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L pasar por Ribadavia, nadie, creo que ni los eruditos locales, piensa en la monarquía sueva, ni en las juderías compactas, laboriosas; ni en sus abundantes gracias arqueológicas, ni en la posibilidad que se haya escondido allí aquel princípito errátil, habitante de las fortalezas sobresaltadas, entre el arzobispo y el conde como dos imponentes figuras de la baraja medieval gallega, con doña Urraca como gran sota, instruyéndole en la intriga dinástica, poniéndole a salvo de la turba feudal... Cuando Ribadavia se aparece a lo lejos, en su recorte de villa encaramada, centro y omphalon de un Imperio de cepas, en lo que piensa es en el vino epónimo, en el Ribeiro, que si le decimos Ribero se nos desnaturaliza de sabor como cuando se le bebe en ristal y no en cunea moldeada en el barro del mismo terrón. Ondulante como un mar que se arremolina en torno al castro heraldizado, llega desde el confín en los surcos concéntricos; viene soterrano de secretos odres y hundidas cornucopias- -cerno en las fantasías coloreadas de Disney- -y aflora, formando los primeros caudales, en Untes, Barbantes, Leiro, Cástrelo de Miño, las Arnoyas... Más allá de las alabanzas del tiempo áureo, con Cervantes el primero, y de los ditirambos del barroco, hay la cita más antigua, en lenguas nuevas, debida al Rey Sabio, cuyas amas gallegas sin duda lo destetaron- -aún hoy se suele- -con esta suave delicia acarminada o en punto de ópalo, en lugar de leche, a la que un gallego de hoy- -Otero Pedrayo- -llama, con mohín de hidalgo letrado y cosechero, líquido rusoniano y ginebrino que ya es extremar la diatriba. Como un racimo ornamental de la hartura gótica, se repuja en el flanco de u n a Cantiga aquel bó v i n o dOurens que allí quedó para siempre y para el cielo unido a los campantes virolais y místicos piropos del rey castellano, entusiasta de la Virgen en habla gallega. A CADA Ribadavlaño consumándose, de hace mucho, en la invernía de las tierras altas. Por todas estas cosas- -reales o supuestas, da lo mismo- -yo creo que los d Ourens, entre las muchas partes que se mixturan en la formación del ser, somos mayormente vino. Muestra especial matización psicológica dentro de lo gallego nos viene de ser, en mucha y muy arcaica porción, vfaio del Ribeiro. Terra da chispa se nos dice, jugando del equivoco, por tierra de afiladores, de ingeniosos y también de chispos o achispados, que es un quedarse entre el ser del vino todavía consciente y el ser enajenado, o no ser, de la borrachera magna, que es como la triaca magna del beber. Y si hemos llegado a resultar el pueblo menos dramático de España- -las últimas puñaladas naturales datan de 1912, y si les llamo naturales es porque las políticas son una especie de esperanto de uso y abuso mundial- -fue a causa de que en los tumbos y reviravueltas de nuestra sangre y en la trabazón y rasgueos de nuestros nervios, el Ribeiro nos sirve de protoplasma donde bullen, coadyuvantes, pulverizados y cómodos, los núcleos esenciales de nuestro ser. En razón de todo ello, cada uno de nosotros, los de la virtual geografía del Ribeiro, se hizo a la idea, excluyente, centralista y capitalina, de formar parte, y aún ser algo cabeza, de una dignidad vitivinícola con lugar no sólo en las costumbres de la sangre sino en la historia, en las letras y en una tradición que se nos fue incorporando desde una inmanente realidad de témporas y cosechas. Y esto incluso lo notamos por la viceversa, por la idea o sospecha de su desposesión. Hace unos meses caí -pues nadie me había convidado ni sabía bien de qué se trataba- -en una fiesta del vino albariño, cuidadosamente escenificada en el salido de un noble pazo cambadés con algo de court borgoñona. Allí, el donairoso, el epigramático vinillo del valle de Saines, fue justipreciado, en fallos y loas por emisarios egregios que vinieron a catarlo y galardonarlo casi desde la Frovenza. 1 folklore deleitó a las gentes con sus gracias ya un tanto regimentadas; discursearon los canoros políticos; y poetas y prosistas, al parecer también del orden planificado, echaron por los aires el arabesco y tracería de sus imágenes y trinos. Yo veía todo aquello como un escándalo, como un sueño de mal gusto, con ganas de gritar sin poder, como en las pesadillas, como algo que me estaba malévolamente destinado; me sentía irritado, invadido en mi alícuota soberanía, maniatado frente a aquella subversión de virreyes; menos aún, de encomenderos desmandados, en ausencia del verdadero señor, el Ribeiro, claro, cuya majestad no fue aludida ni una sola vez. Hasta ese punto... Cuando nos vamos acercando a Ribadavia, cuando ya se está en el umbral aéreo del puente sobre el Avia, su presencia nos llega olorosa de lagares, pintada de morados profundos por tantos siglos vendimiados; suspensa entre el cielo y el río. ofreciéndose entera como una Eucaristía bajo la Especie segunda. Y, naturalmente, cada vez que se pasa no se pasa de largo se entra y se comulga. Y si no se es hereje, se dice: Laus Deo Eduardo BLANCO- AMOR Pero ¿no habrá otros laudes más reculados en itinerarios perdidos, puestos en aquel latín geográfico que todo lo declaraba con tanta exactitud y grandeza? Con trabajada frase finisecular, en la que resuenan las clásicas figuraciones, nuestra coruscante, nuestra sapientísima doña Emilia, vio en aquel Orense, pitañoso y mal barrido de los pallábanos nada menos que una bacante tendida entre viñas ¿Pero por qué no en los tiempos? Yo creo, sin fundamento alguno, a puro corazón que es, a fin de cuentas, como se profetiza el pasado, que aquellos romanos administrativos o castrenses, con sus caras de retrato de desconocido que hoy nos resultan tan conocidos cuando nos saludan desde sus bustos en los museos, venían por aquí trayendo sus reúmas a írigo o sus alifafes de la sedentarización, desde el aterido Lucus Augusti o desde la Civltas Limicorum, ciudad del Leteo galaico, entre la deprimente bruma y el misterio occidental. A mí, por lo mismo que no soy erudito, no me cabe duda que por aquí anduvieron- -aún se oyen en los nombres- -vestidos de estatua, solazándose en la tibia galbana de estos parajes larguísimos en su cuenca fluvial, regurgitantes comedores de cerdo y de lamprea, dialogando por la larga ribera vmoso- medicinal que aún hoy discurre entre parrales y termas llamándose Caldas de Reza. Caldas de Cañedo, Caldas de Cortegada, Caldas de Monzón, Caldelas del Tuy. Pienso esto porque aquí la ilusión estival sigue ardiendo tercamente pegada a la resolana de las hojas vinateras: escarlata, cinabrio, púrpura, y al final el aun largo f ya caedizo suspiro amarillo, con el oto-