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r impulsos de la implacable piqueta, desaparece ahora uno de los más bellos florones del Madrid señorial, siempre añorado, del que ya sólo va quedando el recuerdo. Me refiero al palacio de Medinaceli, ornato de la Plaza de Colón, que pronto perderá su carácter al construir sobre el solar un. gran Hotel con. aire de rascacielos, totalmente inadecuado y anacrónico. ES palacio- -de marcado estilo francés, con 1 mansarda característica- -llevaba cerrado mucho tiempo. Sufrió un incendio considerable, creo que no se restauró totalmente, y desde entonces sus. puertas permanecían en clausura, viviendo la linajuda familia propietaria en el edificio anejo, con entrada por Ja calle de Genova. Tenia el palacio un hermoso parque con añoso arbolado, que ha sido el primero en desaparecer. E hacha talando el boscajs H precedió a la piqueta en su labor desola- A Era yo muy chico cuando se edificó este ¡palacio. Recuerdo el anterior, solariego de la Casa de Medinaceli. Estaba en la Carrera de San Jerónimo, frente al Congreso, y ocupaba una extensión de terreno enorme: varios edificios vetustos, coa diversas entradas de aspecto destartalado, que daísan acceso a patios polvorientos, mal pavimentados. Aquello podía ser grandioso, pero era francamente feo. Sobre la puerta principal campeaba el escudo heráldico de la Casa. Cuando se construyó en la acera de enfrente el ¡palacio de VUlahemxosa. hubo que poner su blasón en la fachada posterior, que da al parque, aún existente, porque i Sedinaeeli tenia derecho a impedir que frente a su escudo se pudiera erigir otro. El interior del palacio era lujoso, y en. él se daban fiestas memorables, en competencia con Jos duques de Fernán itúñez y la condesa de Montijo. El palacio de esta. última, en la plaza del Ángel, era un edificio de tamaño normal, y en él había un lindo teatro donde actuó en sus años juveniles la Emperatriz Eugenia, que también se lució de análoga manera en la finca de Cambanchel, representando, entre otras comedias, El hombre de mundo pero no como estreno, según suele decirse erróneamente. Las fiestas de Medinaceli eran suntuosas, y en ellas lucia su balleza y su don de gentes la duquesa Angela, que gozaba de grandes simpatías en Madrid, 3 Lo que no podía es disimular la vetustez del palacio. En un baile irrumpieron el salón dos ratas enormes, fugitivas de algún desván. Se produjo el consiguiente revuelo, con chillidos y hasta desmayos de damas histéricas. Alguna se dirigió a la. duquesa. Angela en son de queja: -No sé cómo te gusta vivir en este caserón cochambroso, teniendo medios para hacerte un palacio digno de ti y de tu estirpe. -Mujer, es mi casa solariega; deseo respetarla. -Déjate de pamplinas. Ya ves cómo la respetan las ratas. ¿a ducuesa se convenció, y pronto comenzaron las obras en la Plaza de Colón, el sitio más aristocrático de Madrid, final del paseo de Recoletos y comienzo de la Castellana, toda ella poblada de palacios suntuosos. Era la Haza de Colón- -y sigue siéndolo, aunque ya por poco tiempo- -un ¡modelo urbanístico de gracia y euritmia. Desde que el marqués de Salamanca construyó su palacio, actual Banco Hipotecario, los munícipes se preocuparon de embellecer este paraje, contribuyendo a ello el suntuoso edificio de la, Biblioteca Nacional y la Casa de la Moneda, recién trasladada de su viejo local de la calle de Ssgovia. Para mayor decoro de la Plaza, se erigid en su centro geométrico el monumento a Cristóbal Colón. La estatua del gran navegante es obra de Jerónimo Suñol, y el pe- destal, magnífico, fue labrado por Arturo Mélida, a quien justamente se ha llamado el Miguel Ángel español. I5 n uno desus frentes, reza una cartela: Reinando Alfonso XII se erigió este monumento por iniciativa de títulos del Keino, En efecto, la idea no partió de ningún organismo oficial, aunque estaba en el ambiente el propósito de honrar al descubridor de América. El marqués de Torneros convocó en BU casa a varios títulos del Reino. -Debiera ser abra del Gobierno- -dijo el marqués a sus amigos- Yo lo he propuesto a varios ministros, que me han dado buenas palabras sin llegar a cumplirlas. Prescindamos, pues, de la ayuda oficial y hagámoslo nosotros. ¿No será excesivamente dispendioso? -aventuró algún suspicaz. -Lo tengo estudiado y está al alcance dé todos. Las cuotas de suscripción, serán de cincuenta duros- ¡tipo mínimo- -a cinco mil pesetas. Como verán, no es para arruinar a nadie. Sin duda abundaron las cuotas mínimas, porque no bastó la suscripción para cubrir el presupuesto. Añadióse lo recaudado por el contraalmirante Lobo con el mismo fin. Y como aún no fuese suficiente, hutoa iiue echar mano de otra cuestación ya olvidada, que se inició en 1843 para honrar a los héroes de la guerra de la Independencia. Con todo ello se logró el fin anhelado, contando con que Mélida y Suñol se avinieron a la mayor modicidad en sus honorarios. Es curioso consignar que el hermoso monumento no tuvo inauguración oficial. Sin duda el GoSbiertío quiso de este modo completar su actitud pasiva en el asunto, encomendado totalmente a. la iniciativa privada. COn el rascacielos en proyecto, desaparecerá la euritmia de la Plaza de Colón. Sic transifc... Augusto MAKITNEZ OLMEDILLA