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s Cese: El almuerzo (Sala Neblí) grupo Ibiza 65, hay algunos, como Erwin Beehtold, o Hans Laabs, que viven en Ibiza desde 1952; otros, como Graham Coughtry, llegaron en 1963, y todos, según parece, se consideran ya de la Isla. Celebran allí sus exposiciones (en la Galería Ivan Spence, en El Corsario) salen a exponer en París, en Boma, en Londres, en Estocolmo, en Nueva York, y vienen a Madrid, como ahora, a la G a l e r í a Juana Mordo. Erwin Beehtold, Erwin B r o n e r Kart Dahmen, Marianhe Hermann y Hans Laabs son alemanes; franceses son Martin Barré y Herré Dmltrienko; Don K u n k e l y Robert Muníord son norteamericanos; G r a h a m Coughtry es canadiense; Pierre Haubensak, suizo; Lies Jansens, holandés; Giorgio Pagliari, Italiano; Dmitris Perdikidis es griego; D o u g 1 a s Portway, sudafricano; Eric Rutherford, escocés; Ralph Be Saram, ceilandés; Manolo Mompó, Antonio Saura y Tur Costa, españoles, por cierto que Tur Costa es el único, de los veinte que forman el grupo, que ha nacido en Ibiza. Los componentes de la famosa Escuela de París tampoco eran de allí en su mayoría. Pero, ¿se trata, en el caso de loa pintores de Ibiza, de una escuela que más o menos vagamente pueda entenderse como tal? Yo creo que no. Los cristales heridos de Barré tienen muy poco que ver, estéticamente, con esas formas embrionales de Graham Coughtry, en las que hay algo así como una sombra miguelangelesca; los finísimos grises de Giorgio Pagliari están a infinita distancia de las espectrales siluetas de Robert Munford, a la misma distancia que el sombrío y delicado Dauglas Portway se encuentra en relación de lo que hace Perdikidis, cuyo lienzo es como el rojo flamear de una bandera. Nada parece unir a estos artistas de países diversos citados en Ibiza, a no ser (excepto en el caso de Ralph De Saram y, en cierto modo, en el de Rutherford) la más o menos pura no figuración de sus obras, el ser casi todas ellas grupos de sensaciones visuales o signos expresivos sin convención como diría el por tantas cosas actualísimo Sully Prudhome. Eso, y el larvado prestigio del sol mediterráneo, es lo único que puede José Hffuel Rodríguez: CMI un paraíso (Sala Neblí