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El general Aguinaldo, héroe 4 e la independencia filipina y primer presidente da ta República, le unos ejemplares de C. Se lo ofrece el escritor don Luis Marte Jtason, que le visito durante ii Mimo v i a j o a Filipina T ENIA noventa y tres años cuando le vi- Sólo unos meses después dejaría de existir. Me parece que me cabe et triste honor de haber sido el último escritor español que visitó al general Aguinaldo, héroe de la independencia filipina y primer presidente de la República, mirante Sa conversación, me dijo estas palabras que tomé textualmente y que Quiero que vayan por delante: -Siempre he guardado un gran cariño hacia la Madre España, y en los días de la guerra siempre ordenaba a mis soldados que tuvieran un gran respeto a la santa bandera española. Siempre be querido y sigo queriendo a la Madre España como a mi propia madre. Cuando yo ¡hablaba así de España durante la revolución, mis soldados y oficiales me lo reprochaban. Nunca permití maltratar a los españoles. A los prisioneros sanos los mandaba a España y a los enfermos los curaba en los hospitales. Había estado yo aquella mañana con el actual presidente de la República, Diosdado Macapagal, en su despacho del Palacio de Malacañang. Recuerdo que Macapagal me hizo unas declaraciones muy in- teresantes que se difundieron a todo el mundo. Una hora después de dejar Malacañang, llegué al palacio colonial que Aguinaldo poseía en Kawit (ciudad a la que no hay que confundir con Cavite) para visitar al primer presidente de la República filipina. Toda la historia independiente de la nación estaba entre aquellos dos hombres. Cuando Aguinaldo murió, conté a los lectores de Blanco y Negro la impresión que me produjo aquella visita. Aguinaldo se conservaba extraordinariamente lúcido para todos los acontecimientos vividos por él hasta los setenta y tantos años. Luego confundía la mayor parte de las cosas. El anciano estadista era menudo de cuerpo, de movimientos todavía ágiles, ojos cegados pero brillantes, con algo de ironía profunda en el fondo, manos débiles y mínimas. Cuando callaba daba la sensación de estar momificado. Llevaba gafas y vestía un toatin oriental de color rojo. Su esposa, María AgonciUo, estaba enferma aquel día. Aguinaldo me habló con gran precisión de los grandes personajes orientales de fin de siglo a los que había conocido y tratado personalmente. 7 o estaba haciendo por aquellas fechas un curso de estudios orientales en la Universidad de Hong- Kong y visitaba Filipinas para dar unas conferencias invitado por diversas instituciones culturales de Manila. Así es que tuve ocasión de recoger de labios de Aguinaldo una versión de primera mano, sobre Sun Yat- sen, el creador de la República china; sobre Rizal, el héroe filipino; sobre la emperatriz TseHsi, la de los boxers y la gran tragedia sobre el emperador del Japón, sobre tantos personajes apasionantes. La conversación con Aguinaldo se prolongó varias horas y el general me dio una versión casi íntegra de los sucesos relacionados con la independencia de Filipinas- -la Revolución, como él decía- -y la etapa posterior. A mi lado, el escritor yugoslavo Ante Radaic tomaba notas puntuales porque tenía la idea de escribir un libro con todo aquello. Nunca lo hará ya. Kra un hombre sencillo, bueno y rato y se suicidó trágicamente unos meses después. En una ocasión, durante sus explicaciones hechas a media voz con aire sincero y profundo, Aguinaldo se levantó, -cruzó una sala inmensa y me pidió que abriera