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P ARA la actual generación es desconocido el nombre de Leopoldo Frégoli, y aun aquellos supervivientes de su época que tanto le admiraron, hoy apenas le recuerdan. Leopoldo Frégoli, de origen italiano, fue, en las postrimerías del siglo XES y albores del XX, el artista de más celebridad mundial, creador del transformismo escénico, poseedor de singular destreza para caracterizarse indistintamente de hombre o de mujer con rapidez vertiginosa, para en la interpretación de sus divertidas comedietas unipersonales cantar de tiple o de barítono, aparecer como un viejo loco o una niña virginal, un militar o un paisano, provocando la hilaridad del auditorio. En Madrid actuó por vez primera el año ño coliseo de la calle de Jovellanos, el francés monsieur Bertin, morrocotudo caballero magnificado por la treintena, cuyo trabajo era derivación del que hiciera millonario a Frégoli. Cultivaba el transformismo, pero limitándose exclusivamente a la imitación de las más calificadas estrellas femeninas de music hall triunfantes en el extranjero. Comenzaba por Carolina Otero, enjaezado con tanta riqueza como buen gusto, pertrechado de coruscantes aderezos de brillantes que si no eran legítimos lo parecían y la verdad es que la sensación de feminidad, aglutinando hermosura y elegancia, no podía ser más perfecta. Empelucado y maquillado diestramente, monsieur Bertin resultaba una beldad, no Después imitaba a Cleo de Meróde, a la bailarina española por nombre Tortajada, y Paulette Darty, una picaresca divette especializada en arruinar adoradores de su arte dentro y fuera del music hall El número más sensacional de monsieur Bertin era salir al patio de butacas, caracterizado de tiradora mexicana, para efectuar, desde el final del pasillo, ejercicios de tiro al blanco espeluznantes. En el tablero, emplazado en el fondo del escenario, la tiradora mexicana hacía blanco veinte veces consecutivas sin errar un solo disparo y la concurrencia celebraba tanto la asombrosa puntería como el atractivo exterior del transformista. Sin embargo, a pesar del equívoco tra- NACIMIENTO, ESPLENDOR Y OCASO DE LOS IMITADORES DE ESTRELLAS EDMOND DE BRIES Por su insaciable afán de ataviarse con plumas, su nombre producía espanto en las avestruces africanas y gallineros de la hispanidad. ANTONIO ALONSO Imitando a cualquier bailarina resultaba más femenino que una mujer auténtica. LEOPOLDO FRÉGOLI Extraordinario artista italiano, creador del transformismo escénico. de 1897, en el teatro de Apolo, percibiendo quinientas pesetas diarias, cantidad exorbitante habida cuenta de que entonces las atracciones no cobraban los sueldos fabulosos de nuestros días. Volvió a trabajar con clamoroso éxito en junio de 1903, en el teatro de la Alhambra, enclavado en el pasaje de este nombre de la calle de San Marcos, de donde pasó a la Zarzuela, que se llenaba tarde y noche a pesar del calor veraniego. La fortuna personal de Frógoli, que declaraba treinta y cinco añitos, calculábase, en 1903, sobrepasando el millón y medio de francos, cuando anunciábase su gira por América antes de retirarse definitivamente de la escena. Inventó el sombrero Frégoli que puso de moda internacionalmente y tuvo en España innumerables seguidores- -el mejor de todos, Rafael Arcos, padre del galán teatral y cinematográfico de este nombre- pero ninguno consiguió ni siquiera igualarle. En los años diez surgió en el madrile- por ficticia menos estimulante, al cantar en un español del bulevar parisién cierta tonadilla divulgada por Carolina, que disputaba a Emilia Pardo Bazán la gloria de ser la personalidad gallega más sobresaliente de la bella época: Si yo juega, gato negro y por tu ventana entraga, a ti te hiciega ¡miau, miau! y a tu madge la agañaga. El segundo número de Bertin era una simulación de Ivette Gilbert, la disseuse francesa aue se hizo estimar un riñon para ofrecer más anuloso talle, y justificó la temeraria intervención quirúrgica afirmando: Es preciso sufrir para ser bella. Ataviado como ella, con su clásica indumentaria de raso negro, ajustada como la funda de un paraguas, los guantes también negros, rebasando el codo, y el chai de tul para cantar un vals romántico, tan lento y pegadizo como Cuando el amor muere... bajo, monsieur Bertin disfrutaba de absoluta regularidad matrimonial. Viajaba con su esposa, que era una barbiana tan sugestiva cerno las señoras nns él presentaba, y con dos hijos del matrimonio. Huía de aventuras galantes desde que, en cierta ocasión, actuando en Roma, un caballero depravado, belicoso, borrachín, informado de que su cónyuge había cometido el pecado de las tinieblas con el transformista, exigió de éste, como reparación a la grave ofensa- -ojo por ojo, diente por diente- cenase con él una noche caracterizado de Bella Otero. Aceptó Bertin el compromiso de la comilona, pero en su figuración de tiradora mexicana, con el imprescindible rifle, por lo cual el ultrajado marido renunció a vengarse y Bertin a posteriores intrigas amorosas. El estrepitoso éxito escénico de monsieur Bertin animó a algunos ciudadanos españoles a explotar aquella modalidad farandulera. El empeño era arriesgado, pues entonces las manifestaciones feminoides no es-