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LGO flota sobre el mundo, sobre este viejo mundo nuestro harto ya de rodar por los espacios infinitos. Algo ¿qué? llega ¿de dónde? a sus cielos, los recorre ¿cómo? se detiene a veces ¿para qué? y escapa luego (hacia dónde? Algo ¿alguien? que ignoramos y que intuimos, observa, husmea, vigila a los seres de la Tierra que, curiosos y confusos, tratan- -tratamos- -de responder a esa gran interrogante que tantas otras, menores, integran. Cuesta, en verdad, dar crédito a lo que no podemos probar de un modo fehaciente, rotando; pero no menos cuesta negar lo que millares de personas de toda clase y condición y en los puntos más dispares de nuestro planeta ven cada día; lo que numerosos hombres de ciencia, cautos siempre a la hora de sacar conclusiones, estudian seriamente y seriamente consideran. En la ciudad argentina de Mendoza o en la cuesta de la Nariz, de la provincia chilena de Maule; en Alamosa, un pueblecito de Colorado, o en un rincón cualquiera de Nueva Zelanda o de Tasmania, objetos voladores no identificados aparecen un día, altos o a ras de tierra, siembran la alarma y desaparecen, dejando tras de sí una estela de comentarios que sólo ligeramente trasciende del ámbito local y que, poco después, se borra y olvida. Lectores apresurados, sonreímos al encontrar la notjcia en un rincón del periódico que hojeamos, y pasamos la página en busca de otra más consistente. Lo que puedan contar unos señores que se apellidan Bolosin, Spray, Villegas, Randon o Peccinetti, o unos niños que se llaman Hugo, Osear, Tony o Graciela, no debe preocuparnos. Pero otro día, uno de esos objetos se detiene sobre nuestras propias cabezas y allí permanece inquietante, casi inmóvil, al alcance de nuestros telescopios y nuestras cámaras fotográficas, de nuestros ojos asombrados, que parpadean- -cómo no- -incrédulos. Y aquellas noticias y aquellos nombres vuelven a nuestra memoria; mas no la sonrisa a nuestros labios. Algo flota sobre el mundo. Algo que Erich Kaiser, alpinista austríaco, fotografió sorprendentemente un 3 de agosto de A 1554; algo que, en 1947, el norteamericano Kenned Arnold vio, desde su avioneta particular, sobre el monte Rainier del Estado ds Washington y que la fotografía ús Kaissr pareció confirmar; algo que, aquel mismo año, Charles Mantell, volando a seiscientos kilómetros por hora, describió como un objeto de unos sesenta metros de diámetro que maniobraba ágilmente, antes de que su avión estallase misteriosamente en el aire; algo que, el 19 de septiembre de 1961, detuvo el automóvil del matrimonio Hill en una solitaria carretera de Nsw Hampshire, para hacerle vivir la más extraordinaria aventura de estos últimos tiempos. No deja de ser curioso que, a raíz de la sacudida que en la opinión y la Prensa madrileña ha originado la aparición, el pasado día 5, de uno de esos ovnis de plateados reflejos, nada se haya dicho, a) a hora de los testimonios, de esta aventura de los Hill, pese a que existe una versión castellana del libro en donde Joiin G. Pu 11 er detalladamente la narra El viaje interrumpido Plaza Janes, febrero, 1968) y pese a abrir, a nuestro juicio, un capítulo nuevo en nuestras relaciones- -si pueden llamarse así- -con seres de otros mundos desconocidos y remotos. El objeto que Barney y Betty Hill- -un negro y una blanca- -ivieron aquella noche era un enorme disco, con una doble hilera de ventanas convexas y dos proyecciones a ambos lados, semejantes a aletas de pez, en cuyos extremos brillaban luces rojas. Sus tripulantes, seres humanoides inteligentes, tras reducirles a un estado de inconsciencia o hipnosis, les trasladaron al interior de la nave, sometiéndoles seguidamente a un amplio reconocimiento físico y reintegrándoles luego a su automóvil. Una amnesia simultánea borró de sus mentes cuanto allí ocurriera, y sólo un tratamiento adecuado, por parte del famoso psiquiatra y neurólogo de Boston doctor Simón, logró sacar a la luz su increíble experiencia, al devolverles la memoria. Barney y Betty HUÍ describieron a estos seres como de metro y medio de estatura, aspecto mongólico, piel de color gris páli- cto, labios carentes de músculos y ojos muy grandes, almendrados u oblicuos, penetrantes y dominadores, y capaces de comunicarse y entenderse con ellos sin despegar los labios. Su versión coincide con la que hace sólo unos días daban a la Prensa esos dos empleados del casino de Mendoza, interceptados por los tripulantes de un ovni tentó éstos, como la nave y la forma de expresarse, recuerdan el relato de los Hill. No podemos decir- -afirmaron respecto a esta última los asustados argentinos- -que nos hayan hablado exactamente como seres humanos, pero lo que sí percibimos, en forma absolutamente clara e indudable, fue un mensaje perfectamente inteligible. Era como una voz que resonara dentro de nuestro propio cráneo. Sin embargo, versiones argentinas también recientes- -tres niños en Córdoba y varios policías en Olavarría- -describen a estos seres como de elevada estatura y luciendo uniformes plateados. Ello no puede restar veracidad a unos y otros testimonios o. por el contrario, probar que tales objetos voladores tiene orígenes distintos. Tampoco los hombres de ciencia concuerdan en sus apreciaciones. Mientras que unos ven en estos fenómenos una clara amenaza para nuestra civilización, otros estiman que la actitud de los extraterrestres es pacífica y que sólo el temor a un recibimiento hostil les impide tomar contacto con nosotros. En uno u otro caso, cabe preguntarse por qué- -si el hombre de nuestro planeta se baila a punto dé pisar la luna y espía e inquieta a Venus -seres de una civilización más avanzada que la nuestra no pueden alcanzar la Tierra. Máxime cuando expertos de la categoría de un Obertii, maestro de Von Braun, aseguran que existen al menos diez mil y probablemente centenares de planetas habitables en el Universo. Algo o alguien ¿qué? ¿quién? ¿de dónde? ¿cómo? ¿para qué? flota sobre el mundo. Y nos basta alzar los ojos para comprobarlo. Hay otros mundos- -escribió Eluard- pero están en éste. ¿De verás, poeta? Carlos MURCIANO