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PRVNSA S. ESPAÑOLA, REDACCIÓN, AJ UON. Y TALLERES: SERRANO, 61- MADRID FUNDADO EN 1905 POR DON TORCUATO LUCA DE TENA ABC siásticas, sus torres, sus girólas. Y esos pasadizos, arcos, callejones, en donde el tiempo parece que se ha paralizado. Y luego, ¡esa geografía! Las formas extrañas de las hoces: roca gesticulante, de gestos inéditos; roca meteorizada, con la piel de colores imprevistos; materia como un cuadro de Tapies ¿he dicho de Tapies? Las torcas, como raros cuencos del suelo. Las piedras fantásticas de la Ciudad Encantada. Dicho sea con respeto, es como si Dios, abstraído, se hubiera puesto a jugar con las formas del paisaje. Nada concreto. Ninguna figura definitiva. Es como una exploración divina por los horizontes de las formas y de los colores, para demostrarnos que esos horizontes son infinitos. Cuenca abstraída, abstracta. Ya está aquí la palabra: abstracta. El nuevo tesoro de Cuenca es, como muchos saben pero no demasiados han visto, el arte abstracto. Tenía que ser aquí entre las abstracciones del paisaje, entre los sueños abstraídos de la ciudad antigua, en donde surgiera uno de los mejores museos de arte abstracto del mundo: el ya famoso Museo de las Casas Colgadas, expresión magnífica de lo que se podría llamar la nueva frontera del arte contemporáneo. Mientras muchos españoles que viven no lejos de Cuenca ignoran este museo, desde todas las partes del mundo vienen aquí en peregrinación para ver a nuestros maestros de la joven pintura de España. Llegan al pie de la roca que como una torre se alza sobre la hoz del Huécar; miran hacia las casas colgadas, que recuerdan esos monasterios griegos o tibetanos, también de bronces, pensativos, sobre los abismos. Y se asombran de que allí España tenga- -a la vera de los arcos góticos, de los enterramientos episcopales, de las rúas silenciosas, del tiempo antiguo y quieto- -su mejor tesoro de arte joven, abstracto, pura vanguardia en la frontera recientísima de la estética de nuestros días. ¿Se necesitará que cuente que lo primero que ven, cuando trasponen el portón de la vieja casona en donde está el museo, es un móvil fascinante, pura geometría infinita de líneas y ángulos, de Eusebio Sempere? ¿O que detrás del móvil aparece el Abasti gogora de Eduardo Chillida, fuerte y soberbio, como los bosques de su tierra vascongada natal? Y a partir de esta entrada que enciende EDICIÓN DE ANDAU. c I A: C A R D E t L 1 ILUNDAIT 9 N sEVILLA L AS soledades españolas guardan, con frec u e n c i a, sorpresas maravillosas en su seno. Esas interioridades de España, en donde encontramos, como una aparición, un claustro adornado de capiteles que parecen relieves de Angkor; o unos frescos románicos con su Pantocrátor que nos mira con misteriosos ojos bizantinos como si fuera un icono griego; o un monasterio con el trozo más grande del Lignun Crucis que hay en el mundo; o una tumba que nos electriza porque e 3, nada menos, que la de Fernán González; esas interioridades, digo, que están apartadas, algo remotas incluso, nos ofrecen hallazgos inesperados que son como los secretos de España. Acaso, no sólo el secreto del pasado sino también algo del secreto futuro. A veces se llega a ellas a través de un yermo, como se llega a las revelaciones místicas a través de la soledad ascética. A veces, no hay en su torno más que un breve soto. A veces, por el contrario, no están lejos, pero sí algo a trasmano, de las grandes vías viajeras por las que todos vamos. Son rincones, de los que con frecuencia nos olvidamos, en las vastas estancias de España. Yo no voy a decir ahora que Cuenca sea una soledad, ni un yermo, ni siquiera un rincón perdido de la patria. Cuenca está viva y próxima, ciertamente. ¿Pero no está también algo apartada de nosotros, los que residimos y escribimos desde este presuntuoso centro de Madrid? ¿No está apartada también la maravillosa y espléndida Barcelona, de la que debemos hablar más los alejados madrileños que tan mal la conocemos? Por eso, ir a Cuenca, viva y próxima, es algo que hacemos poco. Sin embargo, no tendré ahora la pedantería, o la ingenuidad, de descubrir a nadie nada de Cuenca. Esta ciudad ha disfrutado, además, de la suerte de que de ella se enamoraran muchos y buenos escritores y artistas que en los