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ral. Era el segundo aviso, pero nadie alborotó más de lo debido; si les rozó la cara el ala del miedo, supieron comérsela. Un piso, un local en Hortaleza, 90, no es cualquier cosa: hay que defenderlo como un trasatlántico en trance de naufragio aunque juegue la cabeza. El guardia municipal había anotado en su libreta lo de las lunas: tal vez unos gamberros, tal vez un increíble ladrón de flores... Y llegaron los arquitectos municipales, los aparejadores municipales, los oficinistas municipales, los obreros municipales. Se tomaron las primeras medidas administrativas, a las que siguieron las consiguientes de apuntalamiento. El procedimiento tiene solera en el Ayuntamiento. SI expediente reveló lo que sabían todos los vecinos: el edificio numero 9 de la calle de Hortaleza se rendía por un esquinazo. Motivo: reblandecimiento del suelo, fallo de cimientos. La probada experiencia municipal en casos similares dio inmediatamente sus frutos. Vanos de ventanas y balcones fueron hábilmente enmuletados; las vigas interiores, afirmadas con suplementos y ménsulas; hematomas alarmantes en techos y paredes, emplastados con traviesas y viguetas. Un prodigio de obra bien hecha, destinada a la posteridad. El problema más arduo fue afianzar en el pavimento de la calle las vigas puntales de la fachada. Al parecer, toda el subsuelo de la zona está minado. Pero también en esto tienen nutrida experiencia nuestros expertos en traumatología arquitectónica. Pronto die. ron en la fórmula de tender en la calzada una gran viga metálica a lo largo de toda la fachada. Para ello hubo que levantar el bordillo y restar algunos palmos al espacio destinado a circulación rodada: peccate minuta Sobre esta viga en el suelo se afirmaron las muletas de la fachada. Pero la acera quedó interceptada. ¿Y los peatones? ¿Qué se hace para los peatones? Nueva solución, más difícil todavía: habilitar un andén sobre la viga de hierro. Surgió asi este pasillo de submarino, este puente de viejo mercante, este trastienda de caseta de feria, este porche de saloon sin whisky en plena callé de- Hortaleza. El florista puso un cartel sobre los puntales anunciando que la venta sigue en el interior. El zapatera colocó una pasarela desde el pasillo a su tienda; otra, quiza regalo del municipio, fue tendida hasta el portal para uso de vecinos y de quienes gusten pasar. Aquí terminó la historia. Pasó el susto. Pasó la tormenta. Todo volvió a la vida de siempre. En un año nadie se ha movido. Ni el Ayuntamiento, que se- sepa. La portera sigue meneando la cabeza.