
ABC.
DOMINGO
30 DE J U L I O
DE 1867. EDICIÓN DE LA MAÑANA.
PAG. 75.
9
Tres hombrestos peinan diariamente.
FUERON DISEÑADOS EN 1948 POR DON CECILIO RODRÍGUEZ. Vengo aquí todas las mañanas desde que me jubilaron 9 A pocos metros, el Campo del Moro se guarda aún de los
H
CER de caballerizas jardines es algo que a nadie disgusta. Y todos agrada mucho más si el resultado de la mutación es esa bonita hondonada que al abrigo del Palacio Real se asoma sobre el Campo del Moro. Jardines de Sabatini es su designación en el callejero, aunque, en contra de lo que algunas personas crean, ni fueron diseñados por el arquitecto favorito de Carlos III ni se construyeron durante aquel período de fiebre urbanística. Las antiguas caballd rizas de Palacio, cuyos planos si fueron realizados por Francisco Sabatini, desaparecieron de la geografía de la Plaza de Oriente en 1948, cediendo el anchuroso solar al recreo de los madrileños. Las caballerizas pertenecían al Patrimonio Nacional que, tras el derribo, dejó en usufructo al Ayuntamiento de Madrid el snelo sobre el que se levantaron los jardines. Por aquellos años ocupaba el cargo de jardinero mayor don Cecilio Rodríguez, y la ordenación se debe a su prodigiosa fantasía. Cuatro años después, en 1952, los madrileños empezaban a disfrutar de los jardines de Sabatini, denominación que actualizaba el recuerdo del autor de la Puerta de Alcalá, la fachada de San Francisco el Grande, la Aduana... Y. abiertos al público, ya ininterrumpidamente, Madrid se adornaba de uno de los más bellos vergeles del país, nacido al socaire de un cierto regusto neoclásico, en consonancia con la arquitectura de Palacio. Si bien lae artes de la floricultura habían progresado Ío suyo desdé qttéél rey Felipe V encargara a Filippo Juvara la construcción de U nueva residencia real, no es menos cierto que la moderna jardinería habría desentonado con el decorado de fondo. La armonía entre la estructura del inmueble y la concepción de los jardines es el éixto seguro que hay que anotar al proyectista que supo hacerlos gemelos en él
tiempo.
CONSERVACIÓN Y MANTENIMIENTO- A los muchos cuidados en los jardines públicos signen los irremediables descalabros de los desaprensivos. Quizá la poca costuml bre que ha tenido nuestro pueblo de usar! de estos lugares comunes conduce a no saber tratar las plantas con el respeto que mere j cen. O, más probablemente, quizá existan personas que opinen tener jurisdicción sobre lias flores. El hecho cierto es que nuestro grado de civilización no nos permite, aún COB- templar los jardines sin tocarlos, sin tumbarnos sobre el césped, sin arrojar basuras a los parterres. Y así la cosas, el celo municipal por la conservación de los jardines resulta las más de las veces estéril. Nótese que las opiniones se convierten en cosas de cuidado cuando a los hombres les da por obrar según ellas Los jardines de Sabatini están atendidos normalmente por tres operarios qae se ocupan de todos los trabajos precisos en el re. ciato. ExeapcioaalsasBte, se vea asistidos de la Brigada de Jardines de Población, cnando las laboras, rebasaren tsaao de obra máí nnaserosa. EJ periodista ha poáido observar una faena de poda de los satos y macizos,
un rasurado ceremonial que en pocas horas alisó la supeficie de las múltiples y diminutas plantas. No menos de diez hombres a las órdenes de un capataz efectuaron este menester en los Jardines de Sabatini que, poco a poco, fueron perdiendo su desmelenada fisonomía. Los riegos son igualmente frecuentes. La falta de presión del agua obliga a recurrir al tradicional sistema árabe por medio de inundación sucesiva de bancales. Tampoco se- han implantado riegos por aspersión, cuyo; consiguiente ahorro dé agua no es ni mucho menos despreciable. Y p eríódieameotej nn; encargado humedece los paseo que. sortean entre la caprichosa simetría dei los parterres; i riegos que se multiplican durante los meses de verano, aunque la furia solar torna bal, dios todos los esfuerzos. Pero, en definitiva, los jardines de Sabatini están siempre aseados, curiosamente aseados, a pesar de los desaprensivos. Se habría dicho con el poeta, que también sobre las rosas de Sabatini se paed poztizsr... Un ohssrvaior avisado tiene que reparar forzasaaje ie ea qae la faraia humana de loa jaráiaes pütlieos es diferente segtin las horas del día. Ge srsáíieísts, la maSsísa se la reservas los aiisdaaass qae basean ess raya de sol qua ya falta en su organismo. A I93 jar-
dines de Sabatini concurren diariamente gran número de ellos que se distribuyes en pequeñas tertulias, preferentemente cérea del balcón que avanza sobre el Campo del Moro. Los estables espectadores de excepción de la historia secular, tienen siempre a mano tema de conversación. He charlado largamente con algunos de éstos ancianas: -Vengo aquí todas los mañanas desde que me jubilaron. ¡Hace ya siete añost Y un señor qué paseaba, nerviosamente me dijo que estaba prewcngid r; -Hace una semana que no viene Agustín, Por la tarde abunda más la chiqttillenaü La chiquillería reparte entre la Plá ¿a té Orientejr JabatiniU Oaa vea más- -ípattfáá no reseñarlo? -revive la escena galante de la chacha y el soldado con permiso. He podido contar un domingo por la tarde, arriba, en la Plaza, y abajo, por los jardines, docenas de chicas uniformadas acompañadas de los uniformados reclutas. La obra teatral de don Joaquín Calvo Sotelo, o mejor dicho, su amfcientación en Plaza de Oriente no ha perdido en la vida real ni uno solo de sus elementos escenográficos. La pieza cobra actualidad continuamente en las cercanías do Palacio. Y al oscurecer... Al oscurecer aparecen en los parques y jardines otro tipo de personajes que edulcoran la atmósfera con tus mimos. Son las eternas parejas de enamorados que buscan en las sombras primeras de la tarde- la caricia furtiva- y los. besos de ñr gencia; besos! qae segfin. la. frialdad de. ík Ordenanzas bien pudieran costar cuarenta o cincuenta peseta pero que, al fin, valen una severa amonestación del. guarda, Junto la invitación, no siempre bien recibida, de abandonar al momento los jardines. Y nn empieza a creer, después de pasear mucho por Sabatini, que mayor delito sería abstenerse del beso en esas circunstancias. EL CAMPO DEL MORO madrileños del Moro parque de tenido en se preguntan por qué sé guarda tanto de los exquisita virginidad que sus paseos la presenciar
Í
Muchos el Campo visitantes, nunca ha
Propiedad del Patrimonio Nacional, el Campo del Moro ha recibido á lo largo de los aS s toda suerte de cuidados qne juiifó a la ya apuntada carencia de visitantes, le han dado ribetes de auténtico parque preciosista. Su esotérica floresta se ha desvelado hace poco a los ojos de algunas personas con mo. tivp de la inauguración del Museo de Carrozas, cuyos accesos hacen necesario atravesar ana parte del celoso bosque. Y conocidas por machos ciudadanos sus enormes posibilidades para la utilización pública, la pregunta, eseépticarasate, se refiieraa. Maáriá tisae en el Campo del Mer an lugar da esparcimiento. í 1. GIMHMEZ ALBMAN (Ilustración de Tauler)
d l n rie. d, l