario del desaparecido- ¡ay! -teatro Cómico, por donde tantas y tantas veces entró Carlos para entregarse al trabajo y, a la salida de veladas memorables, le esperaba nube de admiradores (aún estaban sin inventar los fans p a r a continuar ovacionando a quien les regalaba optimismo con sus chistes relampagueantes, sus geniales pasarelas La primera parte en que Alady agrupa las evocaciones lleva por subtítulo El camino hacia el Paralelo Para aquel jovenzuelo soñador, la meta ideal era llegar a ser alguien en la feria multicolor del barrio barcelonés más popular. Lo consiguió. Nadie con mejor derecho pudo considerarse emperador de aquellos lugares, entre equívocos y deslumbradores. Ahora, desaparecido del brazo de la Muerte, estará allí para siempre, ligado a la conmemoración del coliseo donde, de Sugrañes a Gasa, tuvieron acogida clamorosa revistas dignas de las grandes urbes cosmopolitas. Es hermoso, consolador, lo que el Concejo de Barcelona ha hecho. Digno de sentar precedente. Por desgracia, nuestros Ayuntamientos son alérgicos a h o n r a r- -perpetuar- -la memoria de actrices, actores, cantantes, bailarines, compositores, dramaturgos, poetas, periodistas. Sin necesidad de buscar ejemplos ajenos- -aunque nada sucedido en España sea extraño a un español- basta me ni tmw fo que ocurre en Madrid: de las seis mil quinientas calles, callejas, plazas y plazuelas mal con- tadas, pues carezco de tiempo y paciencia para recontarlas b i e n consignadas en nuestra guía telefónica, menos de un centenar están dedicadas a artistas nacionales clásicos, antiguos y contemporáneos. Tal vez por existir una con ese nombre genérico, que supongan involucre a todos los habidos y por haber, máxime ayudada por la de Taifa, enclavada en Canalejas. Y excepto la de Emilio Mesejo, y quizá alguna otara, ninguna menciona a intérpretes de obras cómicas, como si hacer reír no fuese, en cualquier época, misión tan digna de gratitud como representar piezas dramáticas. (Claro que esta aversión oficial al regocijo tiene exponente en otras esferas, y Valeriano León murió sin- -en calidad de excepción sonadísima- -alcanzar más que medio premio al mejor actor, ¡luego de ingente labor tragicómica, que fue de El asombro de Damasco a El padre Pitillo citados a modo de alfa y omega de un repertorio amplísimo! Pero aun dando por buena esta discriminación de géneros, con olvido de que Osear Wilde sólo dividía los textos literarios en bien o mal escritos, sería oportuno preguntar a quien corresponda dónde está enclavado el siquiera humilde callejón rotulado con el nombre de Valle- Ihclán, para emparejarlo al de Marquina o el de Maraño, que haga compañía a Borras. Y menciono estos nombres para que abarquen la dilatada lista que cada cual puede redactar por cuenta propia. Por eso rindo entusiasta a p l a u s o al Ayuntamiento de Barcelona, capaz de sentir y expresar la trascendencia del arte escénico, en sus numerosas vertientes. Mientras el de Madrid no se decida a imitarle, seguiremos condenados a este monótono callejero inimaginativo, frió, funcional, que ostenta veintitantas vías con nombres de cerros, cincuenta y pico de islas y más de setenta de sierras, en tanto gentes de teatro y de pluma sufren ostracismo postumo, sin conseguir, al menos, el consuelo del melancólico protagonista de El aguilucho de Rostand, en la traducción de los Machado, que estrenaron Fernando Díaz de Mendoza y María Guerrero en el teatro de la Princesa: En la pequeña historia- -de mi pobre auna inquieta, -mi corazón, ansioso de la gloria, -halla un diminutivo: ¡la glorieta! Privilegio matritense sólo otorgado a Rubén Darío, Quevedo... y creo que ninguno más, salvo error involuntario. Ponqué lo que don Jacinto Benavente tiene es una plaza. Ganada no sin oposición Serafín ADAME