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MADRID, JUEVES 11 DE FEBRERO DE 1965 EJEMPLAR D 0 S P E S E T AS DIARIO ILUSTRADO AÑO QUINCUAGÉSIMO OCTAVO. NUM. 18.379 84 PAGINAS CERCA DE ZARAGOZA El aire, que atizó las llamas con gran celeridad, impidió No han podido determinarse todavía con exactitud las la salvación de los viajeros causas de la catástrofe LOS CADÁVERES, CARBONIZADOS O CON TREMENDAS MUTILACIONES, NO PUEDEN SER IDENTIFICADOS EN SU MAYORÍA Grisén (Zaragoza) (Crónica telefónica en exclusiva para ABC. Un encendedor, una cuchara, un par de tijsras, una linterna, un destornillador, un reloj de caballero sin pulsera retorcido por el fuego, dos restos de pulseras de cuero, un reloj de pulsera de señora completamente fundido, un anillo con las iniciales MM, de caballero, otro reloj con parte de la correa, otro encendedor, una maquínala de afeitar, un llavero con media docena de llaves de diversos tamaños y un cortauñas, dos despertadores con la esfera rota, siete navajas de mediano tamaño, otra navaja con la hoja retorcida y veintisiete pesetas en monedas de una peseta y de cincuenta céntimos. Estos son los patéticos restos de treinta y cuatro personas que lian perecido al amanecer de forma trágica, cuando el tren correo Madrid- Barcelona, incendiado, detuvo su marcha a mil novecientos metros de la estación de Grisén. Ahora, estos objetos, inanimados, fríos, amontonados con cierto orden en un cajón y sobre la mesa del despacho del alcalde del pueblo, esperan quien reconozca al que fue su dueño. En el cementerio de Grisén, pueblo de setecientos habitantes, perteneciente al partido judicial de La Almunia, descansan los restos calcinados de las víctimas. Ya nadie levanta la lona que cubre estos despojos. Es inútil intentar cualquier identificación. Más que cuerpos humanos parecen troncos de encinas quemados por un fuego abrasador. El alcalde de Grisén, don Ángel Sabater Capgros; el secretario, don Luis Capgros y Aranaz, y el juez, don Alejandro Alonso Rodrigo, están a mi lado en el despacho del primero. Hace solamente unos minutos, a las nueve de la noche, se ha presentado un hombre de rostro demudado, don José Meca Magan, de cincuenta años de edad. Con voz serena, dijo: -Soy de Escatrón. A las cinco de esta tarde he recibido una llamada de mis hijos, de Madrid, diciéndome que mi esposa (doña Francisca Conesa Aviles, de cuarenta y nueve años) había salido anoche de Madrid en el tren, en un vagón de tercera. Había marchado el miércoles pasado a Madrid porque la esposa de uno de nuestros hijos, casado hace un año, había dado a luz el primer nieto. Mi mujer fue a Madrid para conocerle. El alcalde fue apartando uno a uno los objetos de las víctimas. Don José Meca, con una sangre fría impresionante, ha ido examinando con detalle los restos de la tragedia. Entonces vi cómo sus manos comenzaban a temblar, luego su rostro se contrajo en una mueca horrible para derrumbarse como un saco de arena en el suelo entarimado, apretando contra el pecho una medalla, mientras de su boca salían unos gemidos de dolor. Era la medalla de su esposa. Con los ojos lagrimeantes y el puño derecho cerrado como una tenaza, el infortunado familiar pidió hablar por teléfono con Madrid. Y comunicó a sus hijos la triste nueva, pidiéndoles, con voz entrecortada por el llanto, que se trasladen a Escatrón para asistir al entierro de su madre. En la capilla del cementerio reposan los restos de los cuatro viajeros que se arrojaron en marcha del convoy en llamas, mientras en los restantes vagones la gente dormía plácidamente, bien resguardados del aire helado, casi huracanado, que al amanecer soplaba en la zona. Grisén es una estación de paso. El tren correo Madrid- Barcelona no se detiene normalmente. Y esta mañana, cuando a las 6,15 exactamente el convoy atravesó la estación con doce minutos de retraso, sólo un