últimos tiempos plantaron allí sus reales y han escrito hermosas páginas o han pintado excelentes cuadros bajo la inspiración un poco extraña, casi mágica, de la tierra y la vida conquenses. No hagamos, pues, a estas alturas, guía de Cuenca porque hayamos estado allí una tarde reciente, como esos turistas literarios que van unos días a Italia, a Grecia, o a Egipto y se nos vienen con su articulito descriptivo de Ñapóles, Atenas o las Pirámides, ¡nada menos! Pero sí podemos, creo yo, entusiasmar algo al lector nuestro para que vuelva en seguida a Cuenca si no estuvo allí hace poco tiempo, o para que vaya por vez primera si no tiene la suerte de conocerla. Yo, casi diría que la autopista que siempre ha merecido el trayecto MadridCuenca, ahora es urgente. Hay que ver el nuevo tesoro que desde hace unos dos años se guarda en el seno silencioso, un poco dormido, de la ciudad. Silencioso, dormido... ¿No nos ha parecido siempre un poco abstraída Cuenca, posada en la alcántara de su roca entre las hoces profundas que la ciñen? Quieta, como si soñara. Con sus ojivas normandas, sus estatuas yacentes de obispos e hidalgos, sus túmulos de Montemayores, Albornoces y Lunas. Sus rejas ecle- CUENCA, ABSTRAÍDA el alma del visitante, éste va de sorpresa en sorpresa: las bóvedas vibrantes de Pablo Serrano, los mármoles negros, simplicísimos, de Jorge de Oteiza; la maestría de los hierros poéticos de Amadeo Gabino, de Martín Chirino- ¡esa espiral del viento! de Rubio Camín. Y luego, la esplendidez de los colores, las manchas, las veladuras, los collages los tratamientos inquietantes o bellísimos de todas las materias que manejan Io3 pintores Canogar, Cuixart, Farreras, Fei o, Guerrero, Muñoz, Manrique, Millares, Rivera, Rueda, Sáez, Saura, Suárez, Tapies, Tharrats, Vela, Viola... Uno no es crítico de arte y no osaría juzgar a estos y otros admirables artistas españoles- -sería largo nombrar a todos- -que se incluyen en el tesoro de Cuenca. Sólo hay que decir que allí están, en un museo extraordinario, instalado con una técnica museística que es la última palabra en la especialidad, con un buen gusto, un talento, una generosidad de espacios y de luces que a uno le han entusiasmado. (Como un símbolo de la sorprendente coincidencia del museo con su paisaje, en una de las salas se abren unos ventanos que dan sobre la hoz del Huécar. Hay un momento en que el espectador no sabe si el paisaje encuadrado en aquellos ventanos es eso, paisaje, o una serie de pinturas abstractas. Debo añadir que dichos huecos estaban ya así abiertos en la casa desde muy antiguo. ¿Quién tuvo hace muchos, acaso siglos, esa intuición estética que se adelantaba tanto a su tiempo? Y hay que decir, naturalmente, que el creador, fundador, alma de este museo es un pintor español, Fernando Zóbel de Ayala, que de su vida y viajes por todo el mundo trajo en su paleta unos sutilísimos, impalpables, difuminados, llenos de fantasía, y en su corazón la decisión de dar ese tesoro a su patria, con lo que ha salvado para España una buena parte del arte abstracto de nuestra época. ¿No podría hacerse un museo así en Madrid? Y que su colaborador excepcional en la fundación y arreglo del museo ha sido otro pintor español, Gustavo Torner, que acaba de mostrar en una reciente exposición su capacidad de exploración poética en los terrenos de la ciencia y la técnica modernas. Inquietos españoles, despiertos, siempre buscando por todos los caminos del arte, trabajando dura e incesantemente, empujando más allá la frontera estética, baqueanos de los grandes espacios abiertos a la imaginación humana. Dignos herederos de un arte que en casi todas las épocas ha dado nombres estupendos y que en la nuestra ofrece antes de ellos, otra generación de maestros, otra floración que todavía está en pie, que vive y morirá de pie como los árboles. En muchas ciudades españolas hay tesoros. Con frecuencia lleva este nombre el tesoro de la Catedral, con sus custodias, sus tablas, sus casullas, sus piedras brillantes y extrañas. Cuenca tiene muchos tesoros y, claro está, el de la Catedral. Pero también tiene el tesoro de su paisaje, abstracción del Señor. Y al lado de estas grandezas naturales o históricas, el nuevo tesoro de sus pinturas y esculturas, abstracción de los hombres. Abstraída Cuenca... Alfonso DE LA SERNA