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CON. FUS RECUER JULIO CAMBA l. día veintiocho de febrero se ha cumplido el primer aniversario de la- muerte de Julio Camba y presumo- -aunque me gustarla equivocarme- -que no lo han recordado mucho La muerte de Camba influyó probablemente demasiado en la de J u a n Belmonte y suscitó, hace u n año, comentarios particulares poco frecuentes entfe los que le conocimos y en quienes le trataron con alguna asiduidad. (Tal vez los últimos supervivientes de esa asiduidad sean Sebastián Miranda y Luis Calvo, aparte de algún ilustre doctor que le ayudó hasta el final de su vida. El argumento principal de esos comen- tartos a los que me refiero, no porque parezca a primera vista indelicado debe ocultarse: la total falta de amor que ¡hubo en Julio Camba por los seres y por l a s cosas. Comenzando, bien entendido, por si mismo y por su literatura, que no sólo no estimaba, sino hacia la que sintió como una especie de desdeñosa antipatía. Creo que sólo le hizo cierta ilusión las traducciones al italiano de alguno, de sus libros. ¿Qué quiso Camba a lo largo de su no corta vida? Es curioso que, tratándose de una criatura muy inteligente, ttmp aguda como él, apenas sepamos encontrar en su existencia otro apetito que e 1 de la buena mesa. Fuera de comer bien, yo estoy seguro de que a Camba no le interesaba nada. No conozco detalles de la juventud de Julio, o sea, que ignoro una cosa muy importante: si siempre fue así o la decepción de algo le inclinó hacia una tozuda indiferencia, hacia un raro egoísmo que t a m poco exigía demasiado para él. Con Julio me unió una amistad relativa, Últimamente le encontraba casi todas las tardes en el Palace, donde él vivía o, mejor, donde él dormía. Al anochecido bajaba al hall con su bastonclto. Bs ponía, en invierno, cerca de la calefacción y n u n ca le vi ni pedir u n agua mineral, n i lees un libro, ni ojear un (periódico. Sabiendo qus las invitaciones á comer no le eran indiferentes, tres veces me lo llevé por ahí desde el ¡hall del Palace, pero tampoco era fácil. Aunque con cortesía. Camba era muy exigente y quería asegurar varios detalles antes de aceptar: ¿Con quién iremos? -Con quien usted quiera. E -Mejor q u e no traiga usted a n a die. í- -Bueno. ¿Y a dónde vanaos? -Donde usted diga. 35 n to n c e s se le animaban algo 1 o s o j i 11 o s irónicos y humados, como su misma tierra gallega. Elegía el restaurante. Pero seguían las condiciones. -Y o n o a n d o ¿Me llevará usted en coche? -Naturalmente. -Bien, ¿pero al salir? -Le traeré a usted alteóte! Camba transigía: -Bueno, pues vamos a cenar. Su Conversación era a ratos muy brillante, ingeniosa, enriquecida por recuerdos, por anécdotas. De pronto entraba en un largo y- iprofundo bache y no ¡hablaba. Oir yo creo que no oía, o mejor dicho, no escuchaba nunca. En cuanto terminaba la comida sentía una- prisa sin disimulo. ¿Nos vamos? -Cuando usted quiera, Julio. Una tarde, aunque tenia gusto en ello, más que nada para ver lo que hacia, le dije: -Camba, quiero pedirle usted un favor... Le noté ponerse en guardia. ¿Qué es lo 1 que pensaría? Debía estar K oco acosttina bracio a que se le pidiera nada. -Si puedo teacerlo... ¿Qué quiere usted de mi? -Me encantarla tener un retrato suyo. ¿Un retrato mío? ¿Una fotografía? -Sí, una fotografía de usted dedicad Quedó un momento perplejo. Como no cabiéndole en la cabeza, ütionradamente, que yo quisiera tener un retrato suyo. -Se lo Voy a dar ahora üsm. 0, Subo a la habitación y se lo traigo! Volvió en seguida con una fotografía pe- (Foto Gyenes. quena y no muy buena, donde había puesto una dedicatoria muy amable. -Muchas gracias, querido Julio. Muchas gracias a usted. Lo que menos podía imaginarme es que le (pudiera Interesar un reé ato mío. Creo que estaba azorado e incluso algo emocionado. La otra noche, en una encantadora cena que o el doctor Vega- Díaz y su mujer en su casa, hablábamos de Camba. Estaba con nosotros el señor Pastora. -iBste yo creo que fue la única persona, al que Camba tenia cariño... Y volvimos a hablar del raro solitario del Palace. ¿Qué quiso él a lo largo de su vida? Hasta la literatura ipropia y ajena le importaban un pimiento. -Sin embargo- -dijo sutilmente Paco Vega- Díaz- a él si le quisimos mucha gente. Yo me quedé pensando en esa. extraña circunstancia que puede darse ciertamente; que desipierte cariño una ¡persona que sabemos que no nos quiere, que no quiere a tiadie ni nada. A nada. Camba, en su desamor desconcertante, ni siquiera ¡hablaba mal de ninguno. Al año de su muerte se recuerdan estas cosas llenas de confusión. Y no sale uno de estar ya irremediablemente confuso. César