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20 LUIS BoLTN ESPAÑA, LOS AÑOS VITALES a Biarritz, repostamos gasolina y emprendimos nuevamente el vuelo, esta vez con Mérito junto al piloto, provisto de un juego de mapas Mchelín de España al 1: 400.000, elemento que, de haberlo tenido, anos hubiera sido de gran utilidad un par de horas antes. El piloto estaba resuelto a prescindir del radiotelegrafista, que tras beber con exceso en Burdeos le había desorientado durante el vuelo. La nueva etapa resultó monótona. El paisaje español me parecía inacabable; en Portugal sólo veíamos colinas bajas, en las cuales únicamente un autogiro hubiera podido posarse. No logramos descubrir el pequeño aeropuerto que, según nos ¡habían asegurado en Biarritz, existía en Jas proximidades de Braganza, nuestra primera meta teórica en tierra portuguesa. Con las reservas de combustible ya muy bajas, pusimos tproa a Espicho, cerca de Oporto. Nuevas gotas de sudor, signo omi soso para mí, brotaron en la frente del piloto. Privado de la ayuda ilel radio, luchaba contra dificultades considerables. -Tomaré tierra en una de estas colinas- -terminó por decirme al ver que se le acababa el carburante. La perspectiva me llenó de espanto, porque significaba el fracaso de nuestro viaje. Cada minuto me pareció una eternidad, cada kilóínetro diez leguas. ¿Llegaríamos? De pronto, como en sueños, vimos el mar ante nosotros, reflejando los últimos rayos del sol poniente, con el pueblo de Espinho a la derecha. -Es un aeródromo militar- -gritó Bebb- pero no me queda fbtro remedio. Tengo que aterrizar aquí. Aterrizamos. Un soplo del mismo vendaval que por venir del Oeste feabía retrasado nuestra marcha durante, tantos cientos de kilómetros, une dio en los pulmones como un tónico. Llevábamos diez horas de vuelo, pero habíamos cruzado España, y saludé alegremente con la jjnano a un cabo y dos soldados portugueses que avanzaban presurosos hacia nosotros. Lo que el cabo nos dijo me dejó helado. El ¡hecho de haber tomado tierra sin previo permiso en un aeródromo ácnilitar constituía una ofensa grave. El Dragón Rapide y sus ocupantes ¡quedaban detenidos. De nada me sirvió alegar las circunstancias del (Caso. El cabo se mostró inflexible. Ni siquiera se inmutó cuando Se mostré -sin ofrecérselo- -un fajo de incitantes billetes ingleses. Su itíeber era informar al teniente, y estaba decidido a cumplirlo. El. sol se hundió en el Atlántico, el conflicto siguió en pie y él teniente; apareció a nuestro lado. Enjuició lo. ocurrido con severidad. 5 eníá qué conducirnos a Oporto, distante unos veinte kilómetros y tugar indicado, para sancionar la falta. Pero todo era alegría cuando pasamos- por Espinho; cuerpo de. bomberos celebraba su fiesta Continuará. que ei mismo Olley me había puesto a la firma el día anterior, y deí compromiso adquirido por mí, caso de sufrir el avión daños no previstos en la póliza de seguros, la reacción de La Cierva fue característica de él. -Bastante haces ya- -me dijo- Deja que le cuente esto al duqua dé Alba. Fuimos- juntos al Hotel Claridge, donde Alba pasaba unos días Le hablamos con absoluta franqueza, y el duque se mostró de acuerdo en que para salvar a España no quedaba más recurso que la fuerza. Mi proyecto de vuelo le pareció excelente. En opinión de Alba la intervención de Franco era vital para acaudillar el Movimiento. -Esta vez- -dijo recordando el 10 de agosto- no podemos fracasar. Ya no caben equivocaciones. La Cierva habló entonces de mi compromiso con Olley, y mis dosv amigos convinieron en que, en caso necesario, cada uno cubriría la- i mitad de la suma garantizada. Mi gratitud para con los dos ha crecida con el. tiempo. Para que no- estuviésemos solos mi mujer y yo, aquella noche víspera de. mi salida para Casablanca, La Cierva nos llevó a comer! y bailar con unos amigos. Ésta fue la última fiesta a que Juan y yo asistimos juntos en Londres, la última de tantas como los dos disfrutamos en el curso de años consecutivos. Durante ella, ni siquiera una vez se aludió a mi viaje; ninguno de los presentes, salvo nosotros, Jlegó a tener una idea remota de las circunstancias en que yó iba a ¡salir de Inglaterra, transcurridas unas pocas horas. Para explicar mi ausencia, convinimos en que mi mujer contaría a nuestros amigosj que había marchado a Oslo, en Noruega, para pasar unos días couij un gran amigo mió, el anterior marqués de Murrieta. Se deslizaron Varias semanas sin que saliera a luz la verdad; cuando esto ocurrió, casi todos los que me conocían aprobaron nuestra reserva, pero algunos se sintieron dolidos. El paso de los años no me ha ayudado a comprender sus puntos de vista, UNA JORNADA MOVIDA, Mi mujer y yo madrugamos el 11 de julio: estábamos vestidos i las cinco de la mañana. Habíamos pasado años felices en esa casa ¡de Hornton Street, de la que nuestro hijo Fernando salía por las íar des con su niñera escocesa a echar barquitos al agua en el estar qn S a jugar ga sus amigos ea sQsjiigton to