
diñarlos. Eernard Shaw es a veces frivolo, pero siempre denso; simultáneamente soñador y realista; mago del concepto y del bien hablar y 1 mismo tiempo fustigador inverecundo. Es menester mucha hondura humana fiara penetrar y dar expresión a la figura de Bernard Shaw. Fernán Gómez, encaramado en las tablas del Reina Victoria, lo consigue rotundamente. 1 Bernard Shaw maduro sale de su boca y de su mímica sin un titubeo, sin un desfallecimiento, sin una desmesura. Y, en la segunda parte, con desnudes: de ma tullíale que finja vejez externa, en la formutación escénica de una totemporalld d, surge el Bemard Shaw anciano, Jío se ven arrugas en la ca, ra ni manos temblórosas, pero llena la atmósfera de la sala una esclerosis física sustentando una lucides: mental, tina ancianidad rotunda. poblada aún. de fecundidad. Son los conceptos enunciados en ese lenguaje de sustanda eseatolégica. Y es también la palabra, el gesto, el tono, la indefinible perfeecién de un actor que en estos días pasa de la escena a la historia. Sin duda por ignorancia, el que escribe estas lineas sólo conocía el Fernán Gómea de matiz cómico, certeramente engolado y grotesco, con originalidades sainetoscas. Por eso la sorpresa toa sido, sin recortes a la expresión, morrocotuda. Además, la representación fue presenciada en la sesión del estreno; es decir, el día de la tensión nerviosa, de la inseguridad, e S las incógnitas; el día en que una pieza cómica, o chispeante, o de juego frivolo puede resultar favorecida por esas secaretaa posibilidades de reflejos espontáneos que brinda la escena; ipero jomada m flexible para una obra densa, donde la madurez de expresión, el bien decir y el ajuste lo son todo. Alli sentó ya cátedra Fernando Fernán ómess, Htabo momentos de escalofrío estético (ao sentimental) Compostura de afinación expresiva, de tésnica teatral, de sensibilidad, y, en el fondo de todo, de asimilación cultural, Solamen 1 e de esta interpretación puede deducirse que Suenan Gómez posee sran cultura. Como aquellas familias nobles, deseosas de que la sabiduría entrase en su deacandencia, enviaban sus hijos a la escuela peripatética de Aristóteles, todo el que desee perfeccionarse o degustar la sabi dtaría de la expresión teatral tiene la gran oportunidad de acudir a la lección que diariamente pronuncia desde la tribuna del Reina Victoria Fernando Fernán Oómea. Hay quienes necesitan subirse a una cátedra para poder enseñar. Otros erisefian sin necesidad de encaramarse en una cátedra; y otros, finalmente, convierten en cátedra el sitio, cualquiera que sea, desde donde enseñan. A esta primavera madrileña le ha cabido en suerte toparse con una cátedra improvisada del decir dramático. Es lástima que un hombre conio Fernán Gómez se haya visto Impulsado por ciertas exigencias pseudoartistieas a en amar repetidamente personajes teatrales o cinematográficos facilonss, de poca enjundia estética, Ahora, por lo menos, hay una posibilidad de calibrar la prodigiosa talla de este hombre de teatro español. Oran cosa seria que la primavera diese el relevo al verano sin el acabamiento de este ciclo de lecciones magistrales. Del mundo actual, volcado hacia el colosalisma, la cantidad y el número no deben desaparecer los templos de la calidad, y, en nuestro caso, de la depuración estética. José María
LA REVERTE
L 10 de junio de 1812, hace ahora ci n c u e nta años, se despidió del público en la plaza de toros de Madrid María Salomé, la Reverte el más extraño y singular personaje que ha pisado los ruedos españoles. Su vida, caricaturesca y a b s u r d a tuvo un cierto aire de leyenda y ha pasado a la historia del toreo como algo extraordinario e inaudito. 1 verdadero nombre de la Reverte f ue A g u s t ín Rodríguez. Nacido en J tat, o quizá en algún pueblo de aquella provincia- -La C a r o l i n a Bailen, Guarromán, JUnares, Andújar. -comenzó a torear fing i e n d o s e mujer y apa r e c i endo en ios carteles con un nombre de resonancia bíblica: María S a l o mé Da esta forma ilícita y oscura trató de c o n q u i s t a r un puesto en el toreo y no puede decirse que fracasó en su intento. Durante doce años alternó con diestros de algún r n o im, b r e, manteniendo el equívoco de su supuesto sexo sin suscitar dudas ni recelos entre gentes tan avispadas como las que se mueven en el mundillo de la tauromaquia. Al c o m e n z a r el p r e s e n t e siglo ya había conquistado algunos éxitos n varias plazas españolas, incluida la de Madrid, d o n d e mató un utrsro con el aplauso de los aficionados. Pero la orden del Ministerio dela Gobernación, dictada por La Cierva, que prohibía la participación de mujeres en las corridas de tofos, obligó a la Reverte a remmeiar a su falso sexo y anunciarse en los carteles como novillero. El suceso trascendió al público y las gentes hicieron cabalas sobre un pretendido hermafroditismo. Hubo comentarios para todos los gustas, pues no en balde la vida, fie María Salomé estaba rodeada de una aureola de leyenda. M mito de la Rüverts comenzó a deshacerse como el granizo bajo el sol. Luchó denodadamente por mantener el crédito alcanzado en unos años de relativos triunfos ¡profesionales, pero su sentencia de muerte ya estaba dictada. Sus afanes por torear más y mejor fueron inútiles, pues las deficiencias que el público había tolerado a María Salomé no eran, en cambio, perdonadas Agustín Rodríguez. Destruida la farsa del SEXO acomodaticio, su actuación fue vulgar en varias corridas y esto le i m p i d i ó recuperar el
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puesto que había escalado con nombre supuesto. (La original aventura torera de Agustín Rodríguez, la Reverte tía sido, enjuiciada con severo rigor por alguno de sus comentaristas, que no ha dudado en calificar de desvergonzada la conducta de aquel extraño personaje. No es posible, sin embargo, desdeñar el mérito de un juego difícil y peligroso, mantenido durante años, sin que las empresas taurinas, los ganaderos, la crítica y los aficionados se percatasen del fraudulento truco. Agustín ¡Rodríguez acabó sus días como guarda de una mina, en el término de Vilches, hilvanando sus recuerdos frente a los plateados olivares de la campiña jlennense. Había adoptado, ¡por último, el nombre de Agustín Salomé, reminiscencia de una época de su vida en que la ficción y la audacia se vieron inexorablemente derrotadas por el rigor implacable de la evidencia. Francisco B TUOET