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ABEL BONNARD O EL Jean Ferré, escritor francés, exiliado en España, nos envía estas cuartillas de homenaje a 4 bel Bonnard, el insigne académico recientemente fallecido. niarán que ése fue su más alto cuidado. El hombre que fue el conferenciante más aplaudido del mundo, el huésped más buscado por los príncipes, académico d e s d e hace treinta y siete años, ministro de Francia, ha vivido voluntariamente el exilio más inconfortable, más ascético, más despegado de todo lo que no fuera pensar y esperar su muerte con una espera cargada de deseo. Como el pensamiento de Sócrates hubiera sido traicionado al rehusar una cierta muerte, el sentido que Abel Bonnard daba a la i ida hubiera desaparecido en el apego a días que ya no eran dignos de él. Las últimas palabras que me dijo con una dificultad infinita ya casi en agonía, comprendí que hubiera querido grabarlas como el escultor anónimo sobre la losa de Tipaza: Venari, ludere, lavan, bibere Hoc est vivere. Cazar, jugar, nadar, beber, eso es la vida ¿Qué moribundo hubiera podido decir mejor que él ha conocido la alegría de vivir y que rehusa la vida sin alegría? E L decano de la Academia francesa era el único académico que no tenia derecho de sentarse en la ilustre compañía. Tal escándalo no podía durar. Abel Bonnard yace ya en un cementerio madrileño. La historia dirá, es posible, que se suicidó, como Sócrates, porque podía rehusar la copa. Una sola palabra, que jamás quiso pronunciar, le habría salvado. Un solo gespi, desde hace diez años ya, le habría resaurado en el trono del esprit de París. Recobrando su cetro, habría reinado sobre los salones más disertos del mundo. Es indudable que los beneplácitos y placeres de la gloria triunfante en medio de la corte reencontrada le hubieran conservado ese gusto de vivir tan necesario para retardar la muerte. Pero él no quería que la muerte le sorprendiera. Era preciso que ella no acabara una vida, sino una obra; que no fuera un fin, sino una conclusión. Y los familiares de su último año, entre los que he tenido el honor de encontrarme, tsstimo- Abel Bonnard nació en Poitíers el año de 1883. A los veintidós años recibía el Gran Premio Nacional de Poesía, y a los treinta y dos era uno de los periodistas más importantes de París, hasta el punto de ser encargado por el director del Fígaro en 1914, de un cometido de conciliador en la polémica que le oponía al presidente del Consejo, Joseph Caillaux La vie amoureuse de Stendhal De l Amitié y Saint Francois d Assise le consagraron gran escritor. En 1932 era elegido para la Academia Francesa- -tras su muerte el decano es Francois Maunac, ingresado un año más tarde- En 1938 hace sentarse a Charles Maurras bajo la Cúpula En 1942 es ministro de Educación Nacional del mariscal Petain. sin haber sido jamás diputado, y. en 1945, excluido de la Academia Francesa- como Petain, Maurras y Abel Hermant, es condenado a muerte en rebeldía después de haber aterrizado en Barcelona con el avión de Pierre La val. Ya no saldría más de España, que amaba apasionadamente Las gentes del pueblo- -decía- -son aquí las más amables del mundo, y tratarlas es un gran consuelo Es inútil puntualizar por qué fue condenado a muerte al llegar la liberación. Su presencia en el Gobierno del mariscal, en el que fue un gran ministro, su actitud favorable a una reconciliación con Alemania y. durante toda la guerra de España, sus eficaces campañas contra el Frente Popular -jamás podía hablar sin sentir una gran emoción de una bella carta de Franco, recibida al comienzo de la Cruzada- -bastan y sobran para explicar este ostracismo. Lo excepcional es que este hombre supremamente refinado y delicado, este pacifista, este erudito, no se rebelara contra su condena. La consideró como un episodio del proceso de descomposición del humanismo, como una de las fases necesarias de la descivilización. Ciertamente hizo frases terribles, como aquella contra el general De Gaulle, Es un enano inmenso que dio la vuelta al mundo; a veces se concedía el gusto de disparar una flecha ilu-