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DIARIO EDITADO POR PRENSA ESPAÑOLA, SOCIEDAD ANÓNIMA M A D R I D FUNDADO EN 1905 POR DON TORCUATO LUCA DE TENA ABC se hacía, que este país no tiene arreglo Nosotros, desde nuestras mismas acusaciones, desde nuestros mismos dolores, pensamos y creemos que sí, que este país tiene arreglo y que hasta, con un cuarto de siglo de paz a la espalda, sé está arreglando bastante. Y ya ve usted, me duele España todavía y creo que aunque no se vendiera un solo pueblo y aunque todos los esñoles hubieran alcanzado ese tonto nivel de vida que se centra en un 600 un frigorífico y un televisor- -con todo lo que significa que hay detrás- -me seguiría doliendo España mientras por ahí, en Toulouse o en la Patagonia, hubiera españoles alimentados por la tristeza, por el odio y por la desesperanza. Porque tristeza, odip y desesperanza hay en estas palabras suyas: Y la queremos así: partida, desencajada, dividida por el odio, consumida en los excesos de sus amos del momento, las entrañas corroídas por el ansia de revancha que los manejos no aplacan, encerrada en ese impasse -que sin nosotros no se abre- antes que cerrarlos ojos ante el crimen falangista, o que aceptar el abrazo de los traidores malditos que han causado su desgracia. Son unas palabras tristes, más tristes y decepcionantes aún que esos pueblos que se venden. No, señor Guerrero, no me diga usted: Si la clandestinidad se le hiciera insoportable le esperamos en Toulouse. Podrá usted fijarse aquí: la España de oposición tiene influencias en Francia. No, señor Guerrero, no necesitamos ni la clandestinidad ni el exilio: nos quedamos en esta España en la que también podemos hablar de las cosas que de ella nos gustan o nos duelen. Precisamente porque somos todo lo contrario a ese feísimo calificativo de traidor que usted me dedica si, en vez del exilio, escojo, como usted dice, A B C. Si, señor Guerrero, desde aquí, fronteras para adentro, desde el mismo ABC podemos decir, y debemos decir, que nos duele España. Aunque usted y sus compañeros de triste viaje crean tener la exclusiva de ese dolor y de ese dolerse. Julio MANEGAT REDACCIÓN A D MINIST RACIÓN Y T A LL ERES: S E R R AN 0 6 1 DESDE AQUÍ, SEÑOR GUERRERO VIDA FAMILIAR E N una publicación en c a s t e l l a n o que ve la luz por ahí, acaso en Toulouse, y cuyo título ignoro porque sólo se me ha enviado el recorte- del artículo, largo artículo, acaso demasiado largo, el señor Guerrero Lucas pretende contestar a un artículo mío aparecido en estas columnas y en el que comentaba cómo algunos pueblos españoles quedan vacíos hasta el p u n t o de venderse en bloque. Al señor Guerrero Lucas, cuyo nombre es bien conocido, no le parece bien que los propios españoles del, para entendernos, régimen denunciemos las cosas que no nos gustan de la España de hoy. El señor Guerrero Lucas reclama para sí y para sus compañeros de viaje la exclusiva de estas denuncias, de estas protestas y de estos dolores. Según sus palabras sólo a ellos puede dolerles España No le gusta, no, y hasta dice cosas tan peregrinas como ésta: Denunciamos sin ambages las ambigüedades sucias a que los propios franquistas empiezan a deslizarse, la mediocridad logrera de los propios mercenarios del régimen de terror, presurosos de otorgarse títulos de oposición, pinitos de deserción hacia el delito oficial. Y sigue, abundando en el mismo acento de reivindicación de sufrimientos o inquietudes por España: Nos declaramos santuario de los dolores de España y rechazamos la idea de que éstos sean compartidos por los mismos que navegan, con más o menos fortuna, por los cauces del sistema. Denunciamos como un mito las posturas intermedias, y como una indignidad la oposición tolerante. Resulta que hablar de los pueblos de España qué se venden, o de los jóvenes que emigran a trabajar a otros países, debe hacerse desde el exilio o desdé la clandestinidad. Porque, de no ser así, afirma el señor Guerrero Lucas, es muy sospechoso. Yo, señor Guerrero Lucas del largo artículo, acaso demasiado largo, no sé de lenguajes de intención política, pero sí querría decirle que en España, en la España de hoy, donde unas cosas van bien y otras van mal- -como en todas partes- -no sólo se puede hablar y denunciar y testimoniar, sino que debe hacerse así. Y, desde luego, sin resultar sospechoso, sin hacer pinitos de deserción. Y se puede denunciar desde las columnas de ABC, sin que sea preciso recurrir a la clandestinidad. Entre otras razones porque la clandestinidad tiene, a veces, el mismo valor ignominioso del anónimo. A los españoles que no reclamamos la exclusiva de las inquietudes patrias también nos está autorizado el decir que si o el decir que no a muchas cosas. Acaso porque queremos que todas sean sí y nos duele el que todavía sean no pero también porque tenemos esperanza y ya no nos gusta afirmar, como antes C UANDO el madrileño dice que en el extranjero no se hace vida familiar tiene m u c h í s i m a razón, según su original punto de vista. Yo he comprobado que en Washington, que también es una ciudad burocrática, no existe vida familiar por el estilo de la madrileña. Uno entra allí en un restaurante y no ve esos grupos de amigos y de familiares que se ven en los de Madrid, ni ve en un día corriente estas colecciones de matrimonios que aquí abarrotan a cualquier hora todos los restaurantes. En Washington, para que un matrimonio se lance a la calle, sin otro acompañamiento familiar que el de su alegría, hace falta que sea un Día de Acción de Gracias, o que sus hijitos estén pasando una temporada con los abuelos allá en California. En Madrid ocurre todo lo contrario, y para que nuestros matrimonios se metan a comer en un restaurante no es necesario que conmemoremos el 2 de Mayo, ni que nuestros hijos estén en Jaén con su abuela. Todos los días, aunque sean festivos, y a todas horas, aunque no sean de oficina, los restaurantes y las cafeterías de Madrid, las tabernas y las calles están llenas de gente, de hombres y de mujeres que comen merluza frita, que toman tortitas de nata, que beben Valdepeñas y charlan animadamente por las aceras. ¿Es que aquí no se hace vida familiar, vida casera? Se hace vida familiar, y a todas horas, durante trescientos sesenta y cinco días del año, pero no en casa. El madrileño es alérgico al hogar lo mismo que es alérgico a las acacias. El madrileño, antes de casarse anda ya comprando los muebles de su futuro hogar, y él y su novia se dedican incansablemente a adornar el nido. Pero en cuanto se casan dejan de interesarse por el cuarto de estar y por la linda cocina, y con objeto de estar el menor tiempo posible en su casa, el madrileño se va a la oficina, con un bocadillo dé jamón en él bolsillo, y así, a la hora de comer tiene poco apetito y no tiene necesidad de estar demasiado tiempo a la mesa. Albident La gente merienda en las cafeterías y en las tabernas, y se sacrifica metiendo una doméstica con él fin de no tener que atender a los chicos. La verdadera institución familiar madrileña son los sitios- públicos, especie de enormes hogares llenos de humos y de automóviles donde los vecinos de Madrid se pasan la mayor parte de sus vidas. Aquí es inútil querer encontrar a un señor en su casa. Para sorprender a una. familia madrileña en su salsa hay qué irse a las cafeterías y al cine, a la calle, y ni siquiera la televisión ha conseguido todavía americanizar hogareñamente a este insobornable partidario de la vía pública. A. M. CAMPOY