hombre, Jesús Marco Tocino, natural de Zaragoza, de cuarenta y cinco años de edad, dos hijos, factor suplente, levantó el farol indicando que todo iba bien. -Al pasar ante mis ojos la parte cenrrer casi dos kilómetros, encontramos una boina nueva, situada exactamente a 1.3 (10 metros de la estación. Y junto a la boina nueva, otra vieja. Al levantar la vista vimos un hombre joven tumbado en el terraplén (Manuel Ojeda Orive, de Tarifa, soltero y del campo) que tenía cogida en la mano una maleta de madera. Don Ángel Sabater Capgros tuvo que hacer un esfuerzo para no marearse anta el rostro sanguinolento de la primera víctima. Y prosigue su escalofriante relato: -Luego vimos, a diez metros, también en el terraplén, un cabo primero de la Guardia Civil de Tráfico, que iba de traslado (Emilio Sanmartín Egea, de Tamarite (Huesca) de treinta afros) A unos 40 metros, en la zanja de la vía, encontramos un tercer cadáver cuyo cuerpo estaba seccionado (Pedro Montes Serrano) Y en el fondo de un barranco otro cuarto cadáver (Antonio García Moral) Esta tarde, a lias cinco, se han presentado en Grisén dos hermanos de Antonio, de treinta y treinta y cinco años, que viajaban en el mismo convoy en dirección a Barcelona, en donde esperaban encontrar trabajo. Resultaron heridos levemente y después de recibir asistencia en el Hospital Militar regresaron a este pueblo para buscar a su hermano, l o hallaron en la capilla del cementerio. Después de quie un número de la Guardia Civil tirara de la palanca de alarma del convoy, que iba a 80 kilómetros por llora, comenzó a actuar la pareja con una eficacia fabulosa, desalojando los vagones en llamas con suma celeridad, evitando una tragedia aún más espantosa. Lss ayudaron el maquinista y el fogonero. El acta en poder del alcalde de Grisén es explícita. Dice así: Es de resaltar 3 a labor realizada por la pareja de la Guardia Civil que tral del convoy vi cómo los fuelles de tres del tren, mayor c n su eficaz intervención evitó un número de víctimas, y fuevagones iban ardiendo. Hice señales deses- ron los que primero advirtieron el incendio, peradas con el farol, volteándolo alrededor deteniendo la marcha del convoy haciende la cabeza, pero el maquinista no me do uso del aparato de alarma, obligando a vio- -me ha dicho Jesús, con voz grave. los viajeros a que avacuaran rápidamente Una curva de 45 grados de inclinación, los coches siniestrados y trasladando a tosituada a unos 100 metros de la estación, dos los heridos que pudieren. Resumiendo: impidió que los dos hombres de la máqui- que la labor de esta pareja ha sido muy na vieran las señales de peligro. meritoria y eficacísima para evitar que la- -Inmediatamente fui al teléfono y lla- catástrofe fuera mayor En Grisén, a 10 do mé a Pinseque, la estación próxima, para febrero de 1965. El alcalde. avisar que el tren iba ardiendo. Pero, se- -Cuando nosotros llegamos al tren- -me gún hemos visto después, las llamas de dice el alcalde- -la pareja ya había casi eva. los vagones prendieron en la línea y que- cuatío a tocios los viajeros del convoy. Y con maron los hilos. un buen sentido de responsabilidad y para Jesús, ante la imposibilidad de avisar a evitar una alarma general, evacuaron a Pinseque, despertó al jefe de estación. De todos los heridos en el tren. nuevo intentaron establecer comunicación Mientras tanto, el maquinista separó a de Pinsequ Pero todo fue en vano. En- los vagones en Mamas, los empujaron hatonces avisaron al alcalde y salieron hacia cia atrás, dejando a salvo los tíos vagones la próxima estación, siguiendo la vía. de cola, y continuaron el víais a Zarago- -Estaba amaneciendo cuando llamó a za con los heridos! -Jaime FEÑAFTEL. (Euvoces un mozo de la estación. Me vestí a ropa Press) toda prisa y salimos hacia la estación- -me (Más crónicas e informa ha dicho el alcalde- Y después de recoaiin en wáas, 29 v 30.