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ARTURO años, primero en una pareja de pesca y más tarde en el Cabo de Hornos donde vivió enrolado por espacio de veintitantos meses. -Yo, en realidad, no habia pensado en ser actor, y si ahora lo soy se debe a las circunstancias. Tendríamos que referirnos a los dieciocho años, cuando las cosas se ven bajo otro prisma, con un cierto carácter de aventura. Cuando logró liberarse de los trabajos en el mar, pensó en dar a su vida un rumbo nuevo, porque sospechaba que sus inquietudes no iban por allí. -Quise probar, y asi el 10 de septiembre de 1950 vine a Madrid a trabajar, sin saber concretamente en qué. No era fácil encontrar un hueco; sobre todo asi, como él había llegado, sin conocer a nadie. Al cabo de algún tiempo alguien le dijo que por qué no solicitaba trabajo en algunos estudios de cine, donde a veces necesitaban gente para la figuración. 0 acepté como un medio puramente provisional, mientras encontraba otra cosa. Tengo Que decir que yo estaba muy indeciso, sin saber en realidad lo que quería. Es lo que ocurre a todos los muchachos de esa edad, más o menos. Se dedicó a la figuración por espacio de dos añes y entonces fue comprendiendo que aquello que veía hacer a actores que empezaban ¿1 mismo podía realizarlo. Así continuaron las cosas hasta que un día le ofrecieron el primer papel, que era muy corto. Y luego, otro y otro. -Una de las personas que me brindó mayores facilidades en aquellos momentos difíciles fue Rafael Gil. En aquella época en que trabajaba en el cine como extra supo lo que era formar parte de la masa anónima que pasa desapercibida. -Eramos gente de paso; la mayoría no tenían ilusiones, sino necesidad de ganar todos los días unas pesetas, muy pocas; luego encontraban otro trabajo que les convenía más y desaparecían. Entonces, entre aquellas gentes había de todo. Ahora, no; ahora está ya reglamentado; tienen su Sindicato y ha cobrado una estabilidad de la que antes carecía. Ganaba sesenta pesetas per doce horas de trabajo. -Entonces, para mi, era una cantidad muy aceptable; pero el problema estaba en que no las ganaba todos los días porque en muchas películas no se necesitaba figuración. En La Señera de Fátüna interpretó un pequeño papel que le ofreció Rafael Gil; luego, en La guerra de Dios Y cuando iba ambientándose le llegó la edad militar. -Esto supuso para mi carrera, en aquel momento, un grave contratiempo. Luego he visto que el servicio militar me ha sido útil para muchas cosas, entre otras para afianzarme a mi mismo; creo que del servicio militar se sale ya formado como hombre. Obtuvo la licencia del servicio militar y en la vida civil no tenia más que dos vertientes: o volver otra vez al mar o continuar en la figuración e interpretar pequeños papeles cuando tuviera la suerte de que se los ofrecieran. Se decidió por el cine, donde tuvo que volver a empezar. Entonces comprendió que E veo frecuentemente en un café del paseo de Recoletos; los dos habíamos llegado a Madrid, con muy poco más de veinte años, a lo que se ha dado en llamar la conquista de la Puerta del Sol Los dos somos asturianos; pero no en ejercicio. Quiere decirse que no hacemos valer esta credencial. Trabajamos con tenacidad, cada cual en lo que con el tiempo iba a ser nuestra profesión: cine y periodismo; teatro y literatura, respectivamente. Coa muy pocos puntos de apoyo que sir vieran de justificación, articulo una glosa sobre la personalidad de Arturo Fernández en las columnas de un periódico madrileño, entonces de gran tirada. Veo a Arturo Fernández muchas tardes, apoyado en la mesa del café, desalentado L porque la entrevista con el agente o el productor cinematográfico- -concertada pare cuatro horas antes- -aún no se ha realizado. Son semanas, meses, casi años de esperanza angustiosa, pendiente de una llamada telefónica que se refiere a un contrato, que a veces llega; pero con muy menguadas promesas. Han pasado algunos años y ahora el nombre de Arturo Fernández aparece por espacio de semanas y semanas en los cines de la Gran Via y veo los grandes carteles que multiplican cuatro o cinco veces su estatura normal, ante los cuales se detienen boquiabiertos sus numerosos admiradores. La vida de arturo Fernández comienza en Gijón, en el seno de una familia de marineros. El también lo fue, durante tres