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1 f f fe La Retén Casa de los Castros, en la falda del Monte Miranda. Rosalía, con su familia, en el año 1884. LA MUERTE DE ADRIANO MURGUIA Por Ramón GONZÁLEZ- ALEGRE NO de los episodios más trascendentes en la vida de Rosalía de Castro es, sin duda, el de la muerte de su penúltimo hijo Adriano. En la obra de la gran poetisa gallega se alza una profunda experiencia de vida. Más que un saber de la vida, en Rosalía de Castro se perfila siempre un presentir. Presentimiento en cuanto a los acontecimientos que le rodean, en cuanto a la manera de captarlos, haciendo de sus infinitos resortes verdaderas tensiones literarias sensibles que desembocan en expresiones de indudable valor poético. La muerte- de su hijo Adriano es un acontecimiento que causa en la vida de esta mujer una profunda, creemos que trascendental impresión. Todo es fértil bajo el círculo sensible de la palabra poética. Lo veremos en acontecimientos de trascendencia en la vida rosaliana. cuando se pone en contacto con la realidad inmediata, cuando se apercibe de lo que sucede y de lo que va a suceder, es decir, cuando le sobreviene la experiencia intuida. El acontecimiento de la muerte del hijo Adriano da lugar a uno de los poemas más conmovedores y acaso más importantes de Rosalía. Se trata del titulado, y escrito en castellano, Santa Escolástica expresión de su cambio profun do ha ia una religiosidad s i n c e r a que no se vislumbra en toda su obra hasta el poema aludido. El poema Santa Escolástica no sólo se halla directamente vinculado a los fermentos religiosos que pudiesen existir en Rosalía, sino que es un verdadero itinerario compostelano de deses- U peración con motivo de la muerte de su hijo. Se siente en toda su hondura y nos acompaña con su esencia profunda. Porque el poema parte de cuanto de Rosalía brota y de cuanto Rosalía busca en las entrañas. Pero será conveniente relatar el acontecimiento y las circunstancias que lo motivaron. En el año 1875 la situación del matrimonio Murguía- Rosalía de Castro es económicamente angustiosa. Después de haber desempeñado don Manuel Murguía durante cuatro años la Jefatura del Archivo Regional de Galicia, fue declarado cesante por uno de los azares políticos de entonces. En tanto la situación no se resolvía, y se aguardaba un problemático reingreso con un nuevo cambio político que le restituyese, se instala el matrimonio en Santiago de Compostela, y van a vivir a la casa número dieciesiete de la calle de la Senra, que, de nueva construcción entonces, debía constituir una buena vivienda, hoy en uso todavía, sin modificación importante en su estructura. Rosalía, con embarazo adelantado, dio a luz felizmente, al poco tiempo, en veinte de marzo, a las diez y media de la noche, al segundo de sus hijos varones, al que pusieron los nombres de Adriano Honorato Alejandro. Uno de los biógrafos, mejor dicho, el más completo y mejor biógrafo de Rosalía de Castro, Fermín Bouza Brey, al cual seguimos en parte, según datos recogidos de otro de los indiscutibles conocedores de Rosalía, don Juan Naya Pérez, traza una estampa de singular hermosura sobre la Compostela de entonces, ciudad de sencilla tranquilidad. Recogen estos investigadores el caliente testimonio de la hasta hace poco única hija viva de Rosalía, doña Gala, que les fue contando con pálido susurro y con deliciosa gracia, cómo eran las tres mozas que servían en casa de sus padres, en Compostela. La situación económica apurada de los Murguía- Castro no era obstáculo para disponer y regalarse de un servicio doméstico tan numeroso, lo que revela la extraña situación social de los españoles en aquel tiempo. Los nombres de las sirvientas resaltaron en los recuerdos de doña Gala. Se derrama la memoria, y va surgiendo la descripción de Rosa Fernández, ama de cría, piedra materna, sangre alborotada en el rostro, corazón tiernísimo, recién llegada del lugar de Laíño, donde la lluvia es mansa y leve. Manuela Cabanas, de la alta tierra de Arzúa que cantaba como cantan las cosas de la vida, como los manantiales, los árboles o las brisas. Su voz era su mundo, su verdadero esplendor. Y por último Manuela Pampín, la descuidada, la infeliz campesina de Pantiñobre, también en la tierra de Arzúa, con Adriano en sus brazos, ensimismándose ante él mundo de lá ciudad. Una tarde de difuntos, a la hora tercia, Manuela, la Manuelina campesina, mientras el agua monótona de Compostela caía bajo el silencio, se asomó al balcón. Manuela, Manuelina de Arzúa, quería comprobar la fertilidad de las campanas de Compostela, la humedad invisible de los coros del viento, la savia vegetal que salía de los árboles altos. Manuelina de Arzúa se olvidó qus tenía al niño an brazos.